viernes, 25 de marzo de 2011

La carta del Señor Valcubierta

Hace pocos días me topé con un viejo amigo, el señor Valcubierta. Era media tarde y el sol, enmascarado con un halo misterioso, estaba ya tendiéndose sobre el oeste. Hastiado de todo el día, el astro llenaba el horizonte de infinitas y maravillosas sombras bermellones, rojas, azules y violetas. Y bajo aquel matiz mágico, Valcubierta caminaba alegremente, alejándose calle arriba, enfundado en un largo abrigo negro que resaltaba su extrema delgadez y cuya sombra, enigmática entre tanto contorno alegórico, semejaba un árbol seco y retorcido. Yo, que acababa de salir del bar y de estar con unos amigos, aceleré el paso para alcanzarle y charlar con él. Hacía mucho tiempo que no le veía y me apetecía saludarle y preguntarle cómo le iban las cosas.
¡Valcubierta!, le llamé desde unos diez metros de distancia.
Mi amigo se detuvo de golpe e, inmóvil como una lápida, permaneció un instante así, dándome la espalda. Luego, cuando mi mano estuvo ya a punto de tocarle el hombro, se volvió enérgicamente hacia mí. Su rostro estaba pálido como la arena erosionada y parecía un muerto. Además llevaba unas extrañas gafas oscuras, parecidas a las de un soldador, y en cuanto me vio lanzó una sonrisa eufórica y tétrica y me dio la mano. Por un momento pensé que aquél no era el mismo Valcubierta que yo conocía y en mi rostro se manifestó una terrible confusión.
¿Qué te ocurre?, le pregunté. ¿Estás enfermo?
¿Enfermo?, Jamás he estado mejor, llevo tiempo sin comer, sólo es eso, dijo lleno de satisfacción.
Pues tienes mal aspecto, parece que bajo tu piel no corra la sangre, le contradije sinceramente. Estás muy delgado. ¿Y esas gafas?
Amigo mío, no te vas a creer lo que me sucedió hace... Bueno. He estado fuera. Pero no puedo contártelo ahora. Tengo muchas cosas por hacer. Cosas de vital necesidad, contestó liberando de nuevo aquella macabra y brillante sonrisa. ¿Querrás venir mañana a media noche a mi casa? Prometo contarte todo. Ahora vivo en el Plaza de las almas, en el número 7.
Está bien, contesté desconcertado.
Valcubierta se despidió cortésmente, abrió su boca y me ofreció de nuevo la extraña y espeluznante sonrisa. Yo regresé a casa, preocupado por la salud de mi amigo y preguntándome qué era aquello que le había sucedido y que yo no iba a creerme.

Aquel día en cuanto terminé de cenar me acosté. Me encontraba muy cansado; había sido un día duro de trabajo y me sentía consumido. Ni siquiera leí un capítulo del libro que llevo en danza. No tenía fuerzas ni para pasar las páginas. Y, en cambio, por más que lo intenté, no pude conciliar el sueño como acostumbro. Extrañamente apenas pude dormir una hora. Me llené de insólitos sueños donde, en todos, Valcubierta era una especie de enorme sustancia sin alma que atravesaba paredes y tenía sorprendentes poderes y veía el futuro y todas esas cosas inconcebibles fuera de los sueños. Por culpa de todo esto pronto me levanté de la cama y fui a dedicarme a mis quehaceres. Estaba en una de esas épocas en las que el volumen de trabajo acaba recluyéndome por completo y, francamente, tenía mucho que hacer. Así pues pasé el resto de la noche encerrado en el despacho, a la luz de un triste flexo y trabajando aun cuando me hallaba lleno de insólitos pensamientos que perturbaban mi concentración. Al final, cuando llegó la mañana, desayuné con poco apetito y después de darme una reconfortante ducha, ya con la luz del día aliviando mi zozobra, continué con mis negocios. Y así pasé el día. Encerrado en casa, gestionando todos los asuntos y, a la vez, ansioso también porque llegara la noche. Valcubierta me tenía muy intrigado y su rostro blanquecino no se me iba de la cabeza. Por culpa de esto casi todos los negocios los cerré con demasiada precipitación y algunos, para mi disgusto, un poco a la ligera. Mi mente se desentendía de los contratos y de las cláusulas y centraba sus preocupaciones en Valcubierta. Francamente, estaba deseando con ferviente pasión que llegara la medianoche para poder ir a visitar a mi amigo y descubrir aquello que tenía que contarme. Era tal la curiosidad que se había apoderado de mí que cada diez minutos miraba el reloj en un claro signo de impaciencia. Si bien, poco antes de las once de la noche, cuando estaba preparándome y vistiéndome para ir a casa del señor Valcubierta, llamaron a la puerta. Apenas un golpe, fuerte y seco. Sobresaltado bajé de mi habitación, fui a la puerta y cuando abrí, allí no había nadie. Únicamente un sobre blanco lacrado con un exótico sello color carmesí, que alguien había dejado bien apoyado en el quicio de la puerta. Iba dirigido a mi nombre y el remitente era E. C. Valcubierta.

