viernes, 5 de octubre de 2007

El efecto hormiga

Acababa de despedirme de Carmen en el portal de su edificio y, caminando de forma distraída, me dirigí a casa canturreando mentalmente My Back Pages de Bob Dylan. Bueno, la melodía que entonaba yo no era la de Dylan sino la versión que hacen los Byrds. Me pareció que la luz del cielo, de un añil indescriptible, le iba de perlas a las armonías vocales de Roger Mcguin y David Crosby.
Abstraído, me dejé llevar por mis caprichosos pasos de tal manera que, mientras yo estaba en la parra, o incrustado en el extraño añil del cielo, una y otra vez se repetían en mi mente los estribillos de la canción: I was so much older then, I´m younger than that now. I was so much older then, I´m younger than that now. I was so much older then, I´m younger than that now.Sinceramente, no sé si estaba distraído por pensar en la canción o fue la propia distracción la que me transportó a la canción. Sea como fuere, parecía que estuviese paseando por los surcos de un disco de vinilo. De un disco de vinilo de los Byrds, por supuesto. Lo curioso es que en ese momento no me hubiera importado estar así, girando sobre un disco, el resto de mi vida: I was so much older then, I´m younger than that now.
Aquélla era una de esas típicas noches de octubre sobre la cual podría decirse que el calor y la gente, como si temieran la aparición de un espectro abominable, andan alertas y veloces con el único fin de abandonar las calles antes de la medianoche. Sin embargo, viendo cómo estaba el ambiente, algo me decía que calor y gente no tenían la misma prisa, puesto que, quitando a una pareja de enamorados adolescentes que se acurrucaban sentados en un banco, no me crucé con nadie más, y en cambio la noche todavía era incapaz de refrescar. Ahora, los coches, semejando una enorme cremallera, pasaban pegados uno a otro. Parecía que tuviesen la obligación de cerrar las calles. Y sellarlas a cal y canto.
Yo seguí sumido en la canción, tarareándola una y otra vez, y sin percatarme de que ya hacía un buen rato que había pasado por el portal de mi casa. La verdad es que no recuerdo haber pasado por ahí. Si pasé…, bueno, obviamente tuve que pasar, pero si lo hice con tal distracción, fue porque lo que estaba ocurriendo ante mis ojos debió de ser algo absolutamente superfluo. Tampoco me di cuenta de que, andando como anduve, había pasado junto al viejo motor del agua; tenía frente a mí las luces veloces de la autovía; y ya casi estaba ante la verja por la cual, una vez abierto el candado, accedes, después de atravesar cuarenta y ocho metros cuadrados de grava, maleza, diversos tipos de hierbajos, un coche abandonado junto un alto ailanto y cacas de perro, a la puerta de la casa que sirve, a nuestro grupo, de local de ensayo. Si no llega a ser por Eto, seguro que hubiera seguido andando hasta Dios sabe dónde.
Eto es la perra del local y vive, cuando no estamos ensayando, en esos cuarenta y ocho asquerosos metros cuadrados. No sé cuántos años tendrá el animal, pero intuyo que demasiados.
Gracias a los ladridos alegres de la perra pude librarme del ensimismamiento en que me hallaba recluido y menos mal, pensé, porque parecía que las fuerzas invisibles estaban expulsándome de la ciudad.
Acaricié, metiendo la mano por entre los barrotes de la verja, la cabeza de la perra y le dije unas cuantas tonterías. “Queee, quién anda ahí, a por él, busca, busca, busca al ratolí, la más guapa”, y esas cosas le dije.
Pronto me cansé de la absurda conversación. Además, ahora sí empezaba a hacer frío y las cervezas que me había tomado con Carmen estaban haciéndome un efecto extraño. Es que llevaba el estómago vacío.
Ya me disponía a regresar a casa cuando observé, con desconcierto y algo de preocupación, cómo, de la ventana de la casa, un resplandor brillaba de forma intermitente.
Sé que materialmente es imposible meter un coche en el local. Si a alguien le diera por intentarlo tendría que desmontar el coche pieza por pieza; después, subir las piezas a través de unas diez estrechísimas y empinadas escaleras; una vez arriba, volver a montarlas minuciosamente y aun así, sería casi improbable que en el local cupiese el coche. Yo creo que sólo unos locos, y con alguna empecinada apuesta de por medio, podrían ser los ejecutores de tal excéntrica estupidez. En fin, como digo, si no fuera porque sé que es imposible, hubiera creído que alguien había encerrado allí arriba un coche y se había dejado las luces de emergencia encendidas.
