viernes, 10 de febrero de 2012

La decadencia y el Jazz

Toni es bastante mayor que yo. Creo. Al menos lo aparenta. Sobre todo por su pelo, completamente blanco. También es un tío grande. Grande en el sentido textual. Mide casi dos metros, espaldas anchas y brazos recios. Una mole. En cambio sus pies, extrañamente, son muy pequeños, parecen de niña, y cuando camina, lo hace a pasitos cortos, casi como John Wayne. Pero no es su imponente tamaño o su forma de caminar lo más característico de Toni. Es su conocimiento del jazz. Le encanta el jazz. Tiene discos de todos los tipos y de todas las épocas. A veces parece que sólo viva para sus discos. O al menos, me atrevería a decir, que parece que se alimenta únicamente de ellos, como si Toni fuera una especie de buda, o sabio pasajero, de esos que reniegan despectivamente de la comida y cultivan su mente con parcialidad y abuso. A la manera de un personaje de Kingsley Amis, o Alan Sillitoe o cualquiera de los Angry Young Men. Bueno, quizás sea mejor decir que a la manera de un Gregory Corso desfasado y fuera de lugar. En fin, un decadente. La primera vez que fui a visitarle a su casa, una calurosa tarde de sábado, después de pasar asfixiantes horas encerrados en su polvorienta habitación escuchando viejas canciones de jazz tradicional, no pudo ofrecerme nada más que un vaso de agua del grifo cuando le supliqué por una cerveza bien fría. En su nevera no había comida ni bebida, dijo secamente, y pese a que yo no me lo creí del todo y, sarcásticamente, intenté obligarle a mostrarme una prueba, Toni zanjó la cuestión cerrando enérgicamente la puerta de la cocina y escurriendo la mirada, con un gesto claramente manifiesto de vergüenza. Desde aquella calurosa tarde, siempre que le he hecho una visita, he llevado un pack de cervezas y varias bolsas de patatas fritas.

A simple vista Toni no parece un apasionado de la música. Ni del arte en general, es verdad. Es un hombre descuidado. Ojeroso. Complejo y silencioso. Poco dado a la amabilidad y un tanto mezquino. Parsimonioso y esquivo, el tufillo agridulce que desprende su presencia es el característico de la incomunicación. Sin embargo, o debido a ello, supongo que existe una vinculación precisa entre la pasión que siente hacia el jazz y la indiferencia que, descaradamente, Toni también profesa hacia el ser humano. A menudo me pregunto si su misantropía es debida al jazz, o si por el contrario ha sido su pesimismo quien le ha llevado a encerrarse en la complejidad musical del bop o del free. En todo caso, su opinión sobre asuntos ecuménicos, pese a que no es condescendiente ni respetuosa y algo exagerada, es siempre acertada.

El miércoles pasado nos encontramos en un concierto. O más exactamente, lo encontré. Pasaba desapercibido como un gato en la noche, escondido en la oscuridad del sórdido patio de la Casa de la Cultura. Apuraba un cigarrillo y estaba apoyado tras uno de esos enormes cilindros de hormigón, cuya gris decadencia ha desaparecido gracias a la ensortijada hiedra que crece abundantemente por todo el patio, y que sostiene, junto a otras tres columnas de idénticas proporciones, unas obtusas, y a la postre desaprovechadas, escaleras. El Club de Jazz había conseguido traer al pueblo a Kirk McDonald, un afamado saxofonista canadiense con igual presencia que virtuosismo. Al tipo lo acompañaban músicos de la escena provincial. Unos tíos sosos. Nada del otro mundo. Y la mayoría faltos de entusiasmo interpretativo. En fin, es lo que había. El batería era el más joven, y tocaba con excesivo miedo o sometimiento. Supongo que se sentía como cualquier iniciado que se ve expuesto ante uno de sus admirados inspiradores. Pero era evidente que al chico le iba la marcha y parecía presumido e intrépido, como si le satisficiese las acciones intrincadas. A la derecha del baterista se encontraba el contrabajista, un tipo alto, de dedos ágiles y fuertes, cuyo sonido, aun cuando debiera haber estado en primera línea, se apreciaba arrinconado y deslucido por la pompa e inmodestia del pianista, quien competía con el saxofonista, sin tapujos ni rubores, por el protagonismo del cuarteto. A mi parecer, el señor McDonald era, sin ningún tipo de dudas, quien peor se sentía. Desde luego, supe enseguida que me cansaría pronto y que no se alargaría mucho mi estancia allí. Ni el ambiente ni mi ánimo estaban por la labor. Así que tomé aire y, de algún modo conforme y benévolo, eché una ojeada rápida a la cafetería, reconocí y saludé a bastante gente, y sin quitarme el abrigo me acomodé en un rincón. A partir del segundo tema, el público, salvo los socios del Club, algunos músicos oficiosos y determinadas e íntegras excepciones, estaba formado por vocingleras divorciadas y paseantes de la noche que se resguardaban del frío. En torno a las cincuenta personas, diría yo. Tal vez más. Pero un contexto muy frío en suma. Las divorciadas, cuyas afiladas voces matraquearon mis oídos durante unos minutos, me pusieron al día: P., el hermano de A., había entrado a formar parte de su club por culpa, no de una, sino de varias infidelidades de la ex esposa. Pues le ha sentado bien convertirse al club, dijo una voz ronca. Fundación, mari, Fundación, dijo otra voz. Y un coro metálico rió artificialmente. Escapé del gallinero en cuanto pude, con mucho disimulo. Me coloqué en la barra y pedí una cerveza. Después de un inicio frío, el cuarteto se deslizó por minutos de un redundante solo del pianista, poco ingenioso y bastante formal. La esencia inmutable del jazz, es decir, el swing y la improvisación, cambió a mejor cuando entró en escena el saxofonista, cuyas escalas, veloces y armoniosas, demostraban respeto y tributo a la polifonía, aunque su interpretación era más profesional que apasionada. A la media hora me largué después de despedirme de algún amigo. Fue entonces cuando localicé a Toni, escondido, como ya he dicho, tras la columna.