Estimado amigo, empezaba la carta.
He recapacitado y creo que lo mejor es que no vengas a visitarme. No sé cómo reaccionarás cuando sepas mi historia. Y tengo la sospecha de que si estás frente a mí vas a asustarte. Además, me sería muy complicado ayudarte a entenderlo. Por otra parte sé que ayer te alarmaste por mi aspecto. Y lo agradezco. Estos pequeños gestos demuestran la profunda amistad que nos profesamos. Pero no te preocupes por nada, jamás me he sentido tan bien. Jamás. Qué bonita palabra. En fin querido amigo, para que veas hasta qué punto me encuentro bien, quiero que conozcas toda la historia. Te prometí que te contaría todo y así lo voy a hacer.
Pero antes, una advertencia. Sé que más de una vez, mientras lees esta carta, te detendrás sorprendido por lo que digo. Pero no hagas caso a tu lógica, querido amigo, y sí a la sinceridad de mis palabras. Y sí, no le des vueltas a esa observación que ahora mismo te merodea pesadamente y que te dice que no estoy en mi sano juicio. Todo te sorprenderá.
Tal como te dije ayer, he estado fuera. Concretamente en Asia. (Consiénteme, por el bien de todos, que omita el lugar exacto). Allí pasé varias semanas, involucrado en negocios. Apenas salía del hotel, siempre ajetreado con el teléfono. Y como podrás imaginar, apenas hice amistades. Sin embargo el día del eclipse conocí a alguien que, a la postre, ha cambiado mi vida para siempre.
¿Recuerdas el día del eclipse? Un eclipse solar. Sólo visible en determinadas partes del planeta. Un eclipse de ésos que pasan, dicen, cada nosecuantos miles de años. Yo sí lo recuerdo. Perfectamente. Todavía soy capaz de desenterrar mis recuerdos con exactitud y definir hasta el último de los detalles. Es curioso cómo algunos recuerdos nos ilustran eternamente y otros se desvanecen al instante, perdidos en el vacío de nuestra conciencia. En fin, querido amigo, el tiempo atosiga. El tuyo seguro, y algo menos el mío. Así que, sin más preámbulos, allá va mi historia.
Era un día maravilloso, a mí así me lo parecía, espléndido y claro como un destello, pero pronto la luz del sol fue alejándose de la superficie, como una ola retrocediendo silenciosa tras haber roto en la orilla. El mediodía, de esta manera, se veía forzado hacia un desconocido y nuevo mundo, arrastrando consigo cualquier sensación de claridad y color. Ciertamente parecía que, a simple vista, se estuviese haciendo de noche puesto que una especie de mancha oscura ensombrecía estricta e ininterrumpidamente todo el terreno. Al contacto de aquella enorme sombra movediza, toda existencia – natural o innatural- se iba convirtiendo de inmediato en un conjunto de siluetas oscuras y siniestras. También el paisaje se ocultaba bajo aquel matiz lóbrego y tenebroso a un ritmo calculado, exacto, como si algún artilugio horrible y preciso lo estuviese cubriendo con una malla púrpura. Mis ojos tardaron bastante en acostumbrarse a aquella luz extraña y especial. Lo hicieron poco a poco, esforzándose igual que si se resistieran a una iluminación filtrada de añil oscuro. Y, ay querido amigo, si no llega a ser por el viento, que agitaba suavemente las copas de los árboles del parque donde me encontraba sentado, hubiera jurado solemnemente que el mismo universo se había detenido un instante para contemplar el eclipse solar. Por supuesto, el hecho, ya lo relativizaras o no, era admirable. Al menos, y así lo pensé en aquel momento, objetivamente hablando, claro está.