Intrigado, abrí el candado. Atravesé los primeros metros de grava y hierbajos esquivando las cacas de la perra y teniendo que soportar, también, la alegría descontrolada de la Eto, porque la pobre, emocionada, mientras movía la cola obsesivamente, se alzaba en sus patas traseras y plantaba sus delanteras a la altura, prácticamente, de mi pecho. Normal que esté tan contenta, pensé, a estas horas nunca viene nadie a verla. Espero que hoy no me cueste echarla, me decía preocupado mientras buscaba la llave que abre la puerta de la casa. Y es que la perra, a la que ve que meto y giro la llave, empuja histérica con el hocico como si me ofreciera ayuda para abrir la puerta, y en cuanto logra el objetivo, sube las escaleras con la agilidad de un salmón, buscando el rinconcito de la habitación donde acostumbra a tumbarse sobre un cojín destrozado que hay en el suelo. Luego no hay manera de hacerla bajar.
Pero esa noche, por primera vez (que yo recuerde), la perra no esperaba junto a la puerta ni parecía tener ganas de salir disparada hacia su cojín. Sentada junto al tronco del ailanto, permanecía impasible y sólo cuando yo le decía algo movía la cola en señal de respuesta. Eché una ojeada hacia la ventana mientras abría la puerta y la luz intermitente seguía alumbrando allí arriba. Aunque me esforzaba en no dejarme llevar por fantásticas suposiciones ni por absurdas supersticiones noté que el pulso se me aceleraba. A pesar de ello, me decidí a subir.
Una vez dentro y ante el primer escalón, aquella luz no me pareció tan temible. Resulta que como los tubos luminiscentes que alumbran las escaleras de la casa están fundidos, aquella intermitente luz, de momento, me iba a hacer un gran papel y en consecuencia, podía subir a la habitación con algo de visión. Una visión parpadeante, es verdad, y también inquietante, no lo dudo, pero acostumbrado como estoy a subir al local totalmente a oscuras, esos destellos, por muy ominosos que parecieran, me fueron muy útiles en aquel instante. Era, salvando las distancias, como subir las escaleras bajo la luminosidad del día.
Cuando llegué arriba le di al interruptor y la luz amarilla de la bombilla que cuelga del techo de la habitación sofocó la otra intermitente. Mi corazón y mis pensamientos se relajaron al no ver nada extraño en la habitación. E incluso cuando descubrí que la luz intermitente procedía de un teléfono móvil todo mi ser volvió a su status quo. No es que pensara que iba a encontrarme con un monstruo o con un extraterrestre, no, qué va. En la mente, la lógica ya se encarga de despejar esas incógnitas. Lo que ocurrió es que, simplemente, no tenía la más mínima idea de lo que me podía encontrar, y ante la intranquilidad que se genera en la mente por lo desconocido, la lógica no puede hacer nada.
Ya estaba arriba. En la habitación. Esa habitación hace tiempo estaba limpia y curiosa. Nos servía de sala de descanso cuando, a mitad de ensayo, hacíamos un break. Pero ahora parece, con todas las de la ley, una inutilizada cambra. Está llena de antiguos y estropeados amplificadores además de muchos aparatos electrónicos. Hay, arrinconadas con dejadez, decenas de botellas de cerveza, la mayoría vacías pero también hay algunas con resto de líquido donde se ven flotar colillas y cosas así: éstas desprenden un olor a fermentación que echa para atrás. Apoyados a la pared están los viejos y resquebrajados sillones que no invitan a sentarse, más bien a no acercarse a ellos. Polvo hay para cubrir no una montaña sino una cordillera. Y los rincones y techos de la habitación están repletos, como no podía ser de otra forma, de telas de araña; parece que las arañas sí encuentran la sala magníficamente habitable. A veces cuando entras, si no fuera por el viejo frigorífico que todavía funciona, la habitación parecería mucho más escabrosa que cualquier casa abandonada. Pero bueno, lo que hacemos es no prestarle mucha atención.
El móvil, tirado sobre el sillón, seguía mandando destellos intermitentes.