Hola, Toni. ¿No entras?, le pregunté.

Toni masculló algún extraño monosílabo, agarró el paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo, a pesar de que acababa de aplastar uno con su zapato de color burdeos.

¿Quieres?, dijo entregándome el paquete de tabaco. Asentí y me ofreció fuego también. El cuarteto impulsaba ahora una secuencia de compases muy acentuados donde la rítmica se mostraba, a mi juicio, un tanto débil. El sonido del grupo, desde donde nos encontrábamos, se distinguía acolchado, amortiguado por los cristales de la cafetería, pero a la vez, y en conjunto, la musicalidad era nítida y enérgica. Supuse entonces que Toni, tal vez, no había decidido por casualidad ese lugar. Decidido a iniciar una conversación con Toni me decanté por el convencionalismo.

Se advierten influencias de Coltrane y M…

No, no. Me cortó firmemente Toni. Coltrane tiene una estructura más modal. Esa continuidad en la socarronería del ataque pertenece a la osadía de Dolphy. Pero esto no es el Village Vanguard y nadie se lo va a recriminar. Toni dio una profunda calada al cigarrillo, tosió gravemente, y expulsando el humo del tabaco continuó su amonestación. Podría tocar lo que le saliera de los cojones y nadie iba a recriminárselo. Es más, aplaudirían como monos de circo.

La puerta de la cafetería se abrió de golpe y la directiva de la Fundación Pro-divorcio salió por ella. Vociferaban y encendían sus cigarrillos mientras se alejaban calle arriba. Toni y yo escuchamos a las mujeres planear una escapada a Alicante por carnavales. El disfraz era lo de menos, dijeron, aunque también me pareció oír que una, la misma voz ronca de antes, proponía ir de catwoman.

No suelo verte en este tipo de conciertos, le dije a Toni mientras el público aplaudía con desgana a un insustancial solo del contrabajista.

He venido por McDonald, contestó señalando al saxofonista. Sólo lo conocía de oídas pero he husmeado por la red y me ha parecido interesante. También he venido porque era aquí. Cuando los conciertos son en bares no me acerco. Nunca. No me acercaría ni aunque trajeran a Marsalis.

¿No te gustaría ver a Winton Marsalis? Pregunté extrañado.

Me refería a Ellis, el hijo, dijo sonriendo dulcemente. Pero no, no iría a un bar. Me repugna la gente que acude a estos conciertos. No todos, ya sabes, declaró cabizbajamente. Pero la mayoría es imbécil. Aquí, por lo menos, permanezco alejado de todos ellos y escucho a los músicos tranquilamente, sin necesidad de aguantar pedanterías gestuales ni la aquiescencia de los gilipollas, falsos artistas y demás tramoyistas que abundan en torno a estos conciertos.

¿Es una idea generalizada o es en particular?, pregunté apurando el cigarrillo e intrigado. La falta de comunión entre el jazz y el público es una realidad inalterable en nuestro tiempo, cualquiera lo sabe. Pero me apetecía conocer el análisis que pudiera sugerir Toni a propósito de este planteamiento.