Recuerdo que los días previos al eclipse, los especialistas en el tema, unos viejos de bata blanca, demasiado sabiondos en mi opinión, estuvieron aconsejando a la población no mirar fijamente el eclipse. Tal vez te acuerdes. A través de la televisión, prensa y radio, nos asustaban a diario de las posibles consecuencias. Los rayos del sol podían dañar de manera irreversible nuestros ojos y las secuelas podían ser nefastas; hasta se podía dar el caso de ceguera y daños cerebrales si la exposición era demasiado continua, decían de manera enfática y seria. Ja, ja, menudos tramoyistas del empirismo. Ejem, disculpa mi impertinencia, querido amigo. Al parecer, si utilizabas unas gafas especiales podías mirarlo sin ningún tipo de temor. Eso sí, sólo debías hacerlo con esas gafas especiales, no debías intentarlo con otras gafas. Únicamente aquellos cristales filtraban los rayos adecuadamente. Por lo que pude comprobar más tarde también eran bastante caras. Cosas de la oferta y la demanda, supongo. En cualquier caso, estimado amigo, la advertencia hizo efecto y el resultado fue, como creo que recordarás, que todo el mundo se alarmó locamente y corrió a comprar esas gafas especiales como si fueran alimentos de primera necesidad. En algunas tiendas cercanas a mi hotel las existencias se agotaron en apenas unas horas; y los propietarios se vieron obligados a hacer pedidos extras. Hasta el mercado negro hizo su agosto, como no podía ser de otro modo, naturalmente, no sólo los gobiernos relamen el plato del mercantilismo. En fin querido amigo. Yo, en lugar de preocuparme en ir a comprar unas gafas de ésas, me relajé y no lo hice. No hubo ninguna razón extraordinaria para no hacerlo. ¿Qué razón podía haber? Enfrascado en mis negocios era lógico que se me olvidara. Como casi siempre me sucede. Así de simple. Ya sabes que soy un experto en olvidar este tipo de cosas. Claro que quería observar el eclipse con la debida protección, qué diablos. Y claro que quería comprar ese tipo de gafas para que mis ojos no sufrieran quemaduras ni mi cerebro se volviera violeta. Por supuesto. Pero cuando me decidí, no encontré. En las farmacias y centros homologados – y te aseguro que visité todos- no quedaba ni una. Ni siquiera en el mercado negro, al que también, impropiamente, recurrí. Se habían acabado las existencias, me dijeron, y, aunque hubiese querido pagar el peso de todas las gafas especiales en oro y plata, no hubiese conseguido ni una patilla. Era demasiado tarde para agenciarse unas. Así pues, a primera hora de la mañana de aquel siniestro día salí a la calle a hacer algunas compras, y al ver a tanta gente con aquellas gafas especiales, me sentí absurdo, casi como un apestado. Todo el mundo, ya estuviera caminando, haciendo la compra, cocinando o encerrado en un estropeado ascensor, portaba las dichosas gafas aun cuando el fenómeno todavía no había comenzado. Y juro por la inmortalidad de los grandes misterios que incluso vi un perro vistiendo aquellos oscuros lentes. De veras. No sé si el perro sabía lo que iba a acontecer, pero es indudable que sus dueños querían curarse en salud, por si acaso al perro le diera por mirar hacia el sol. Supongo, no sé. Yo, como ya te he dicho, ese día no llevaba gafas especiales pero sí debía curarme en salud. Para ello, afortunadamente, sólo debía hacer una cosa: dedicar todos mis esfuerzos en evitar mirar el eclipse. Bueno, da igual, pensé. No me importaba perdérmelo. También soy un experto en descuidar este