jueves, 3 de abril de 2008

Tren de Invierno

Aquel día, puesto que a las 7:37 de la mañana me subía al tren, tuve que despertarme más temprano de lo habitual. Era el único que salía a tiempo si, como tenía previsto, quería llegar a Madrid antes del mediodía.
Al sonar el despertador lo apagué y seguí, como si nada, durmiendo a pierna suelta. Cuando volví a abrir los ojos me levanté de un salto creyendo que se me había hecho tarde. Tuve ese extraño convencimiento de creer que ha pasado muchísimo tiempo. No hubiera sabido decir con exactitud cuánto, pero por la profundidad del sueño hubiese jurado que varias horas. Miré el reloj y sólo habían transcurrido dos minutos de tiempo real, del medible.
Me levanté. Me aseé. Y me vestí.
Los ojos me escocían una barbaridad y aunque me esforzaba en mantenerlos abiertos, me desobedecían y seguían casi cerrados; parecían estar vacíos, tanto o más que mi estómago.
Levantarme de la cama me cuesta lo indecible, así pues, el día anterior, antes de acostarme, me había dejado preparada, a modo de equipaje, una pequeña bolsa de deporte. Llevaba lo normal para pasar un solo día: unas mudas, una bolsa de aseo, el cargador del móvil, un par de libros, la documentación con la tarjeta de crédito y unos cincuenta euros en efectivo.
Salí de casa y me encaminé, de manera inconsciente, hacia la estación. A la manera de un sonámbulo, diría, o de un animal moribundo.
Llegué a la estación, fui a la ventanilla. Nadie atendía. Hice notar mi presencia con el carraspeo de una tos fingida y enseguida apareció un señor de tez grisácea y bigote amarillo cuyo aspecto parecía enfermo o con resaca. Tras su jubiloso saludo (ello me hizo pensar en la resaca), formalizó mi billete.
Eran las 7:00.
La noche había helado, y aunque no hacía más frío que cualquier mañana de noviembre, decidí esperar en la cafetería hasta que anunciasen la llegada del tren. Cogí mis cosas y hacia allí me encaminé.
Al entrar, los olores a café y bollería hicieron estremecer mi estómago. Pedí un cortado y un donut. El camarero y (supuse) propietario, un enorme hombre de unos cincuenta y pico años (tal vez más) con unos inexpresivos ojos y de facciones muy rectas, fumaba un cigarrillo More mientras leía una revista científica. A primera vista resultaba una relación pintoresca: un grandullón fumando lo que llamábamos en el instituto tabaco de putas y leyendo revistas de ésas.
Caricatura perfecta para una revista de humor.
El tipo pareció leerme el pensamiento y clavó sus negros ojos en los míos mientras estrangulaba el More en uno de los ceniceros. Con ello consiguió a la vez apagar el cigarro y mi estúpida idea.
Ya la hemos cagado.
Probé a poner esa cara tan amable que suele aparecerme cuando intento disimular tensión o disminuir el nerviosismo entre la gente y con la que, otras veces, había conseguido entablar una buena conversación.
De nuevo me funcionó.
¿Quieres un cigarrillo? me ofreció en cuanto acabé el cortado y el donut.
No, gracias. No fumo, contesté sonriendo.
Haces bien.
Retiró los enseres de mi desayuno con lentitud.
Yo lo he intentado dejar mil veces pero siempre vuelvo o, mejor dicho, siempre vuelve. Me recuerda a los trenes. Sí, es verdad, el tabaco y yo somos como esta mierda de estación y los trenes. Se van y luego vuelven, se vuelven a ir y vuelven otra vez. Y lo peor de todo es que se ha hecho totalmente imprescindible para mí.
¿La estación?
No, ja,ja, bueno también, ja,ja. Me refiero al tabaco. Si no fumara me volvería loco. En serio, me volvería loco. Terminaría saliendo en las noticias. Como uno de esos jodidos pirados que matan a sus mujeres.
¿Sabe cuál creo yo que es el problema ahí?
No.
La obsesiva distinción humana entre los hombres por una parte y las mujeres por otra. No se sorprenda cuando ellas también acaben matando a sus parejas. Parece que hay algo en la naturaleza de los humanos que de manera aleatoria produce el deseo de matar. Hoy les toca a unos; mañana les toca a otros.