Supuse que aquel teléfono habría sido dejado en aquella habitación olvidado por alguno de los del local. Pero naturalmente, después de saber que se trataba de un teléfono, un cúmulo de preguntas y pensamientos se me amontonó en la mente.
Este móvil es de alguien, por supuesto. Alguien ha tenido que dejárselo. ¿Cómo se lo deja ahí, en el sillón ese que está tan lleno de mierda? Igual se ha sentado y se le habrá caído. No creo que se haya sentado ahí. ¿Quién iba a sentarse ahí? No recuerdo que nadie se haya sentado últimamente ahí. Ni siquiera la perra. Bueno, quizá se haya sentado alguien. Me extraña, pero quién sabe. Digo yo que la luz será porque alguien le ha llamado. Claro, es el aviso de que tiene una llamada perdida. O un mensaje. No, es una llamada perdida. No me suena este móvil ¿a quién diablos se le habrá olvidado aquí? ¿Dónde tendría la cabeza ese muchacho para dejarse el móvil aquí? Esta habitación no es el lugar más indicado para olvidar algo. Pero por otra parte, cuando uno olvida algo no escoge el lugar donde hacerlo, si no, no sería un olvido. ¡Pero olvidarlo aquí, en este cuartucho! Voy a llamarme para ver si tengo el número y así sabré de quién es.
Agarré el teléfono, marqué mi número y ningún nombre apareció en la pantalla de mi móvil, sólo los nueve dígitos estáticos, como en formación militar. Estaba claro que no tenía registrado aquel número.
Empecé a curiosear el teléfono buscando algún nombre conocido. No es que pretendiera cotillear, sólo que en la situación en la que me encontraba, me veía con todo el derecho del mundo para husmear e intentar descubrir quién era el dueño del teléfono. Se supone que si localizaba al propietario, éste se pondría contentísimo.
Buscaba casi con testarudez, y estando así me hubiera parecido raro no conocer ningún nombre dentro de su guía de registro, pero lo que me pareció verdaderamente raro fue que no tenía ningún nombre guardado en la lista, ni en llamadas recibidas, ni en enviadas, ni en nada, no había ni un solo número: el móvil no presentaba ningún rastro de haber sido usado, y el teléfono no tenía pinta de nuevo. Vamos, de nuevo sí que no tenía nada. Abrí el mensaje de aviso de llamada perdida y marqué, sin pensármelo dos veces, el número que aparecía. Si alguien ha llamado a este teléfono será porque emisor y receptor se conocen, ¿no?
Sí, ¿quién es?
Hola, me llamo Pascual. He encontrado este móvil en un local que tengo compartido con unos amigos y he supuesto que alguno de ellos se habría dejado el teléfono aquí. Como no tengo ni idea de quién puede ser su dueño y viendo que tenía una llamada perdida me he tomado la libertad de llamarte para que me dijeras tú de quién es el teléfono y así, poder devolverlo… ¿Hola? Tu.tu.tu.
Había colgado. Una voz masculina, quienquiera que fuera me había colgado. O bueno, venga, no pienses mal, me dije, tal vez no me ha colgado, tal vez se ha quedado sin batería y por eso se ha cortado la comunicación. Volví a llamar. Bien, daba línea. Eso significaba, por lo tanto, que persistían todas las posibilidades formuladas: una, no se había quedado sin batería, dos, ya había puesto a cargar el teléfono o tres, en efecto como había supuesto en un principio, sí me había colgado. Esta vez no contestaron. Volví a llamar y volví a llamar. Nadie contestó.
Desistí de llamar otra vez porque ello no me conducía a nada y además, notaba que me estaba mareando. Me proponía a marcharme a casa y a llevarme el móvil del desconocido conmigo. Otro día preguntaría a los del local. Pero de repente el teléfono empezó a sonar. Era el número. Era el mismo número. Bien, estaba llamándome. Tomé aire y el mareo pareció desaparecer momentáneamente.
¿Sí? ¿Hola?
Hola Pascual.
¿Cómo? ¿Me conoces?
Bueno, me has dicho tu nombre. Antes me has llamado y has dicho tu nombre. ¿No?
Sí, sí, claro. Pero me refería…, nada, olvídalo. Te he llamado porque no sé de quién es este teléfono. Y pretendía devolverlo porque supongo que es de algún colega. Y supongo que se lo ha debido olvidar. Y, pues eso.
Sí, sí, ya sé, te oí decir todo eso antes. Pero yo no conozco a ese alguien.
