(Viene de Tren de Invierno, 4)
Al minuto ya estábamos de nuevo en marcha y alejándonos de Albacete.
En el interior del vagón los nuevos pasajeros ocupaban sus respectivos sitios con igual desenvoltura que los niños en una guardería. Todos a la vez cuando cuente tres. Así lo hicieron todos salvo uno. Un hombre que para mí aparentaba más de setenta años. De ojos enormes, casi gigantescos, cuya mirada de loco, o de genio, le proporcionaba cierto aspecto despistado. Tenía el pelo muy blanco y muy cortito, al modo militar. Llevaba traje y corbata oscuros, exageradamente elegante, como si fuera de boda o entierro.
Estaba plantado junto a la puerta del vagón y esperó a que el resto de pasajeros se sentara.
En cuanto todos lo hicieron se dedicó a buscar su asiento, uno a uno. Así, como si no hubiera montado jamás en un tren o como si no supiera que después del uno viene el dos y a continuación el tres. Miraba su billete y después el número estampado sobre el compartimento. Billete, compartimento. Billete, compartimento. En un determinado momento vi que lo comprobaba dos veces antes de pasar al siguiente.
Aunque me ponía nervioso me cayó simpático al instante, por sus maneras extrañas y divertidas, supongo. También porque me recordaba a alguien.
Yo observaba todos los gestos que él hacía mientras buscaba su asiento.
Pensé que podría haber sido un estupendo y magnífico revisor, sin ninguna duda mucho mejor que el cara de rata. Seguro.
Cuando alcanzó mi lugar, reparó varias veces en el número de su billete y en el del compartimento. Yo, sin mirarle, deseando que pasara de largo. Pero el hombre no se movió de ahí. Me notó nervioso y le contagié el nerviosismo. Mis ojos no sabían adónde mirar.
Al momento el hombre me indicó, de forma muy educada, que yo ocupaba su sitio.
¿Perdón, cómo dice?
Está usted en mi asiento.
No puede ser. Tengo el 10 ventanilla, le hice saber sacando del libro de Conrad mi billete.
El hombre volvió a mirar el número del compartimento, después el de su billete y sin mirar el del mío insistió en lo mismo con igual tono que antes.
Me levanté y le pedí que me dejara ver su billete. Él, amablemente pero algo inquieto, me lo ofreció. Llevaba el 10 pasillo.
Claro, claro, el mío es el de la ventanilla, vaya, perdone, pero es que estoy sentado en el del pasillo, señalé dirigiendo mis palabras tanto al hombre como a la chica. Ésta extrañada sacó su billete.
Pues llevo el 10 pasillo, dijo mostrándomelo.
Era cierto.
A ver, le pedí al señor que me dejara ver de nuevo su billete, por favor.
Efectivamente, llevaba el 10 pasillo, pero ajá, ahí estaba el error.
Se había confundido de vagón e intenté explicárselo varias veces pero el hombre se quedó allí quieto y parado, sin decir nada. Se ve que no me entendió, o no me hizo caso, o no sabía qué hacer.
Me dio la impresión de que los nervios le estaban superando y no quise reírme aun a pesar de que me parecía graciosa la escena.
Tal vez a él la situación no le estuviera haciendo ni pizca de gracia porque al instante los ojos, inflamados, se le iban de un sitio a otro. Miraba hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, hacia su billete, hacia el mío, intentaba decirme algo pero no articulaba palabra alguna. No podía. El rostro se le estaba poniendo totalmente rojo y percibí que el pelo se le había erizado por la nuca. Como remate, el resto del vagón estaba pendiente de lo que sucedía y murmuraba estupideces. Yo, a punto de reventar a carcajadas.
Fue entonces mi compañera la que se levantó con decisión y sin ningún tipo de necesidad cedió su asiento al hombre.
Me sorprendió, y mucho, pero la verdad es que de esta manera consiguió descongestionar el microclima del vagón, que algo tenso se estaba poniendo.