tipo de eventos, tan milenarios. Y qué remedio, querido amigo. En fin. Llegado el día, antes de las 11:30 –los puristas habían anunciado que la oscuridad empezaría a extenderse a aquella hora- me dirigí a un parque que había cerca de mi hotel, caminando con la cabeza gacha, sin mirar al cielo y soportando todo el peso de la invisible oscuridad sobre mi cabeza. Casi toda la población se había dirigido a las afueras de la ciudad porque en las noticias dijeron que allí, a campo abierto, era donde mejor se podía contemplar el eclipse. Y así fue, todas las calles empezaron a vaciarse completamente. De gente y de coches. Ya sabes que me gusta la agitación de la sociedad, pero en aquel momento me sentía muy bien estando solo, extraordinariamente bien. De modo que cuando llegué al parque busqué un banco orientado al norte y allí me senté. Desde aquel lugar las frondosas ramas de los árboles ofrecían buen amparo y mejor protección. De esta manera evitaba, en la medida de lo posible, la presencia cruel del eclipse, cuya arqueada sombra merodeaba sobre mí igual que un hambriento buitre.
Como ya te he dicho, yo había ido al parque con la intención de pasar el tiempo allí, tranquilamente esperando a que el acontecimiento concluyese. Recluido en mi Ipod, escuchaba plácidamente a Howlin´ Wolf, y, te repito, mi intención no era otra que aguardar a que regresara la luz del día y volver luego a mi hotel. Eché una mirada a derecha e izquierda y el parque, al igual que las calles, estaba desértico y desolado. No se veía ni un alma por ningún lado y pensé que quizás este sería un buen momento para atracar un banco. Aunque algo me decía que los bancos no habían mostrado mucho interés en el eclipse. Para ellos, ya sabes amigo mío, el interés es de otro tipo. En cualquier caso, el día continuaba con su peregrinación, y en apenas unos minutos el cielo ya había extendido una tonalidad azulina sobre el suelo del parque. La hojarasca que yacía esparcida por el suelo, de cuando en cuando, se movía al son del viento sin un rumbo concreto. Los remolinos que se creaban, igual ascendían en una especie de pirueta acrobática, igual se arrastraban por el suelo empujados por una suerte de arrebato invisible y furioso. Y desde donde yo me encontraba sentado, los edificios de alrededor, debido al reflejo en sus cristales, parecían estar en llamas. Pero nada hacía indicar que estuviesen ardiendo. Ni humo ni olor. Como si el propio eclipse anunciara un Apocalipsis sin consecuencias, algo irreal o caprichoso. Y es que en verdad el momento en sí muy bien podría haber sido considerado una extraña ilusión. Todo estaba prácticamente desértico, prácticamente a oscuras y sólo algunos cristales reflejando la viveza del fuego. Si no era para considerarlo una ilusión al menos sí para considerarlo muy extraño, ¿no crees? En cualquier caso, querido amigo, no pensé en ello en aquel momento. Yo estaba tranquilo, con las piernas cruzadas, la cabeza llena de contradicciones en torno a algunos negocios y atendiendo a las notas del Spoonful sin levantar en exceso la mirada. Pero en esas, de repente, un gato anaranjado cruzó ante mí corriendo, desesperado. Un gato peludo, seguramente raza Maine Coon. Un magnífico ejemplar. Parecía asustado y lo seguí con la mirada. Llevaba el rabo curvado y erizado, como el de las ardillas. Y de un salto, alcanzó el tronco de la única acacia del parque. El animal trepó hacia una de las ramas intermedias con la agilidad de una lagartija y se quedó allí.