¿Perdona?
Sí, bueno, digo que yo no conozco a tu colega. Yo no sé de quién es el móvil. Yo no he llamado a ese número.
¡Pero si he visto la llamada perdida! Por eso he llamado.
Pues yo no he llamado. Bueno, y además, a mí este número no me suena de nada.
¿Y por qué me has llamado entonces tú?
Bueno, pues porque me ha parecido muy extraño lo que me has contado y a la vez interesante.
¿Puede ser que alguien a tu lado haya llamado?
No, estoy solo.
¿Solo?
Sí, estoy solo. Bueno, estoy trabajando.
Tal vez tuvieras desbloqueado el teléfono y al azar se ha marcado este número. A veces pasa, se desbloquea y se marcan números al chocar con cualquier cosa.
Ja,ja me gusta esa hipótesis, pero el móvil lo tengo sobre la mesa de mi escritorio desde hace horas y a no ser, que todo es posible claro, bueno, como digo, a no ser que el azar fuera un ente invisible y trasmitiese por ondas sus intenciones nadie ha podido marcar ese número.
¿No ha podido ser, no sé, algún compañero de trabajo que por gastarte una broma ha marcado una serie de números que han coincidido con el número de este cacharro? Es que me parece muy raro que aparezca tu número y nadie lo haya marcado. ¿No crees?
Sí, bueno, a mí también me parece raro. Pero bueno, yo no he llamado. Llevo horas metido en el trabajo. Estoy en mi casa, así que, como comprenderás, tengo muy seguro que estoy solo.
Vaya. ¿Trabajas en tu casa?
Sí, soy escritor.
Hum, qué guay. ¿Estabas escribiendo ahora?
Sí, bueno, aquí estamos. A ver si la imaginación me echa una mano.
¿Sobre qué estás escribiendo? ¿Es una novela?
Sí, bueno, es una novela. Trata sobre un músico que está a punto de cumplir los setenta años, en constante declive popular desde hace mucho tiempo, olvidado por la crítica, con una fuerte crisis de creatividad, algo desubicado de la escena actual y que busca, desde una perspectiva espiritual, la construcción de un nuevo instrumento musical; el detonante de tal propósito es un sueño que se le viene repitiendo una y otra vez desde hace años. En el sueño, él está deambulando por un inmenso bosque, totalmente perdido y sin, en apariencia, saber cómo ha llegado hasta allí. No tiene la más mínima idea de dónde se halla, tampoco reconoce el bosque y por ello, no sabe cómo volver a su hogar. Y bueno, como si hubiera estado sumergido en el agua toda la vida, y como si de repente acabara de sacar la cabeza a la superficie, sus oídos parecen poder escuchar cualquier mínimo sonido por muy insignificante que sea. Es capaz de escuchar todo, incluso a las raíces penetrar en el subsuelo. Ante tal descubrimiento, atónito, no hace otra cosa que, como si fuera un niño rodeado de juguetes, prestar atención a todo su alrededor, y de entre todo ese embrollo de rumores y ecos que le rodean, siente una dócil melodía, la cual parece proceder de algún lugar cercano. Es un sonido jamás escuchado por él. Algo en su interior le dice que ese sonido no es humano. No pertenece a los humanos. Y bueno, como el cazador que persigue a una presa, va tras la melodía. Resulta que hasta que consigue dar con el lugar, su oído se le ha ido perfeccionando tanto que es capaz de escuchar incluso el rumor del lejano mar. Y bueno, al final se topa con el lugar del cual procede ese sonido: que no es otro que el interior de una sima. Hipnotizado y seducido se asoma al abismo, y permanece así, embelesado, escuchando el extraño sonido. De repente alguien o algo le empujan por detrás y cae al vacío. A un vacío de esos eternos, de esos de los sueños que por más que lo intentas no consigues agarrarte a nada. Cae y cae. Igual que el agua de una cascada. Y bueno, como cree que va a estar cayendo así eternamente, cierra los ojos. Ya sabes, por eso de ojos que no ven... Y entonces, claro, así, sin ver nada, se siente como si estuviera en la más absoluta serenidad. Sin embargo un tremendo golpe en la cabeza rompe esa mágica paz y pierde el conocimiento. Cuando vuelve en sí se ve tirado sobre el suelo, apoyado a una roca, en el interior de lo que a él le parece una enorme cueva. Mira a su alrededor y se ve rodeado de enormes hormigas. Tan