Ella, después de coger sus cosas y despedirse de mí con una sonrisa y un gesto que me parecieron muy sinceros, se marchó de allí dirigiéndose al otro coche.
Estuve unos segundos preguntándome si se había marchado por no discutir con el hombre o porque yo no era la mejor de las compañías.
Fuera una cosa u otra, no me importó.
Yo me metí en el asiento de la ventanilla y el hombre se acomodó en el del pasillo.
Una vez sentados tuve una, muy, muy extraña sensación. Me pareció notar que al hombre le había crecido el cabello, y además bastante. Pese a que al principio me quedé perplejo y algo desconcertado, decidí no tomármelo en serio, imaginé que sólo se trataba de eso, de una extraña sensación.
Durante un largo rato apenas abrimos boca. Él no decía nada y yo tampoco, aunque le echaba miradas furtivas, así de refilón.
De pronto me percaté, caí en la cuenta. Claro, ¡se parece a Peter Lorre! De perfil es igual. Exacto, a él me recordaba.
Sonreí para mis adentros y dejé de echarle miradas.
Al rato pasó el revisor y muy a mi pesar, me tocó explicarle, con pelos y señales, toda la movida de los asientos. Me echó tal mirada de asco que no tuve más remedio que ponerle yo una cara parecida. ¡Cómo si yo tuviera la culpa de su malestar o de que alguien se confunda de asiento!
Pasé de comerme la cabeza en torno al cara de rata y repartí mi tiempo en leer, dar una ojeada de vez en cuando a través de la ventanilla, pensar en la chica, escuchar música a través de los auriculares y preocuparme por mi entrevista de trabajo, porque era a eso a lo que iba a Madrid.
Así estuve, entregado al letargo y al descanso, hasta que el hombre, ese extraño Peter Lorre se me quedó mirando durante unos segundos, que ciertamente me parecieron interminables, y se presentó diciéndome su nombre, Ernesto Búnar de Matamarga.
¿Ein?
Me ofreció la mano de manera cordial y mientras nos saludábamos mutuamente yo hice una de las mías, una charlotada de esas que a veces me da. Inventé mi nombre. Sí, así es. Le dije que me llamaba Hermógenes.
¿En serio?
Vaya coincidencia.
Madre mía. En el clavo dí.
El tipo me contó entusiasmado que el nombre del primer Búnar, su rebisabuelo, el que se casó con la Matamarga,…o yo qué sé, uno de ellos, había sido Hermógenes.
Toma, por listillo. Lo que faltaba. Se me vino el día encima. Me imaginé todo el trayecto que quedaba hasta Madrid tragándome las historias de este pseudo-aristócrata manchego. Chisme por aquí, chisme por allá. Venga y venga.
Pero no. Me equivoqué, y además totalmente, porque lo sorprendente fue que a partir de esta "coincidencia" me contó una de las historias más inconcebibles que jamás había escuchado.
El hombre éste era el último varón Búnar de Matamarga. Una saga familiar que se remontaba a principios del siglo XVIII.
Esto no era lo verdaderamente trascendente, obviamente.
Según me contó, los Búnar de Matamarga padecían una extraña enfermedad congénita que se transmitía hereditariamente, como si fuera el color de ojos. Pero únicamente entre varones. Ah, y con una generación de por medio que quedaba a salvo de padecerla.
Voy a explicarlo con el ejemplo que él me dio.
El primer Búnar, el Hermógenes, aquel del siglo XVIII, tuvo esa enfermedad, pero su hijo no. En cambio su nieto sí la padeció.
Esa era la fórmula en la que se reproducía o propagaba la enfermedad. Si la padecías, únicamente tu nieto la sufría, nunca tu hijo. Su familia era muy lista, me dijo, lo dedujo a partir del tercer enfermo. Normal en la genética, pensé. Pero me callé.
Yo atendía con curiosidad, con mucha curiosidad. Fijándome en los gestos que hacía. Y en los ojos. Aquellos enormes ojos de mirada abandonada que lo convertían en Peter Lorre.