Supongo que tú, querido amigo, como cualquiera, considerarías esto como una simple anécdota, un suceso sin importancia, algo que día a día e inevitablemente pasa en un territorio salvaje como Asia. Pero en mi caso no podía aceptarlo así. En mi caso existía una incuestionable razón por la cual tomar el suceso como excepcional. Y es que durante todas las noches de mi instancia en aquella ciudad, un sueño me estuvo perturbando incansablemente. Una pesadilla terrible donde un enorme y peludo gato anaranjado me perseguía y me mataba. ¿Cómo iba a pasar por alto entonces este detalle, querido amigo, si era ahora cuando mi pesadilla se me representaba tal cual me había atosigado cruelmente todas las noches?
El gato, como he descrito antes, se había quedado erizado en la rama, bufando y mostrando su enfado al suelo. Y en principio parecía que no hubiera nadie ni nada en el suelo. Tierra solamente. Pero el gato bufaba con la ira propia del animal desesperado y aterrado.
Yo estaba tan sobrecogido y estupefacto que apagué el Ipod, me levanté del banco, y con las manos en los bolsillos -y, por supuesto, sin levantar la mirada al cielo-, me encaminé hacia el árbol, percibiendo la presencia del gato, que cuanto más me acercaba a él, más fuerte eran sus maullidos. Intenté, mientras avanzaba, relajarme pensando en cosas bonitas. En cualquier cosa, diablos. Pero me fue imposible. La pesadilla se me reproducía de manera vívida y más terrible que en su propio contexto. De todos modos yo continué acercándome, atraído por la excitación del peligro, como si me arrimara al borde de una azotea del último piso de un rascacielos. Y cuando apenas hube llegado a unos metros del tronco, me detuve. Alcé un poco la vista y vi que los ojos del gato brillaban como pequeñas llamas. Un rojo intenso, infernal, semejante a fuegos fatuos. Observé también que el gato mantenía la mirada fija en algún lugar próximo adonde yo estaba quieto. Tal vez un poco más hacia mi izquierda. No más de tres metros, presentí. Pero ahí, tampoco había nada. Al menos yo no veía nada. El pavimento ajedrezado del parque. Sólo eso. Tal vez demasiado sucio. Es posible. Pero nada más. No creí que aquel gato temiera la suciedad de las ciudades.
Eché entonces una ojeada alrededor, girando la cabeza despacio. Y aunque estaba casi todo fosco por la irradiación del eclipse, casi con absoluta seguridad en un radio de veinte metros tampoco había algo de lo que un felino pudiera espantarse. Decidí entonces ponerme en el campo de visión del gato. Donde supuestamente debía de estar ese algo que asustaba tanto al animal. Me encontraba algo nervioso, lo reconozco, y un poco despavorido, es verdad. Pero aun así, me giré, di un par de pasos y un segundo después me quedé estático en el lugar donde yo suponía que el gato miraba. Sin moverme, como la propia acacia, mantuve las manos en mis bolsillos y, por supuesto, no levanté en ningún momento la vista hacia el cielo, y mucho menos hacia los ojos de aquel demonio felino. Durante un instante, atraído por un extraño efecto óptico, me ensimismé mirando el tronco de la acacia, estriado como un barranco seco. Y en ese preciso momento, incrustados en las profundidades de esa hondonada del tronco, el extraño efecto óptico tomó forma y cuerpo, y entonces vislumbré dos centelleos rojos en forma de estrella de cinco puntas y una sombra deforme y alargada que se movía con nerviosismo. Créeme, querido amigo, lo digo en serio. Se me aceleró el corazón y experimenté un escalofriante temblor. El sueño, o la pesadilla, no se parecían en nada a la cosa que yo estaba contemplando incrustada en la acacia. En mi sueño, el gato corría detrás de mí, no una sombra. Pero, como comprenderás, las coincidencias eran más que evidentes. Además, la trascendencia del asunto era lo realmente terrorífico. ¿De quién era aquella sombra? Así pues, como ya te he dicho amigo mío, experimenté un terror irreconocible. Me paralizó por completo y, casi en éxtasis, sentí que algo dentro de mí se había estimulado con potencia e ímpetu. Como si fuese un animal de instintos muy desarrollados, percibí cómo el gato había dejado de mirar a lo que estuviese mirando y empezaba a dirigir sus incendiarias pupilas sobre mí. Lo