(Viene de Tren de Invierno, 1)
El tren era un Altaria de los antiguos y por los bajos, a la máquina, se le veían bastantes manchas de aceite, como una barba de varios días mal afeitada. A la vez que frenaba acercándose al arcén, chirriaba de tal manera que si me hubieran dicho que su motor funcionaba con el abrir y cerrar de viejas y oxidadas bisagras, me habría parecido, ciertamente, posible.
Una vez se hubo detenido busqué mi coche. El 8.
Subí, dejé mi pequeña bolsa de viaje en el espacio destinado a las maletas y con la mirada busqué mi asiento, el “10 ventanilla”. En cuanto lo hube localizado me sorprendió ver que lo ocupaba una chica de rasgos orientales que dormía medio tapada con una chaqueta. En apariencia, en no muy cómoda situación. El cuello lo tenía totalmente torcido. Dudé en despertarla, pero la verdad es que me supo muy mal hacerlo. Así pues, tomé el asiento “10 pasillo” y dejé que la chica siguiera en su sueño.
Me quité la chaqueta y el suéter y los puse sobre el asiento. Fui de nuevo adonde estaba mi bolsa y saqué un libro: La Línea de Sombra de Joseph Conrad. Volví a mi asiento, puse la chaqueta y el suéter sobre el anaquel que hay encima de la ventanilla y con cuidado, para no despertar a la chica, me senté.
Enchufé los auriculares al hilo musical y en el canal de éxitos y clásicos sonaba Running On Empty de Jackson Browne. Agradable sorpresa.
La calefacción estaba, para mi gusto, demasiado fuerte y el calor artificial se mezclaba con la respiración cansada de los pocos pasajeros.
Ya asentado y tranquilo tomé aire; en él percibí el indescriptible e inconfundible olor de la corrupción humana. Seguí entregado a la canción, canturreándola en mi mente, hasta que terminó.
Comencé a leer. Pero el calor y el movimiento del tren hacían que perdiese la concentración con excesiva facilidad. Tal vez La Línea de Sombra no sea la lectura idónea para este momento, pensé. Cerré el libro, desenchufé los auriculares e intenté dormir, aunque no pude.
Me fue imposible porque mi cabeza, que estaba demasiado despierta, se lanzaba impetuosa a descifrar un sinfín de cuestiones. Algunas tan insignificantes como peliagudas. Otras, absolutamente incuestionables. Intenté también recordar el sueño de la noche anterior porque se me había quedado un regusto alegre de él pero igualmente me fue imposible, así que opté por dejarme llevar por ilusiones del futuro. Todo ello, como de costumbre, zurcido sin ningún orden lógico.
Decidí, como entretenimiento, observar a los pasajeros. Pero con disimulo, claro. Soy un observador pero no un cotilla.
Miré y conté mentalmente: en total, en el coche, íbamos ocho personas.
Me gustó el tono violeta de la chaqueta del señor que estaba sentado junto al pasillo, a mi derecha: un sesentón mulato de más de cien kilos. Tuve la impresión de que el tejido era seersucker y al dedicarle la debida atención descubrí las múltiples y finas rayas en tonos blanco y marino. Las cuales, al estar pespuntadas verticalmente, semejaban un desfile de pequeños pulgones.
La chaqueta se complementaba perfectamente con la blanca barba que le cubría parcialmente la cara. Una cara alargada, con su piel tan morena y que, debido a ciertas arrugas, parecía esculpida en cobre. Su cabeza era grande y de bellas proporciones. Aun a pesar de su abundante calvicie, el hombre me pareció resultón.
La señora que lo acompañaba era, en contraposición al mulato, de una palidez acuosa. Movía la boca mientras dormía y su barbilla, vibraba como si estuviera a punto de echarse a llorar. Las gafas, caídas sobre la punta de la nariz, contrarrestaban el aspecto distinguido que daban su blusa y collar. Sobre su regazo, una revista sujetada por una de sus manos, se movía frágilmente.
Los otros cuatro pasajeros estaban al fondo. Desde mi perspectiva, se encontraban justo a la derecha de la puerta automática mediante la cual accedes al otro coche. Nunca me han gustado los compartimentos en esa parte del vagón. Allí hay cuatro asientos y yo prefiero los otros, los de dos asientos. Además creo que habiendo gente enfrente de ti es imposible disfrutar de un poco de intimidad, y si te toca el asiento ahí, el viaje resulta mucho más incómodo, sobre todo para las piernas. Pero bueno, afortunadamente mi asiento no era uno de aquellos.
Por cuestiones más que obvias sólo podía ver a los que estaban sentados mirando hacia mí.
Uno era un chico. Rondaba los veinte años. Llevaba el pelo casi rapado y vestía un pantalón de chándal adidas de color negro, una camiseta llena de diversos y vivos tonos donde predominaba el color naranja y una sudadera blanca con el escudo del Real Madrid reposando en el brazo del asiento. Una de las mangas colgaba a modo de enorme y estirado chicle seco o como si fuera una de esas figuras surrealistas de cualquier cuadro de Dalí. Junto al chico, un hombre de unos cincuenta años descansaba plácidamente con los ojos entreabiertos. Supuse que sería el padre porque las facciones de ambos eran idénticas. Se diferenciaban en las notables impurezas que, como si fuera polvo, la piel adhiere con los años, pero la prominencia de los pómulos y la fuerza de las cejas eran exactas.
Dos personas estaban sentadas enfrente de ellos y dada la actitud tan natural que mostraban y el intercambio de muecas que se hacían, sospeché que los cuatro formaban una familia.