grandes como él. El músico, aterrado, intenta gritar pero sólo es capaz de emitir un sonido que le recuerda al corcho cuando lo frotas contra otro corcho. Mira hacia arriba y ve, allá en lo alto, la entrada de la sima por donde había caído. Comienza a subir por las paredes con una agilidad que le sorprende. Trepa y trepa. Asciende y asciende y además lo hace de forma rápida. Sube como lo harían las hormigas y entonces, sobrecogido, se mira las extremidades primero, después el resto del cuerpo y comprueba que todo él es una hormiga. Se ha convertido en una hormiga. Despavorido escala veloz hasta la superficie. Al salir de aquel agujero, extasiado y ya en la superficie, se encuentra con un gigante que, sentado en el suelo, toca un insólito instrumento. El instrumento es una especie de enorme percha. La parte superior del instrumento es algo parecido a un arco, del tamaño de un volante, del cual salen tensas, infinitas y minúsculas cuerdas; éstas están ordenadas y agarradas a la parte inferior de la percha en lo que podría pasar muy bien por un plato o por un disco. El supuesto plato está sujeto por los pies y el arco queda a la altura de la cabeza. El gigante golpea las cuerdas como si fuera las de un arpa, pero además, lo hace ascendiendo y descendiendo con sus manos a lo largo de las cuerdas como si tañera campanas. Ese instrumento es el que emite el extraño sonido, el que antes le había embrujado. Conforme se acerca al gigante siente que su cuerpo se le va transformando de nuevo en humano y, a su vez, el gigante va menguando. Ya no le parece tan gigante. Poco a poco el músico va dándose cuenta de que ya no tiene cuerpo de hormiga, vuelve a ser el humano que siempre ha sido. Y bueno, en cuanto recobra su normal apariencia, el gigante que tocaba el instrumento desaparece de donde se encontraba, se ha esfumado haciéndose extremadamente pequeño, casi microscópico. Él, el músico, de nuevo, como al principio del sueño, vuelve a verse totalmente solo en la inmensidad del bosque. De nuevo perdido, como un indefenso cachorro rechazado por su manada. Si bien esta vez sus manos sostienen el instrumento que llevaba el gigante. Aquella siniestra percha. Y bueno, ese es el sueño que le aturde. El músico cree que hay una relación entre su falta de creatividad y el sueño. Así que decide emplear todo su esfuerzo en construir un instrumento igual al del sueño. Se obstina en la idea de que, además de ser un instrumento polifónico, su sonido debe tener el poder de atraer a las hormigas. Y bueno, se aísla del mundano ruido, como suele decirse. Compra un viejo cobertizo en un bosque lejos de su hogar y deja la ciudad. Abandona a su esposa y a sus hijos, por supuesto. Se dirige al bosque. Allí adentro se entrega al ascetismo. Y bueno, para lograr su objetivo pretende estar, el tiempo que sea necesario, sin el menor contacto humano. Él considera imprescindible que su cuerpo se acostumbre a no escuchar a los humanos, y, lo más importante, a prestar atención a los sonidos de la naturaleza. Pretende revivir el extraño sueño. Y bueno, ocurre que estando allí comienza a sufrir alucinaciones, extrañas alucinaciones, y esas alucinaciones llegan siempre los días de luna nueva cuando cae la noche; siempre tienen un denominador común: una especie de hombre (él cree que es su propio padre) se le aparece en el cobertizo, se sienta en la mesa junto a él, como lo haría un amigo, y le recuerda cosas del pasado. Cosas que tenía totalmente olvidadas y que van volviendo a su recuerdo igual que si estuviera viendo una película. Y bueno, ya no te cuento más que sino ni comprarás el libro ni lo leerás.
Joder, tío. Cuéntame más.
Nooo, que no comprarás el libro. Además, no lo he acabado y estoy pensando introducir aspectos psicológicos, psiquiátricos mejor dicho, aspectos del tipo, cómo decirlo, bueno, digamos que algo relacionado con los abusos del L.S.D.
¿Como si el viejo hubiera tomado L.S.D. en su juventud?
Exacto. Bueno, en realidad el tipo ha tomado L.S.D. en su juventud. Quisiera transmitir la historia de las alucinaciones como un…tu.tu.tu.