advertí enseguida, mi buen amigo, y me estremecí completamente, más que si me hubiesen deslizado el frío filo de una guadaña sobre mi cuello. Una sensación espantosa y demasiado real que me hizo tomar como cierto el más feroz de los enigmas. Sí. Me figuré que aquel gato era el fiel acólito de la muerte, cuya imagen sombría estaba oculta tras las rugosidades de la acacia. Aunque te parezca extraño, así lo creí. Lo pensé. Había llegado mi día, el sueño me había estado avisando de esto. Era natural imaginar que venían a por mí. También era una locura, lo sabía, pero aquella sombra deforme seguía moviéndose nerviosamente. Y aquellas estrellas rosáceas centelleaban refulgentes, como gotas de sangre. ¿Cómo no iba a pensar en ello? Aquel seglar con uñas que maullaba violentamente desde la rama de la acacia me había seducido burlonamente y me había arrastrado hacia él para situarme junto al árbol. Tuve que imaginar que la causa había sido porque muy cerca de allí existía una de esas misteriosas puertas por las que secretamente, según los iniciados esotéricos, se comunica nuestro mundo con el reino de los muertos. ¿Para qué sino me habían conducido hasta allí el eclipse, el infortunio, mi sueño y el gato? Sí, ya sé, amigo mío. Parecía irracional, naturalmente. Pero mi instinto decía que no debía tomarlo como tal. Ya sabes que nunca he sido supersticioso ni he tomado en serio las ciencias ocultas. Pero esta característica mía no me convertía automáticamente en un escéptico que despreciara todo. Diablos, no. Además, ¿no crees que algo de cierto deben tener los sucesos inverosímiles cuando a lo largo de la historia se han descrito continuamente y con suma precaución? Para mí estaba claro. El miedo me había dominado y todo giraba en torno a un plan diabólico: el gato, de un salto, se enzarzaría en mi cabeza y me destrozaría la cara a arañazos. La vieja e inseparable muerte, tras avisarme somnolientamente, modificaba sus costumbres y mandaba, justo un día de eclipse, a un fanático secuaz para atraparme a arañazos. Todo esto fue lo que pensé, resignado. Y un escalofrío me recorrió el cuerpo de arriba a abajo y de abajo a arriba. Encogí el cuerpo, agaché la mirada para contrarrestar el temblor, y sorprendentemente, en el suelo, donde antes no había visto nada, ahora tenía ante mí una apertura por la cual sobresalía una cabeza. Allí estaba la puerta que me iba a trasladar a otro mundo. La vi, mi viejo amigo. Ahí estaba. Y también la cabeza, pequeña, sonriente, con ojos grandes y azules que me miraban con inocencia. Parecía de plástico, o de goma, pero sus movimientos eran naturales, muy humanos. Rápidamente sacó un brazo, me agarró de los pies y me arrastró hacia el fondo de aquel agujero sin poder siquiera chillar. Durante un instante no sé qué pasó. Pero segundos después me vi cercado por un círculo de fuego y rodeado de extrañas criaturas pálidas que me miraban con un excepcional rictus, semejante a la desesperación. Me dio la impresión que estaban gritando aunque yo no fui capaz de oír nada. Aquel cerco de fuego me distanciaba de los gritos de los espectros y de todo cuanto había tras ellos. No puedes ni imaginar cómo bullía, llena de insólitas preguntas, mi cabeza. Y eso que enseguida intenté buscar una explicación y dar crédito a lo que acababa de ocurrir. Pero cualquier interpretación del suceso, francamente, parecía inabordable. Dime, amigo mío, ¿cómo explicar este misterio? Había pasado de estar tranquilamente sentado en el parque a, minutos después, verme en la misma periferia del infierno, acorralado por vigorosas llamas y rodeado de almas penitentes. ¿Era esto el final, mi final? ¿Una muerte lejos de mi tierra y mi gente? Así lo creí, completamente vencido por el maleficio. ¿Qué hubieras supuesto tú al experimentar un suceso irracional como este? ¿Habrías conseguido distinguir la racionalidad del propio suceso? Ay, querido amigo. No todas las preguntas tienen respuesta. Ni mucho menos, ya lo sabes, claro. Pero en fin. Asustado, como no podía ser de otro modo, me dejé caer en el suelo. Me hallaba en un estado de absoluto sometimiento y esperé a que el propio diablo apareciese de un momento a otro para arrancarme el alma. Cerré los ojos y oí una