A veces le tomaba en serio, y aunque suponía que exageraba o endulzaba la historia, lo cierto es que le presté la debida atención. Además, en ningún momento me entretuve en juzgar si lo que me contaba era verdad o pura invención.
Simplemente me divertía escucharlo.
Entrometido e indiscreto, le pregunté qué enfermedad era la causante de tal desventura familiar. Y con estas palabras lo hice, lo aseguro. Yo igualmente quería participar en la función.
Mental, me respondió.
Nos quedamos en silencio.
La locura, repitió luego en voz baja, alargando la sílaba acentuada y abriendo de manera sobrenatural los ojos.
Vaya, cómo no, la locura tenía que ser. Soy un experto en atraer chiflados.
A partir de cierta edad nos persigue como si fuera una joven enamorada, mancillada y despechada, dijo asintiendo con la cabeza.
Me gustó el símil y con una sonrisa en mi cara se lo reconocí.
Nada de eso, Hermógenes. No es para reírse, me reprendió.
Vaya con mi nombrecito.
No pretendía reírme, de verdad, Ernesto. Sólo le reconocía el mérito de la comparación, me excusé bienintencionadamente.
Todo empieza con el dormir de los dedos.
Puse cara de no comprender.
Sí, sí. El primer síntoma, se te duermen los dedos. Las yemas concretamente. Te vas un día a la cama y a la mañana siguiente no eres capaz de sentir nada con los dedos de la mano, ni un hierro al rojo vivo.
¿Se te duermen para siempre?, pregunté asombrado.
No, va y viene, de vez en cuando, los primeros miércoles de cada mes, sobre todo.
Vaya. Muy curioso, pensé, aunque no me lo creí.
Sin embargo… Ernesto, bueno, yo creo que aunque notes que los dedos se te duermen varias veces,… bueno,… que,… eso no es suficiente para pensar que vas a perder el juicio. Es desproporcionado y lo de los dedos puede pasarle a cualquiera.
No, no, no, dijo levantando el dedo índice. No es que lo creas, no es ninguna suposición. ¡Es una certidumbre, absoluta! Ha sucedido así siempre. Le ocurrió al abuelo Hermógenes, al tío Contestano,…
¿Contestano? ¿Ha dicho usted contestano?
Sí.
Hum, qué interesante. Los Contestanos eran un pueblo íbero, asentados más o menos en lo que es ahora la provincia de Alicante,… qué casualidad,… y llegaban hasta Almansa. ¿Lo sabía?
No.
Igual tiene usted algún pariente…que…viene de… bueno… disculpe, no quería interrumpirle, es que hace poco leí un libro sobre este pueblo… y… además tengo un amigo que… ha restaurado algún asentamiento,… en fin,…eso,… que… me ha parecido curioso escuchar el nombre.
Tuve que callarme y dejar que continuara. Su cara había adoptado una inquietante forma de calamar gigante que daba un mal rollo tremendo. Me asusté, en serio.
Lo siguiente es el cabello.
¡¿Qué?!
Sí. Después de que se te duerman las yemas de los dedos de la mano te empieza a crecer el pelo de manera alarmante. Tienes que cortártelo todas las mañanas.
¡Coño, era verdad lo del pelo! Sí. Le había crecido.
Ahora no tenía dudas, lo de antes no había sido una extraña sensación. No, nada de eso. Tan verdad como la muerte que le había crecido, y aunque me costaba asumirlo, existía una prueba indiscutible que lo corroboraba. Qué diablos, mi propio juicio era la prueba. Yo mismo había reparado en ello.
Para disimular intenté mostrar interés y curiosidad, aunque en realidad estaba flipando. ¿Y le crece mucho?
No, lo normal. Aunque siempre llevo conmigo una máquina para afeitarme la cabeza.
Ni por asomo quise averiguar qué significaba para él el término “normal”.
Pero sabes, Hermógenes, lo del pelo no es lo peor.