Lógicamente, como ya he dicho antes, no podía ver quiénes estaban sentados frente al chico del chándal y su padre, pero el pelo de una de aquellas personas, de la que estaba frente al padre, sobresalía por encima del asiento. Un pelo rubio, se notaba muy teñido. También parecía lacado en exceso y peinado, quizás, un tanto demodé. La madre, me imaginé.
De quien estaba sentado en el asiento del pasillo apenas pude ver algo más que un delicado brazo, el cual, de cuando en cuando, aparecía con hermosos movimientos para desaparecer de nuevo con la agilidad de un relámpago. De su muñeca subían y bajaban pulseritas que se tocaban entre sí con adorable sutilidad. En mi imaginación tintineaban con la elegancia del cascabel. Algo me decía que aquel brazo pertenecía a una niña y claro, deduje que debía de tratarse de la pequeña de la casa. Hipnotizado por el movimiento del brazo, suponiéndome una hormiga que lo recorriese desde el codo hasta las uñas, me dormí; y si soñé algo, a la fuerza tuvo que quedarse para siempre en el mundo de los sueños o escondido bajo tierra salvaguardado por todas las hormigas del mundo.
Me despertó el impertinente saludo del revisor. Bueno, creo que ahora se hacen llamar interventores. En fin, me da igual cómo se hagan llamar, me refiero al que comprueba los billetes en el tren. Quería que le mostrara el mío. Yo lo había dejado entre las páginas del libro de Conrad. Lo cogí y sin decir ni pío, se lo alargué. El revisor, un cuarentón feo, demasiado flaco, con la camisa de su holgado uniforme amarilla por culpa de la mala lejía, al examinar mi billete frunció el ceño y entornó de tal manera los ojos que me recordó la cara de una rata guillotinada por un cepo.
Picó el billete haciendo una fuerza desproporcionada tratándose de un simple cartón. Fue como si pretendiera cortarle las uñas a un gorila. Me devolvió el billete con desgana y tras lanzar una mirada al asiento de la ventanilla, donde sólo estaba, enrollada como una piel de naranja, la chaqueta de la chica, me preguntó diciendo literalmente: ¿dónde está la “china”?
A mí qué me dice, le solté con todo el pasotismo y desprecio que pude acumular. Supongo que llegué a parecerle un gilipollas o incluso peor, un maleducado. Pero lo que considerara aquella cara de rata me trajo sin cuidado y aunque reconozco que tal vez el revisor no me cayó del todo bien desde un principio, creo que después de haber oído su inoportuna pregunta, se merecía, con todas las de la ley, mi actitud.
Se alejó malhumorado y tras de sí, como la cola de una cometa, le seguía un rastro pestilente de sudor agrio. Cuando se detuvo para picar los billetes de la familia, la puerta automática se abrió y mi compañera de asiento apareció.
Sin que el revisor dijese nada, ella le indicó que tenía el billete en su bolso.
La chica se acercó hacia nuestro lugar con movimientos rápidos y gráciles producidos por el traqueteo del tren. Quizás habría que decir que eran torpes y fortuitos, pero aquellos movimientos evocaban realmente la belleza del azar. Llegó trayendo consigo un fuerte olor a tabaco e imaginé que venía de echarse un cigarrillo a escondidas. Me regaló una sonrisa y soltó un “hola” con absoluto acento español. Bien, tiene que ser española, pensé. Alargó un brazo y del anaquel agarró su bolso. Sacó el billete y se dirigió de nuevo hacia donde estaba el cara de rata.
Seguí con mi mirada su caminar, fui algo descarado, lo sé, pero en aquel momento no me importó, en absoluto, que alguien viera cómo la observaba.
La chica calzaba unas pisamierdas marrones bastante desgastadas, vaya, y viéndola caminar, sus pies parecían, como suele decirse, las manecillas del reloj marcando las diez y diez.
Por la camiseta que vestía se adivinaba que era una mujer con pocas curvas, y sus delgadas piernas llenaban escasamente aquellos vaqueros elásticos. En cambio su culo, aunque de una redondez asimétrica, era totalmente femenino.
Al andar, la abundante melena negra de la chica caía sobre su espalda con el movimiento de la mar en calma en una noche sin luna. La luz artificial del vagón y la tenue del amanecer, paulatinamente entrando por la ventanilla, se reflejaron en su pelo y consiguieron distorsionar de tal manera la vaporosa realidad que la somnolencia que yo soportaba se transformó, inconscientemente, en una erección matutina.
Me levanté de forma rápida, (¡claro, cómo iba a ser de otra forma!). Pillé la chaqueta y agarrándola con mi brazo la antepuse a mi cintura, semejando, seguramente, un torpe camarero o un acojonado torero.
Como había decidido ir hacia los servicios para hacer tiempo, tuve forzosamente que cruzarme con mi compañera.
Intentando ser simpático le dije, mientras mutuamente nos regalábamos una sencilla sonrisa, que iba al servicio a ver si me espabilaba. Curiosamente, en mi cabeza, la imagen del rostro de la chica se reprodujo de tal manera que hubiera jurado conocerla ya. Tuve la sensación de creer que esa cara había desenterrado una imagen que, en lo más oculto de mi conciencia, yacía fosilizada en mí.
Extrañado me encaminé a los servicios.
La puerta automática se abrió y en el descansillo me topé con el revisor y con su agrio tufillo a sudor.
Anotaba algo en una libreta.
Me miró con aquella cara de rata y volvió, de nuevo, a sus obligaciones con la libreta.
Yo, pasando de su estúpida insolencia, entré al servicio.
Mientras me lavaba la cara y me miraba en el espejo recordaba el saborcillo enigmático que me había dejado el rostro de la chica. Entonces, descubrí que mi erección había desaparecido.
miércoles, 16 de abril de 2008
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