Por mí que se maten todos y todas, dijo de forma seca. Mi mujer murió hace quince años. Un cáncer de estómago, y mira, no fumaba. Se fue consumiendo. Esa enfermedad endemoniada estuvo durante cuatro meses matándola poco a poco. Y cuánto que hemos…
Las palabras del hombretón, llegado este momento, se desvincularon de su voz como si se hubiera hecho el vacío en la cafetería o como si la voz se hubiera lanzado al fondo de, algo así, como un insondable pozo del silencio. Tan callado estuvo que llegué a preguntarme si la conciencia de un verdugo sería tan muda.
¿Estará deambulando por ese desierto en que se convierte a veces la nostalgia?
Después de unos segundos el hombre siguió hablando con la misma energía.
Jamás hubo problemas entre nosotros, salvo los normales, claro. Me casé a los veintidós años y ella a punto de cumplirlos. Tuvimos una hija, ya está mayor, tiene veinticuatro años. Se parece a su abuela. Si alguien le hiciera daño, si algún hijo de puta le pegara, juro por mi vida y por la tumba de mi mujer que buscaría al cabrón para despellejarlo con mis manos como si fuera un conejo – hacía con las manos el gesto de estar pelando un conejo- y después me entregaría feliz a la policía y ale, que me metieran en la cárcel, pero el sinvergüenza ése ya no respiraba ni un segundo más.
Quizás allí consiguiera dejar de fumar.
Seguro, dijo entre una mezcla de risas y toses que sonaron como crujir de ramas. Y te haces abogado. ¡No te jode! Aquí te matas a trabajar para pagarle al banco tu propia casa, para pagarles los sueldos a los políticos, y van los asesinos y los ladrones y se sacan una carrera en la cárcel. ¡Pagada por nosotros! ¡Seremos cabrones!
Es la herencia del cristianismo.
¿Cómo?
Sí, ya sabe, poner la otra mejilla, querer al prójimo y todo ese rollo bondadoso de los curas.
Muchacho, no te confundas, en la vida hay que ser bueno, si no, al final lo acabas pagando de una forma u otra.
Pero matar a alguien no parece que sea ser bueno, añadí yo mientras le reproducía el gesto de despellejar el conejo.
Me miró con sus hieráticos y negros ojos y dijo, matar a un hijo de puta, es hacerle a la humanidad el mayor de los favores posibles. Más que pagar tus impuestos o dar dinero a los pobres. Lo otro son las leyes. Y ¿sabes quién hace las leyes?
La puerta se abrió y se quedó callado.
Un señor con un largo abrigo negro entraba decidido a la cafetería. Tras él la puerta se cerró despacio semejando el vuelo de una capa.
Con educación, el señor nos dio los buenos días. Se sentó en la barra, pidió un café con leche y abrió el periódico que traía consigo.
El hombretón preparaba el café mirándome. En sus ojos vislumbré demasiados prejuicios.
Imaginé que se sentía molesto por no haber podido continuar liberando sus pensamientos, esos en los que estaba estableciendo un límite conciso entre el bien y el mal (o entre su bien y su mal).
Obviamente no puedo asegurarlo con certeza. Sólo me lo pareció.
Los minutos siguientes la cafetería pareció estar cubierta por una especie de telo impaciente, semejante al efecto que genera esa pausa que antecede a una mala noticia. Solamente fui capaz de desprenderme de esa sensación gracias al sonido que, de vez en cuando, producía el choque de la taza con el platito y al continuo y sibilante pasar de páginas.
Sonó el altavoz anunciando la llegada del tren y esperé a que el hombre del abrigo negro saliese de la cafetería; entonces, tras pagar lo tomado, me despedí del hombretón.

3 comentarios:

aleskander62 dijo...

Hey!, friend.

aleskander62 dijo...

Estoy leyendo Jack Kerouak On the Road.

Periclon dijo...

Hola Padrino, me alegro que siga vivo el espíritu del Capitán Alatriste. Una buena narración para relatar un aburrido viaje, veo que estás en forma, nos vemos. Au, Periclon