No, claro que no, a su edad más de uno querría ese problema. Y seguro que mucho más jóvenes también, dije quitando hierro al asunto.
Lo peor son las matemáticas.
Le miré a los ojos, parpadeé varias veces y levanté una ceja.
Sí, eso dicen los especialistas. Que lo nuestro se debe exclusivamente a una cuestión de ímpetu matemático.
¿Ímpetu matemático?, pensé. ¿Qué es eso?
Silencio.
Anda, claro. Fugazmente me vino a la memoria la imagen del hombre buscando su asiento. Cuando identificaba los compartimentos uno a uno.
Con que era eso, eh, no sabe contar. Lo que yo había pensado. Ja. Por eso miraba tan detenidamente su billete y después el número del compartimento. Necesitaba cerciorarse de que los números que veía en su billete, símbolos más o menos sencillos para él, coincidieran con los estampados en el compartimento. Claro. Ja, ja, el tipo no sabe sumar.
Las matemáticas se pueden aprender, Ernesto, dije con voz pausada, casi sedante. No se preocupe por eso, a cualquier edad se puede, de verdad. A unos les cuesta más que a otros, pero eso, eso es lo normal. Además, si se analiza detenidamente, la matemática es una ciencia sencillísima. En su base, por supuesto. Alguien dijo que es muy parecida al arte. Y yo estoy de acuerdo. La complejidad en ambas disciplinas surge con los infinitos y posibles supuestos que existen, tantos como se quiera. No tendrá problemas. En serio. Se lo digo yo. Mire, las matemáticas se resumen, sintetizando un tanto a la ligera, en establecer relaciones cuantitativas. Así de simple. Cuánto es A más B, si B es igual a C, y C es dos veces A. Pues tres A. ¿Lo ve? Todo son operaciones. De sumas y restas, básicamente. Algunas son sencillas y otras tienen cierto grado de complejidad, claro. Pero a partir de axiomas y empleando la lógica se establece el supuesto orden matemático. Yo de usted no me preocuparía por eso… ¿Ernesto?
Se había levantado sin decir nada y se había marchado. Y no me había percatado de si lo había hecho malhumorado o no.
Me vi con la última palabra muerta en las puertas de mis labios, como cuando te cuelgan el teléfono.
¿Qué pasa?
Noté que la gente del vagón cuchicheaba, y me echaba miraditas. El sesentón mulato le dijo algo a su mujer al oído y luego ambos giraron la cabeza hacia mí para mirar inquisitorialmente. Me recordaron a los actores de una opereta.
Me quedé pensando en lo que le había dicho. No había dicho nada malo. ¿Qué había de malo? ¿Tal vez fui demasiado directo? No. ¿Algo grosero? ¿Cínico? No. No.
Miré afuera, a través de la ventanilla. No quería notar las miradas de nadie. Intenté distraerme con el paisaje de afuera pero no fui capaz de ver absolutamente nada. Sólo pude distinguir mi reflejo en el cristal, como un adhesivo desgastado, casi traslúcido, un otro yo que sin abrir la boca mantenía el aspecto de quien grita con desgarro.
Empecé a sentirme mal y me cambió el semblante. Vi que mis pupilas se habían dilatado enormemente, convertidas ahora en dos huecos profundos y negros donde reconocí algo tembloroso y confuso, algo sin brillo. Era mi conciencia, la cual con un movimiento desigual y oscilante se aproximó hacia el cristal, poco a poco, como llamada por alguien o como si su única pretensión fuese salir por mis ojos sin hacer nada de ruido, igual que la lágrima de un fantasma.
¿Qué había de malo en lo que había dicho?
