Una señora negra sale del Walgreens. Gorda en exceso. Con el pelo recogido y estirado hacia atrás. Camina dando largos pasos, cargada con bolsas. Todas las bolsas llevan las letras rojas de Walgreens.
Antes de detenerse junto al semáforo, fugazmente, ha pisado el asfalto. Pero ha vuelto a la acera. Sin soltar las bolsas. Parece estar acostumbrada a que por Canal st los coches circulen tan rápido, y tan cerca de los peatones. También parece estar acostumbrada a ir cargada de bolsas.
Los tonos grises de su camisa y pantalón, me doy cuenta al observarla, combinan caprichosamente con las nubes y con el fondo vaporoso del horizonte. El cielo, entonces, me parece una inmensa bóveda de nácar y, pienso que ella, tal vez al vestirse, tuvo todo esto en cuenta. ¿Será posible? En seguida ironizo con la estupidez de mi pensamiento. Pero para mis adentros.
Cuando la luz del semáforo se pone verde, la señora cruza la calle con la mirada distraída, o repasando mentalmente, sospecho, sus quehaceres domésticos. Igualmente parece acostumbrada a esto.
Unos seis chicos, menores de veinte, negros todos, pasan corriendo junto a ella. Ni la han rozado. Ella ni los ha mirado. No parece importarle que coches y niños vayan muy rápido esta mañana, o todas las mañanas. Gira a la derecha por Carondelet st y se detiene. Deja las bolsas en el suelo, junto a sus pies, de forma impaciente. Mete la mano en uno de los bolsillos de su pantalón. El de la izquierda según la miramos de frente. La señora es diestra. Saca un móvil y comienza una conversación divertida, creo yo, por la amplia sonrisa que su rostro muestra. Sus dientes son blanquísimos. Como los globos de sus ojos. También parece acostumbrada a reír de esta manera, tan sincera. En cuanto termina de hablar guarda el móvil y tarda en esconder la sonrisa. Igualmente tarda en recomponer la mirada distraída. La de sus quehaceres. Toma aire. Con agilidad carga de nuevo con todas las bolsas. Se aleja de nuestra vista penetrando en la aglomeración de las calles. Desvaneciéndose, como arena sobre arena. Unos segundos después su enorme cuerpo ha sido engullido por el voraz movimiento de ida y vuelta de la ciudad.
Nosotros cruzamos Canal st. Hacia Bourbon st. Lo hacemos rápido, impelidos por el ritmo de los transeúntes. Todo fluye automatizado, como si formara parte del mismo sistema electrónico que controla los semáforos. Verde y rojo. Ningún movimiento deliberado. Todo encaja por su total independencia. Calculado. Diría que al asunto, así se va. Lo demás no tiene importancia. O sí, pero se relativiza. El objetivo es cruzar la calle. Y se hace. Lo hacemos. Lo hacen. Ajenos a todo y de todo. Ajenos al matiz fosco que adquiere el cielo por el sudeste. Con malas intenciones, casi amenazador. Ajenos al ruido que genera la sirena de una ambulancia. Estridente, chillona. Como un proyectil, así pasa ante nosotros, alejándose calle arriba. Ajena a nuestra mirada, también, ella también. Ajenos. Todos ajenos. Éste, ése y aquél. Éstos, ésos y aquéllos. Ajenos a mi mirada y a mi espionaje. Ajenos a todo. Menos al semáforo.

En la esquina de Bourbon st con Canal st hay un camión aparcado sobre la acera. Mal aparcado. El camión es grande. Más alto que largo, y de color marrón chocolate. Como los de UPS. Bueno, similar. Está lleno de cajas de cartón.
Un grupo de jóvenes de diversas razas descarga las cajas de manera organizada, metódicamente. Dame, cojo, dejo. Dame, cojo, dejo. Así. Cajas llenas de ropa. Camisetas sobre todo. Camisetas de la Sugarbowl. Lo sabemos porque las cajas están abiertas y es imposible no fijarse en ellas. Hay tantas.
En cuanto los chavales acaban, el camión arranca y se va de allí, fuera de plano. Se aleja de la escena adentrándose en Bourbon st dejando esta función a medias. Inacabada.
En ese mismo lugar, en la esquina de Bourbon st con Canal st, la noche anterior, una banda de vientos interpretaba extrañas composiciones, o extrañas escalas. No lo sé. Provocaban en la calle un eco virulento, atronador. Trece músicos, adolescentes todos, negros ellos. Una música novedosa, asombrosa. De endiablado ritmo y, en apariencia, sin melodía. El sonido nuevo que uno siempre desea encontrar, vaya donde vaya. Pero mucho más en Nueva Orleans.
La sonoridad de la banda era de escándalo, como si en vez de instrumentos llevaran armas de fuego, y en vez de notas, dieran tiros al aire. Bang, Bang, Bang. Toma este maldito ritmo, toma, parecían decir sin decoro. Sin pudor. ¿No quieres probar? Te sentará bien. Os sentará bien. Toma. Toma. Somos negros, negros afroamericanos. Tenemos al reptil. ¿Temes al reptil?, míralo, no hace nada. Bésalo, no tengas miedo. Bang. Bang. Bang. Sí. Este españolito treintañero tenía miedo, y me avergonzaba. Pero qué importa, quería probar. Quería probar y probé. Tomé su ritmo, besé al reptil y bailé. Bailé. Bailé.
En la esquina de Bourbon st con Canal st no queda rastro de la noche anterior, del singular bautismo. Pero recuerdo la música, sobre todo su ritmo, y su eco, su eco ardiente. Bang. Bang. Bang. Las cajas de ropa ahora ocupan ese lugar, toda la acera, unas encima de otras, apiladas sobre el presbiterio de los hechiceros afroamericanos que desaparecen con el amanecer. En mi imaginación, sólo ahí, veo la sombra del reptil, larga, deformada, como en los dibujos de Tim Burton. Cojo la mano de Carmen y sonrío de manera cómplice. Nos sentó bien. Muy bien. Bang. Bang. Bang.

Antes de llegar a Royal st nos detenemos para encendernos un pitillo. Uno cada uno. Lo hacemos ante la puerta de una tienda de souvenirs donde los productos estrella parecen ser las mandíbulas de caimán. La música ahí dentro suena alta. Esos acordes inconfundibles del rythm and blues. Del puro. Auténtico. La tienda está vacía y la chica, no sé si es la dueña, está en el umbral mirando a la calle, tranquila. Con las manos en los bolsillos del pantalón. Y aunque su mirada está en Canal st, su mente está en la música. Se nota. Sigue la canción, cantándola.
Aparenta tener unos veinticinco años. Más o menos. Mulata. Bueno, criolla. De rostro simpático y ojos vivaces. Espabilada, diría. Viste una sudadera blanca de la universidad de Loyola y vaqueros desgastados, rotos por las rodillas. Su cara cambia de expresión, repentinamente, cuando la música se interrumpe. ¿Qué ocurre?, dicen sus ojos. El Cd ha comenzado a saltar, dice la respuesta. Shit. Su tranquilidad se ha derrumbado. Se le nota. Nosotros también lo notamos mientras encendemos el cigarro. Maldice en voz alta, saca las manos de los bolsillos y se vuelve adentro.
Con la primera calada del pitillo la música empieza de nuevo. Esos acordes inconfundibles. La chica esta vez no sale, permanece dentro, en la tienda. Tendrá cosas que hacer. Nosotros cruzamos Royal st y nos dirigimos a Chartres st en silencio, disfrutando y consumiendo el tiempo. A la vez. A caladas.
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