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Era nuestro cuarto día en Nueva Orleans y ya se había instalado en el sentir de los tres, aquello de “parece que llevemos toda la vida aquí”. Ese pensamiento que, ya se sabe, pertenece a casi todos los viajes, o cuando menos a todos los buenos momentos. Así nos lo parecía, efectivamente, y así lo habíamos expresado mientras nos desayunábamos aquella mañana en la cafetería del Hampton Inn. Nuestro hotel.
Igual que los días anteriores, nos habíamos levantado a las ocho de la mañana; nos habíamos duchado y habíamos ido a la cafetería del hotel para desayunar.
El olor a bollería, como cada mañana, predominaba entre los demás olores del desayuno. Justo a la entrada del restaurante, una mesa ovalada de grandes dimensiones y ornamentada con flores secas ofrecía a modo de buffet todo tipo de alimentos. Magdalenas de chocolate, de pasas, de frambuesas. Pastelitos de crema y hojaldre. Yogures naturales o de sabores. Macedonia de frutas. Rebanadas de pan de molde ordenadas en una bandeja y listas para introducirlas en la tostadora. Tarrinas de queso philadelphia. Grandes jarras llenas de leche. Una especie de horno metálico y hermético que servía para mantener el calor de platos ya cocinados y que invariablemente, durante nuestros siete días, consistían en: un día huevos, otro, hamburguesas. No recuerdo bien si aquél día había una cosa u otra. Pero no importa, si no eran huevos, por fuerza debía de tratarse de hamburguesas.
En el salón colindante, apoyadas sobre una mesa, estaban las máquinas de café y zumos donde también, libremente, cada uno se servía lo que le apetecía y las veces que quisiera.
El restaurante se ponía a tope a eso de las nueve y algo de la mañana. Como si el verdadero despertador no fuera el tiempo y sí el hambre. Pillar una mesa libre dependía de segundos. Quien saliera antes de los ascensores o pasillos, antes se sentaba. Nosotros tuvimos suerte todos los días porque nuestra habitación estaba en la misma planta que el restaurante.
Mi tía, aquella mañana, se había sentado en una de las mesas más próximas a los ventanales. Afuera, tímidos rayos de sol arañaban con oro las fachadas de los pocos rascacielos de Nueva Orleans. Ella solía mirar indistintamente a la calle o a la gente de la cafetería mientras nosotros íbamos a por los desayunos. Aunque aquí pueda parecerlo, no es que actuáramos como sus sirvientes. Para nada. Lo que ocurría era que ella sólo tomaba para desayunar café con leche y una magdalena. Nada más. Eso le servía, prácticamente, de alimento para todo el día. Carmen y yo, en cambio, hacíamos un buen desayuno. Tomábamos café con leche, zumos, tostadas con queso, magdalenas, yogures. Más o menos. Siempre nos desayunábamos fuerte. Por ello, de ordinario, cuando ella estaba sentada con su café con leche y su magdalena mirando de aquí para allá, nosotros, pareciendo abejas un día de primavera, íbamos y veníamos portando los diferentes platos cargados de comida.
Ese día, en la mesa de al lado, frente a mí, desayunaban, lógicamente como hacíamos todos, una mujer y un hombre de unos sesenta años. El hombre, de tez muy rosada y pelo blanco peinado hacia atrás, iba en silla de ruedas y tenía abierto sobre la mesa el periódico que el hotel ponía todas las mañanas sobre el pomo de la puerta de las habitaciones. El USA Today. Mientras bebía café leía en voz alta una noticia deportiva. Ella –yo sospeché que sería su esposa- masticaba con elegancia una tostada. Mantenía el cuerpo bastante erguido y atendía con indiferencia tanto a lo que veía en el periódico como a lo que decía (supuestamente) su marido. Cuando el hombre acabó de leer, ella le dijo algo en voz baja. Algo imperceptible para nosotros, pero el tipo de la silla de ruedas achinó los ojos, soltó una risita y le agarró la mano. Sin duda ella consiguió lo que pretendía, fuera lo que fuera. Él, entonces, siguió leyendo para sus adentros y ella con la misma elegancia continuó masticando en silencio. Al rato la mujer se levantó, retiró la bandeja del desayuno de ambos, echó los desperdicios a la basura y se dirigió hacia la mesa. Agarró los mangos del respaldo de la silla, la separó de la mesa y condujo al hombre hacia los ascensores. A los pocos segundos una puerta de los ascensores se abrió. Ella y el conjunto unitario que formaban hombre y silla entraron al ascensor, la puerta se cerró y aquella pareja desapareció de nuestra vista y de nuestras vidas para siempre. Nosotros, mientras la realidad se estaba convirtiendo en recuerdo, terminábamos nuestro desayuno hablando de temas superfluos.