En general, en general, contestó tosiendo. El jazz, menos el hecho en el sur de Estados Unidos, ha alcanzado una cuota de estabilidad en la sociedad que es, ¿cómo lo diría?, letal para su reintegración en la cultura popular. Está tan alejado del pueblo como la ópera o la música de cámara. ¡Y eso que en un principio fue la antítesis al aburguesamiento! Toni sacó otro cigarrillo y se lo encendió parsimoniosamente. Entretanto, el cuarteto había iniciado una interpretación destacada, y con mucha fuerza, de un estándar que no supe reconocer. Desistí en preguntarle a Toni, quien a buen seguro conocía el tema. Estaba tan concentrado en su exposición que la pregunta hubiera sido una falta de respeto y una metedura de pata.

La mayoría de músicos de jazz actuales, prosiguió después de aspirar una profunda calada, se ha aproximado al jazz por la puerta trasera. Son músicos que tocan jazz como si estuvieran en una maldita orquesta sinfónica. Conocen de memoria las escalas jónicas, dóricas, frigias y toda esa mierda. Pero no trasmiten nada. No sienten nada. Es mejor escuchar un viejo disco que ver a todos estos músicos academicistas. En esas interpretaciones uno advierte el entusiasmo del artesano y la inmortalidad del artista. Si el jazz fue hasta los años 30 música popular, fue porque trasmitía sensaciones que el pueblo comprendía de forma sencilla. Era su música, era propia. Y es más, cuando a finales de los 40 los intelectuales se entregaron a ella, Ginsberg, Cassady y toda aquella estrambótica generación, en mi opinión lo hicieron creyendo que el jazz iba a ser el vínculo neutral mediante el cual edificar una sociedad culta y esteta. Los Estados Unidos se estaban dando cuenta. Habían encontrado el tesoro. Lo tenían delante de sus narices. Un lenguaje lleno de pasión, independencia y atrevimiento con el cual, cualquiera, sería capaz de apreciar y sentir el mensaje que, siglo tras siglo, la cultura popular llevaba intentando revelar y divulgar al mundo. Pero… Toni se quedó callado, repentinamente, con un gesto embarullado, casi cómico. Buscaba inspiración para continuar con su alocución, era perceptible. Una hinchada vena cruzaba verticalmente su frente. Las cejas, arqueadas imposiblemente, rastreaban el aire en busca de ideas y conceptos. Sus abiertos ojos, en movimiento camaleónico, trasmitían una fría sensación de vacuidad. Y sus tensos brazos, abiertos y flexionados, comenzaban a desmoronarse a un ritmo lento.

Fue cruzar el charco y todo se echó a perder, se fue a la puta mierda, manifestó Toni finalmente, resignado. Era de suponer, no obstante, continuó pasados unos segundos. Era su música popular, no nuestra música popular. Este desenlace ineludible, por otra parte, condujo al jazz al estertor, a simpatizar obligatoriamente con el purgatorio del público provechoso y aprovechable, público con dinero y educación, sí, pero asaz aburrido. A partir de entonces, y dejando al margen contenidos sociales implícitos, por supuesto, la mayoría del pueblo comenzó a no percibir abiertamente lo que el jazz intentaba trasmitir. O, diciéndolo de otro modo, el jazz había dejado de ser música popular para convertirse en música elitista. Otro desenlace ineludible. Visto ahora, desde la perspectiva del tiempo, el tesoro ha perdido todo su potencial valor y se ha convertido en una reliquia. Toni dio una interminable calada al cigarrillo y prosiguió después de expulsar con rabia el humo del tabaco. La mayoría de conciertos de jazz de ahora no son más que una estratagema de la ordinariez, el ámbito perfecto para figurar, el lugar donde los presuntuosos se pavonean haciendo ostensible aquello que no poseen.

Lo miré ansioso, esperando la respuesta.

Cultura, intelectualismo, ya sabes, todo eso, dijo finalmente. Hay de todo, claro. Pero acuden al concierto por empuje social, casi por moda, como si compraran un bolso caro o un aparato tecnológico muy sofisticado. Toni gruñó algo y miró de reojo al interior de la cafetería. Tomó aire, se encogió de hombros y sin titubeos continuó. Teniendo en cuenta la lucidez de este siglo, esta época de embrutecimiento aleccionado e impuesto, no debería extrañarnos esta situación, es normal, ha sido el resultado lógico. Pero, ¿sabes?, yo creo que el mundo del jazz percibe fielmente este desapego, exclamó Toni elevando la voz, hablando con la cabeza, con los brazos y con todo el cuerpo; parecía haber recobrado la inspiración. En el fondo, continuó diciendo con el dedo índice de la mano derecha enhiesto como si comprobara la fuerza del viento, el jazz cometió un error, descubrió sus cartas antes de acabar la partida.

¿Qué quieres decir?, pregunté atento y fascinado.

