Ey chicos.
Hoy he soñado con vosotros.
Joder, hubiese querido morirme allí.
Palmarla en el jodido sueño. De verdad.
Estábamos en Nueva York.
Sí, ya sé. No he ido a NY, pero mi mente ha diseñado la ciudad a su antojo, a su gusto, y por lo más puro, tíos, os juro que la ha creado perfecta.
Estábamos en los años 40.
Se ve que como el otro día estuve con Carmen hablando de Kerouac y de El Barco Ebrio… no sé, tal vez los ingredientes cayeron a la olla y VOILÁ. Algo ha tenido que influir.
El caso es que era de noche. Estábamos en el Minton´s. En Harlem. Ya sabéis, el local donde todos los jazzmen tocaban. Dizzy, Bird, Coleman, Monk, esos jodidos pirados.
El local estaba atestado. Lleno de negros, elegantes y empolainados, abrazados a blanquitas con sonrisas de cerámica.
Carlos, tú hablabas con el barman, un negro alto de cara alargada que limpiaba los vasos mientras atendía a tus explicaciones con curiosidad. Algo acerca de que NY ya no era la misma. Estabas nostálgico y jugabas con el posavasos de tu copa. El negro asentía e intentaba esperanzarte. Tío, realmente parecías afectado, como si todas las injusticias del mundo revolotearan a tu alrededor.
Había un pequeño escenario de apenas un par de metros, dos por dos, no más, donde un grupo de negros estaba tocando súper alto. Tocaban bop. Pero era un bop indescifrable, nuevo. Los músicos le daban a sus escalas, todos a la vez, nada de solos donde cada uno muestra su virtuosismo. Así era la música y el público estaba loco, gritando, hechizados, y Jordi, tú, bailabas genial, como un excéntrico. La gente se había apartado formando un corrillo para que tú dieras rienda suelta a tu improvisada danza. Joder, cabrón, movías los brazos igual que un pájaro, aleteándolos como Pete Townshend, como si una jodida hélice se hubiera roto y a toda hostia fuera acelerándose en el centro de la pista. Te chillaban y aplaudían. Demonios, qué gusto daba verte bailar.
Al principio, en mi sueño, sólo estabais vosotros dos.
Pero de detrás de unas cortinas por donde los músicos del grupo entraban y salían de sus camerinos apareciste tú, Pi. Fumando y charlando con un negro enorme con pinta de hijoputa, y tío, empezabas a ponerle al negro esa cara tan tuya de nometoquesloscojones, ya sabes, como cuando pretendes dejar las cosas extremadamente claras. Le dijiste algo, algo seco, y le señalaste con el dedo. Macho, le pusiste el cigarro casi a la altura de los ojos.
El negro se metió la mano en el bolsillo de su chaleco y sacó un montón de billetes. Te los dio y te acercaste a uno de los músicos, al que parecía el líder del grupo, uno gordito de cara redonda. Le susurraste algo, le enseñaste la pasta y el músico sonrió. ¡Cabrón, eras el puto manager del grupo! El que se aseguraba de que cobraran el dinero.
Te dirigiste a la barra donde estaba Carlos. Me llamasteis. Yo iba buscando a Mikel y me dijisteis que no me preocupara, que lo habíais visto con una tipa. Nos pedimos una copa y el camarero alto de cara alargada no nos cobró. El grupo hizo un descanso y Jordi se nos unió.
Al momento apareciste, Mikel. Llevabas los ojos desorbitados. Te abrochabas el cinturón del pantalón y la camisa todavía la llevabas desabotonada. Canturreabas algo a voz en grito. La tipa en cuestión tendría casi cincuenta años. Una mujercita muy guapa, una vedette, parecida a las actrices de las pelis de los años 30, de esas que tanto le gustan a Pi. Pelo ondulado y amarillo como la arena. Iba drogada y había olvidado engancharse las medias a los ligueros, ja, qué bueno, nos recordó a una colegiala con los calcetines bajados y los tres nos partimos el culo antes de que os reunierais con nosotros en la barra.
Os pedisteis una copa, pero apenas podíais manteneros en pie, os chocabais, u os apoyabais mutuamente, no sé. Ella sacó de su bolsito un frasco lleno de pastillas. Se zampó una, y tú, Mikel, y tú, Jordi, otra.
Pi, tú también pillaste una, pero te la guardaste. “para cuando termine el grupo”, soltaste casi con disgusto.
Tú y yo pasamos, Carlos. Me dijiste que era bencedrina.
La tipa de repente empieza a descojonarse. Nadie sabía qué sucedía, pero tú, Mikel, también acompañabas su risa. Cielos, no recuerdo haber oído una risa tan viciosa en toda mi vida. Sí, tíos, parecía que estuvieran bailando claqué sobre un techo de hojalata. Así que, en consecuencia, a todos se nos contagió la escandalosa risotada.
El grupo apareció de nuevo en el escenario y los músicos comenzaron a soplar como demonios. La música retumbaba por todo el local y el ambiente parecía estar cargado de electricidad, daba la sensación de que si tocabas algo te daría rampa. Frrrrrrrr.
Al momento apareció un tío. Su cara era borrosa, solo para mí claro, porque vosotros lo conocíais. Era el que controlaba la droga del local. Un jodido camello de barra, ya sabéis, el típico marronero.