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Aquella mañana de nuestro cuarto día en Nueva Orleans habíamos decidido ir al Uptown. En esa parte de la ciudad están la Universidad de Loyola y el parque Audubon. Para ir allí tienes que coger el tranvía de St Charles si no quieres darte una caminata de casi dos horas. Por supuesto no teníamos esa intención, así que una vez en la puerta del hotel y después de que Carmen y mi tía esperaran a que yo bajase de la habitación puesto que había subido a por el paquete de Pipper que habíamos olvidado, fuimos hacia la parada del tranvía de St Charles más próxima y que está a unos cincuenta metros del Hampton Inn.
Cuando llegamos a la parada había gente esperando el tranvía. Casi todos ataviados con las camisetas de los equipos de la sugarbowl, es decir, la final de la liga universitaria de fútbol americano. No tengo ni idea a qué podría comparársele en Europa. Tal vez a la final de la copa de la U.E.F.A., aunque como digo, no tengo ni idea. La sugarbowl se disputa allí todos los años el día 1 de enero.
La parada del tranvía de St Charles, la que nosotros cogíamos, está en la esquina de Carondelet street con Canal street. Que para tener más o menos una idea es casi el centro del distrito financiero. Si giraras a la derecha en Canal st y siguieras andando, te toparías con el Missisipi. Si, en cambio, cruzas Canal st, y sigues derecho, te metes en Bourbon street.
La mañana estaba medio cubierta pero a su vez, tenía una tonalidad brillante que se reflejaba en los charcos del suelo como si éstos fueran diamantes fundidos. Grandes nubes que más tarde serían absorbidas por la garganta del cielo volaban en dirección sur semejando aves despistadas. La humedad se notaba mucho más a la sombra, y aunque se sentía el frescor de la lluvia de la noche anterior, el día, como así fue, se anunciaba cálido. Yo, por si acaso, llevaba conmigo el paraguas.
Sacamos tres cigarros del paquete de Pipper y nos encendimos cada uno un pitillo. Los coches pasaban veloces y un claxon impertinente delató el casi choque entre dos taxis. La tienda de la esquina abría sus puertas en ese momento y un indigente sin dientes pedía limosna junto a la escalera de incendios del edificio de enfrente. Un chico negro bailaba y cantaba a nuestras espaldas. Otro, con ojos sobresalidos y mirada perturbada hablaba sin sentido. Se movía por entre la gente con los inesperados movimientos de un tiburón. Todos temíamos que se dirigiera a nosotros y una suerte de silenciosa sensación se quedó estanca junto a la parada. Yo con el rabillo del ojo seguía sus movimientos. Era igual de imposible mirarlo que no hacerlo. Se detuvo frente a una mujer y pegó sus ojos frente a los de ella. Sin dientes, como el indigente de la escalera de incendios, sus ojos brillaban sobre su negro rostro de una forma muy extraña. Parecía drogado, aunque más de miseria que de coca y más de desgracia que de caballo. Sobresaltado por algún estímulo propio, como un animal asustado, dejó a la mujer y torpemente se arrimó a una señora grande y gorda que tenía de la mano a sus dos hijos. La mujer, acostumbrada a tipos así, pensé por su reacción, no pareció importarle que se agachara y jugara con los niños. El tipo sacó de uno de sus bolsillos unos cuantos dólares. Con una sonrisa torpe dio un dólar a cada uno de los niños. Los niños parecían muy impresionados, aunque no sé si por el dinero o por el tipo. En ese momento la campana del tranvía de St Charles sonó a nuestra izquierda. El negro, los chicos y yo giramos la cabeza a la vez que el tranvía se detenía junto a la parada. Al instante me volví de nuevo a mirar. Quise saber si los niños se habían quedado con el dinero o si su madre había hecho devolvérselos. Pero no pude saberlo y jamás lo sabré. Todos, entonces, habían empezado a subir al tranvía como si quisieran alejarse del lugar donde un tiburón humano daba dólares a los niños y yo, como uno más, hice lo mismo.
3 comentarios:
Jack, sigues vivo!
Nunca he estado en Nueva Orleans, pero si algún día voy, buscaré la parada del tranvía y espearé el tiempo que haga falta al tiburón humano.
Sorpresa en Febrero; blog actualizado!!! Sigue así... pero más a menudo!!!
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