Que el mundo del jazz, con sus músicos, con sus críticos y con su gente, ha asumido esta dependencia. Es un viejo galán que reivindica su esplendor complaciendo exclusivamente a sus coetáneas. No ignoran que aquello ha degenerado en esto. Aquel fascinante universo, construido sin complejos, ha sido confinado a un ambiente viciado e indiferente donde virtuosos ociosos interpretan música ante un público sordo e insensible, ante una pretensión de falsos letrados, de nuevos ricos, y de acomplejados artistas de pueblo. El jazz lo sabe. Y lo acepta. Modestamente, a pesar de su gloria.

No, mari, que no. Las risas metálicas de la Fundación aparecieron de nuevo. Que yo no me disfrazo de caperucita.

Toni dio un paso hacia atrás y levantó la cabeza. Su curvado rostro quedó tapado por la sombra de la columna y sólo la iluminación de la cafetería, de predominante resplandor rojo, dejaba entrever el fulgor de sus oscuros ojos. A mí me pareció ver que lloraba, pero no hice ni dije nada. Acto seguido Toni lanzó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el zapato color burdeos. La puerta de la cafetería acababa de abrirse y el sonido del cuarteto, finiquitando una interpretación notable, se extendió por el patio a la misma velocidad que los palmoteos de los espectadores, quienes, entregados a su gozo, coronaron la tranquila y plástica escena con exclamaciones de júbilo. Giré la cabeza y la gente comenzó a abandonar la cafetería y a salir al patio. De uno en uno, en fila india, atravesaron la pequeña puerta de acceso a la cafetería. Hablaban en voz alta, adoctrinando sobre política local, perfeccionando normas futbolísticas o decidiendo disfraces para carnaval. Mientras tanto, socorrían la ausencia de nicotina compartiendo fuego y saludos.

¿Ves lo que decía?, gruñó Toni.

¿Qué pasa?, me interesé.

Calla, calla, murmuró casi inaudiblemente. El puto gnomo. Está ahí.

¡¿Quién?!

Ven, acércate, susurró Toni agarrándome del brazo y atrayéndome hacia él, al abrigo de la columna. ¿Lo ves?

No. ¿Dónde?, pregunté mientras me proponía a distinguir rostros de entre la gente que se agolpaba a la puerta de la cafetería, buscando el calor humano ante la fría noche.

Allí, cuchicheó. Donde el círculo de tías, ese de ahí. Toni se zambulló totalmente en la sombra e hizo un ademán con la cabeza, señalando un grupo de gente. Me imaginé que además de señalar con la cabeza, lo estaría haciendo también con las cejas, con las aletillas de la nariz y con el incipiente bigotillo blanco, pero sólo lo imaginé puesto que la oscuridad de la noche y la sombra de la columna ocultaban completamente su semblante. Me giré y descubrí que el grupo al que se refería Toni no era otro que la Fundación Pro-divorcio. Ahí estaban, elegantes e impertérritas. Fumando y conversando. En círculo, como un viejo coro de bailarinas. Acorralando a alguien, o a algo pequeño e invisible.

…un americano, hace un año o así, le compré un cedé, decía la voz ronca. Sí, vinimos, vinimos, contestó el coro metálico. Es más actual, moderno, insistía la de la voz ronca.

¿Excesivamente ecléctico? Preguntó una voz masculina, nasal y algo simulada, que surgía del centro del coro. Supuse entonces que esa voz pertenecía a ese a quien Toni llamaba gnomo, aunque, debido al arrinconamiento ejercido por las divorciadas, no pude verle la cara ni la fisonomía.

Sí, sí, eso, se llamaba algo nosequé, apuntó una voz suave e inconcebiblemente dulce. Por cierto, continuó con descaro, a ver cuándo haces una exposición.

Claro, claro, y nos avisas, cantó el coro simultáneamente a la vez que, como un equipo sincronizado, fueron arrojando al suelo los cigarrillos. Seguidamente, sin dejar de acorralar al gnomo, se dirigieron, todos juntos, de nuevo a la cafetería, donde el cuarteto se disponía a interpretar un bis.

Vaya, no he visto quién era, dije volviéndome hacia donde estaba Toni, quien había desaparecido, sigilosamente, absorbido por las sombras, como por arte de magia. Confuso, eché una ojeada a derecha e izquierda, pero no lo localicé. Era verdad, se había esfumado. Sin despedirse siquiera. Sin escuchar el bis y sin decirme tampoco quién era el gnomo. Típico en él. Toni, un decadente, ya lo he dicho. Sonreí y al final, pasados unos minutos y pensando en la disertación de Toni en torno al público de jazz en general, me marché a casa.