Humillante. Esa era la palabra que me repetía mi reflejo una y otra vez. Ha sido humillante. No tus palabras, sino tus gestos, tu actitud. El modo en que se lo decías. Con esa suavidad en la voz, embelesado contigo mismo…
Pero…
Sin apenas mirarle a los ojos. Abstraído. Porque, ¿se puede llamar hablar a eso? Pensabas en ti y para ti. ¿Y el ejemplo?, infantil a más no poder. Como si le hablaras a un niño, si te hubieras visto, era patético…
Ey, ey. A la mierda, ya está bien, lo siento, ¿vale?, no era mi propósito. No pienso comerme la cabeza por eso. No. Me niego. Mi intención era buena y las buenas intenciones no deberían convertirse en malas por el simple motivo de no utilizar las palabras o los gestos adecuados. Si tengo que pedir disculpas lo haré. Pero sólo por no haber acertado en escoger las palabras idóneas, sólo por eso.
Me quedé algo apesadumbrado, esperando a que Ernesto volviera, como así hizo a los pocos minutos.
Se sentó con una sonrisa en la boca, amplia como una luna. Sus ojos me parecieron más redondos que nunca y yo sentía que me hacía cada vez más pequeño.
Percibí que se había cortado el pelo por los pelitos que garabateaban sin orden sus orejas.
Tienes sandunga, Hermógenes. Y buen chico, dijo casi riéndose. La gente debería tener más sentido del humor. Aunque parezcan inocentes, o ignorantes, mejor ver los dientes por risa que por rabia. Sé sumar, hombre. Y multiplicar, y dividir. En este tiempo, y más a mi edad, no puedes vivir sin saber sumar. Te engañarían antes de que pudieras dar dos pasos seguidos. Estamos rodeados de desalmados, Hermógenes. Mi padre decía que las ratas más peligrosas viven fuera de las alcantarillas. Hay que andar con paso seguro y el dinero junto a los cojones, con perdón. Dispensa por haberte hablado así, tan directo, te habré confundido. Pero yo repito lo que dicen los que saben. Problema de ímpetu matemático.
Permanecí callado, realmente estaba impresionado con aquel hombre.
Pero no tiene nada que ver con sumar o restar. Tiene que ver con tener la razón.
No entendía nada. Creía ciertamente que el hombre estaba irremediablemente loco.
Llega un momento en la vida de los varones Búnar de Matamarga, en algunos, no todos, ya lo sabes, que tenemos la razón en cualquier cosa que nos interesa e importa. Y nos impacientamos cuando alguien nos lleva la contraria. Pero en absoluto por cabezonería, simplemente porque tenemos la razón, la tenemos. A eso lo llaman ímpetu matemático. Dicen que nosotros no vemos lo intermedio, que no distinguimos los múltiples caminos que llevan a un destino. Nosotros sólo vemos el destino, vemos el final de la cuestión, nada más. Igual que el ordenador ése que juega al ajedrez. Nuestra locura desestima lo prescindible e innecesario. Lo de los dedos y el pelo es la prueba, ya te lo dije. Sabemos con absoluta certidumbre que forma parte de la enfermedad. Lo sabemos.
Tienes toda la razón aunque el Deep Blue perdió su partida, pensé yo para mis adentros y no quise decírselo. No quería probar su impaciencia y además, el tren estaba llegando a la estación de Atocha donde ambos nos bajamos una vez se hubo detenido del todo.
Nos dirigimos hacia la calle, juntos y en silencio. Una vez fuera nos despedimos afectuosamente. Él tomó un taxi y yo decidí ir andando al hostal donde había reservado una habitación el día de antes.
Anduve a lo largo del paseo del Prado recordando todo lo que me había pasado desde que había salido de casa.
Cuando iba cruzar la calle, a la altura de la fuente de Neptuno, vi pasar a la chica, a la “china” como hubiese dicho el cara de rata, en un taxi. Miraba al infinito mientras fumaba un cigarrillo sacando la mano fuera del coche a través de la ventanilla. Ella no se percató de mí pero yo seguí con la mirada el coche hasta que éste se perdió enmarañado en el tráfico. Me pregunté si, mientras la trasladaban adonde fuere, iría pensando en las distintas caras del cubo de Rubik.
martes, 15 de julio de 2008
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1 comentarios:
me ha gustado mucho. Escribes muy bien.¿has pensado en escribir un libro?
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