respiración, grave y dolorosa. Cuando los abrí de nuevo descubrí que algo se acercaba hacia donde yo me encontraba recluido. Y aunque al principio me entró verdadero pavor, pronto distinguí, entre la siniestra opacidad, las estrellas de cinco puntas sangrientas de la misma sombra alargada y deforme que había visto oculta en la angostura del tronco de la acacia. A la vez que aquel extraño ser se aproximaba al círculo de fuego, los espectros huían apresuradamente, despareciendo completamente, como si fueran llamaradas inclinadas por el viento. Yo me hallaba en un estado de absoluto terror. También asombrado, qué diablos. Vaya que sí. Pero de repente, la sombra me miró con aquellos furtivos ojos de sangre, y yo, entonces, sentí que una extraña felicidad dominaba todos mis pensamientos. Mi corazón aceleraba de alegría y la boca, inexplicablemente, empezó a salivarme. Segundos después sonó un gritó estrepitoso y una suerte de sabor amargo se deslizó por mi garganta y percibí cómo se apoderaba de mi cuerpo una sorprendente sensación de frío y vacío. Al instante descubrí que aquella anónima y deforme sombra había desaparecido. Ni siquiera brillaban en la oscuridad aquellos maléficos ojos sangrientos con forma de estrella de cinco puntas, ni tampoco aquellas criaturas pálidas se movían alrededor del cerco de fuego. Todo era contradictorio. Y a la postre, sin tiempo a analizar lo que me había pasado, noté cómo, a través de cada uno de los poros de mi piel, una neblina densa y pesada fluía evadiéndose y alejándose de mí, como el pausado humo blanco de una pipa. Y querido amigo, entonces, literalmente me desmallé.
Cuando desperté, me vi sentado en el mismo banco del parque de antes. Howlin´Wolf seguía aullando en mi Ipod y mi desconcierto era total. El eclipse todavía estaba en pleno apogeo; y el día, oscuro como una cueva. Tras un breve momento de incertidumbre, me levanté y, aun cuando me encontraba extrañamente agotado, eché a correr en dirección a mi hotel, aterrado y con un insólito presentimiento aturdiéndome. Llegué a mi habitación y, en cuanto cerré la puerta, fui derecho a la cama. Era mediodía y apenas llevaba despierto tres horas, pero estaba muerto de cansancio, como si hubiese estado obligado a andar sin detenerme durante toda una semana. En cuanto me acurruqué me quedé dormido. Y dormí acorralado por un sueño asombroso y demasiado real. En un enorme salón de una enorme mansión, que al parecer era de mi propiedad, había muchísima gente y todos participábamos de un banquete donde bebíamos sangre y hablábamos de nigromancia. Yo era el anfitrión y todos pedían mi opinión, casi con pleitesía. Diablos, era todo tan fantasmagórico, querido amigo. Cuando desperté del sueño la habitación estaba sumida en una terrible y fría oscuridad, el sol había desaparecido y era bien entrada la noche. Me puse en pie con una inusitada fortaleza y fui al servicio. Encendí la luz y me vi frente al espejo. Ay, querido amigo. Ahora viene lo asombroso del asunto. Mi boca estaba empapada de sangre seca, como un animal que hubiese comido salvajemente unas vísceras crudas. Mis pupilas habían adquirido la forma de estrella de cinco puntas y brillaban intensamente. ¿Qué me había sucedido? No lo sabía. Ni lo podía imaginar. Pero después de un buen rato sin saber qué hacer sentí un apetito preciso y concreto; pero innombrable, mi buen amigo. De modo que me vi obligado a salir al exterior y deambulé entonces por la ciudad, escondiéndome de los trasnochadores, guiándome por mi estimulado instinto y en busca de no sabía bien qué. Encontré, tiradas por el suelo, unas gafas como las que se necesitaban para contemplar el eclipse. Así que las cogí y oculté mis pupilas infernales tras aquellos oscuros lentes. Mi cabeza apenas razonaba. Pero mi apetito me impulsaba y en consecuencia no me detuve. Al rato mi instinto dio con la fuente de su atracción: la muñeca. Sí, querido amigo. Aquella extraña muñequilla que me había arrastrado hasta el insondable infierno. La misma. Sólo que ahora no era de goma. Ahora era una joven prostituta, delicada como una flor y correosa como el agua del río. Me costó, pero bebí hasta la última gota de su sangre y comí hasta el último ventrículo de su corazón.