El caso es que el tío empieza a insultar a la tipa, “puta, zorra, vieja”, por lo visto la vedette le debía pelas. Y tú, Mikel, de la risa tuviste un ataque de tos y le vomitaste en los zapatos, te limpiaste con la manga de tu camisa y empezaste a cantar de nuevo. Ja, ja, qué grande eres hijodeputa.
Ya puedes imaginarte cómo se puso el capullo, te cogió por la pechera y sacó un cuchillo y te lo puso en el cuello, obligándote a chuparle sus jodidos zapatos.
El tema estaba complicado, ¿Entendéis, no? El cabrón no se andaba con chiquitas. Iba a haber problemas, seguro. Y todos estábamos más o menos acojonados, menos tú, Mikel, que llevabas un pedo de miedo e ibas incontrolable.
¿Sabes Carlos?, tú y Jordi intentasteis tranquilizar al macarra, no queríais movidas y os esforzabais en apaciguar los ánimos, en cambio, Pi y yo estábamos furiosos. Éramos los capullos que suspirábamos por jaleo.
La tipa le dice al camello “eres un pichacorta impotente”.
Os podéis imaginar, ya estaba el lío montado.
El macarra le mete a la vedette un hostión de cojones y la tipa cae redondita al suelo. Es entonces cuando tú, Carlos, te pones muy serio y le sueltas al camello una monserga de cuidado, le hablas de la decadencia humana y de lo condenado que está este mundo, ja, qué bueno, cabrón, el tío pone una cara de no saber si está frente a un jodido loco o viendo a un profesor de Harvard.
En ese momento de duda yo le digo al capullo que se largue y nos deje en paz. Se lo digo con mala hostia, casi chillándole. Y el tío me dice que quién coño era yo.
“Tu Ángel”, le digo y le meto un puñetazo.
Lo curioso es que es la primera vez que puedo pegar un puñetazo en un sueño. Ya sabéis, jamás había podido pegar a nadie en un sueño, siempre se me hacía imposible. Mi puño nunca llegaba a alcanzar la cara de ninguno de los gilipollas a los que hubiera deseado atizar en los sueños. Pero anoche sí, en el jodido NY de los 40 sí.
En fin, el caso es que le metí un buen puñetazo y el hijoputa cayó hacia atrás sin soltar el cuchillo. Se levanta y saltas tú, Pi, te antepones entre nosotros y le sueltas al camello: ¿”Cuánto te debe esta zorra?”
“1.000 pavos” dice el gilipollas. Con la boca llena de sangre.
Pi, sacas un fajo de billetes y separas unos cuantos. Pero cuando vas a darle la pasta, el camello, el muy cabrón, saca una pipa y te pide todo el dinero.
¡El muy hijoputa estaba apuntándote a la jodida cabeza! Tío, creo que tuviste que sentir el frío del cañón en tu propio sueño.
Te pusiste más blanco de lo que eres y todo el puto local enmudeció salvo tú, Mikel, que seguías cantando.
La situación se había complicado pero la realidad estaba más o menos clara, Pi. O le dabas la pasta o el jodido camello estamparía tus sesos en el espejo de detrás de la barra. Levantaste las manos, dijiste “tranqui, colega” sacaste el fajo de billetes y los pusiste sobre la barra.
El cabrón, con la boca chorreando de sangre, alargó su brazo y cogió la pasta y despacio se alejó de donde estamos, todavía apuntándote. Agarró a la vedette del brazo. “para que me recuerdes” le dice el hijoputa y le mete un tiro en la mano.
Es en ese momento cuando empiezan a oírse disparos. Procedían del escenario y todos volvemos la cabeza hacia allí.
Ja, el líder del grupo, el gordito de la cara redonda ha sacado otra pipa y se ha liado a tiros con el camello. Qué bueno, el líder no va a dejar que se lleven la pasta del grupo, ja.
Después de los disparos la gente grita y se tira al suelo. Yo volteo la barra y me escondo con el camarero alto de cara alargada, los dos detrás de la barra, agachados, mirándonos atónitos uno a otro mientras las botellas estallan y los cristales caen sobre nosotros.
Levanto la vista y veo el enorme espejo y, reflejado en él, de todo lo que está ocurriendo, sólo distingo los fogonazos de las pistolas, cada vez más refulgentes, como si mil cámaras de fotos estuvieran captando el momento. Ah, y el ruido, también escucho el ruido de los disparos, Bang, Bang, Bang, Bang…Todo el tiempo hay bangs, no cesan, repetidos casi métricamente.
Entonces noto que algo me separa de allí, algo demasiado enérgico que me succiona, me absorbe, me engulle, me aleja de la escena, como si me estuviera muriendo, ¿entendéis, no?, pienso que alguna bala perdida ha tenido que alcanzarme y mi alma se está esfumando de este jodido mundo. Echo una mirada a mi lado y el camarero alto de cara alargada ha desaparecido. Todo ha desaparecido. Ya no estáis. No hay nadie. Sólo oigo los disparos, Bang, Bang, Bang,… y los fogonazos en el espejo.
Abro los ojos y contemplo la ventana de mi habitación, abierta de par en par, el sol mañanero la atraviesa con un brillo esclarecedor. ¿Qué coño es esto? Todavía oigo los disparos. Ahora suenan como un tac. Sí, es un tac. Tac, tac, tac… demonios, alguien está picando la pared en la obra de detrás de mi casa. Joder. Puta realidad. ¿Entendéis ahora por qué me hubiera gustado haber muerto en el sueño? Mierda.
jueves, 14 de octubre de 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)