Sí, querido amigo. Así ocurrió. Tal como has leído. Después de esa noche permanecí en aquella ciudad casi un año. Desatendí por completo mis negocios, dejé el hotel, alquilé una vieja casa y me dediqué a dormir por el día y a vagar por la noche en busca de alimento. Cuando el número de víctimas fue lo suficientemente alto como para alarmar a las autoridades, creí conveniente desaparecer del país. Y regresé aquí, a mi tierra. Aunque permaneceré poco tiempo, mi viejo amigo. Mi instinto me llama y, si no desaparezco de aquí, pronto me veré obligado a buscar alimento. ¿Entiendes ahora, mi querido amigo, por qué era mejor que no vinieras a visitarme?
Hazme el favor, si todavía cobijas aprecio por mi alma, olvídame y guárdame el secreto.
Adiós.
Su eterno amigo, E. C. Valcubierta

Dios sabe qué extraña tontería se apoderó de mí tras leer la carta del señor Valcubierta. Me figuré que sería el tono en que mi viejo amigo se había expresado. Porque sus palabras se representaban en mi mente igual que un lamento. Y aunque en un principio estuve a punto de romper la carta y olvidarme completamente de Valcubierta, al final, empujado por un impulso de curiosidad, cogí mi abrigo y pese a que ya era más de la medianoche, llegué a la Plaza del Almas en menos de diez minutos.
Llamé al timbre y nadie contestó. Bordeé la casa y en la parte trasera encontré una puerta que abrí con facilidad. Deambulé por la casa de Valcubierta en busca de mi amigo, llamándole una y otra vez a pesar de que allí era evidente que no había nadie. Cuando me disponía a abandonar aquella misteriosa casa escuché unos fuertes maullidos que procedían del piso de arriba. Rápidamente subí al segundo piso y enseguida localicé la puerta por la cual, a través del quicio, se percibían los estridentes maullidos. Tomé aire, abrí la puerta y allí estaba Valcubierta, desollando un gato mientras otros muchos, ya despellejados, yacían sobre una mesa.
El corazón trepidó dejándome sin aliento. Y estaba punto de echar a correr como un loco asustado cuando mi viejo amigo se volvió hacia mí y me miró. Entonces lo creí, todo era verdad. Sus pupilas brillaban como un rubí de incontable valor y tenían la forma de estrella de cinco puntas. Valcubierta alzó el gato desollado y, sin dejar de mirarme, clavó su boca en el estómago del animal. Segundos después, mientras la sangre del animal chorreaba por la cara de mi viejo amigo, Valcubierta, con una excepcional fuerza en sus ojos, me pidió que me marchara. Él abandonaría la ciudad esa misma madrugada. Intenté entonces hablar pero fui incapaz de expulsar ni siquiera un gemido. Bajé lentamente por la escalera, todavía sobrecogido por lo que acababa de acontecer. Abrí la puerta trasera por la que había accedido antes y volví a mi casa sin poder quitarme de la cabeza las pupilas de Valcubierta.
Ya no volví a ver nunca más a mi viejo amigo. Tampoco me he preocupado mucho por él, es verdad. Si bien, a veces, busco en el periódico extraños sucesos en extraños países. Sucesos que induzcan a imaginarme a Valcubierta deambulando por la noche en busca de alimento. Si todavía vive, claro está.