¿Hola? ¿Hola? ¿Estás ahí?
¿Qué diablos pasaba? ¿Se había cortado la comunicación? Miré el móvil del desconocido. Estaba apagado. Esta vez no había colgado. Esta vez lo que había pasado era que el móvil se había quedado sin batería. El misterioso móvil se quedó sin batería. Mierda. Tenía tantas ganas de seguir escuchándole. Joder. Joder. Me estaba enfadando por momentos. ¿Por qué se gastarán las baterías?
Lo peor de todo es que no recordaba el número del escritor. Ni siquiera había preguntado por su nombre. ¿Por qué no le has preguntado el nombre? me recriminaba.
Tuve una idea.
Esperanzado pero a la vez cabreado, desmonté el aparato, extraje la tarjeta SIM. Desmonté mi teléfono móvil, extraje mi tarjeta SIM y puse la del otro móvil en mi teléfono. Mierda. No sé el PIN.
Me dejé caer, resignado, sobre uno de los sillones. Sí, ya sé. Están tan sucios que dan asco, pero me daba exactamente lo mismo. Me sentía desanimado.
Sentado, volví a poner mi tarjeta SIM en mi móvil. Lo encendí, marqué mi PIN y la musiquita de encendido se paseó por la habitación como si fuera un gas repugnante. Cogí el móvil del desconocido, miré las paredes, los amplificadores, las botellas de cerveza con el líquido lleno de colillas y las otras cosas, el sillón donde descansaba mi cuerpo, mi mano sosteniendo el extraño móvil. Me pareció la mano de un extraño. La observé atentamente, siguiendo cada uno de sus dedos, imaginando cómo fluía la sangre por el interior de sus venas, mirando, como jamás lo había hecho, las arrugas de los nudillos, las uñas. Era la primera vez que veía mi mano tan diferente. ¿Era en realidad mi mano?
Comencé a sentir náuseas. Las paredes de la habitación empezaban a dar vueltas alrededor mía, o mejor sería decir que notaba cómo yo daba vueltas alrededor de la habitación. Quizá, pensé, me haya convertido en un satélite y estoy siendo atraído por la gravedad del gran planeta en que se ha convertido la habitación, y quizás ambos formamos un universo independiente dentro del vasto universo. Y quizás en ese universo sólo existamos, condenados a girar para toda la vida alrededor de la habitación, mi mano, el teléfono móvil y yo.
Estando así, todo lo que estaba a mi vista se tornó oscuro y me desmayé.
Recuperé la conciencia gracias a mi móvil, cuyo tono sonaba sin parar. Parecía que cien niños estaban chillando a mi lado con el objetivo de despertarme. Al principio, con la confusión del semidormido, creí que se trataba del despertador, pero conforme el tono iba aumentando y yo despertándome, supe diferenciar la musiquita de la llamada de la otra del despertador.
Carmen me estaba llamando.
Contesté. Estaba preocupada o casi desesperada. Había estado, durante horas, intentando en vano contactar conmigo.
En efecto, tenía diez llamadas perdidas. No sólo de ella. De mis padres, de mis amigos, incluso una de mi hermano. Todos estaban intranquilos.
Comencé a contarle por encima lo ocurrido y mientras le hablaba descubrí, estupefacto, que el móvil del desconocido no estaba. Había desaparecido. No estaba por ninguna parte. La habitación se hallaba igual de desordenada. Los cacharros esparcidos por doquier y la suciedad, junto a las arañas, campando a sus anchas. Pero ni rastro del móvil.
Por un momento dudé de mí, y estuve a punto de pensar que me había dormido en el sillón y que todo había sido un sueño. Incluso así se lo hice saber a Carmen. Aunque ella sí creyó mi historia. Colgué tras decirle que en cuanto llegara a casa la llamaría y avisé a mis padres para tranquilizarlos.
Me sentía agarrotado así que estiré los brazos y me dispuse para marchar. Antes de apagar la luz de la habitación eché un último vistazo. Ni huella del móvil.
Apagué la luz, descendí las empinadas escaleras. Salí al exterior y la Eto permanecía sentada junto al ailanto, inmóvil como una de esas estatuas egipcias. Cerré la puerta y atravesé los cuarenta y ocho asquerosos metros cuadrados sin percatarme de las cacas de la perra. Cerré el candado de la verja y eché a andar camino de casa. La noche se había vuelto fría y muy oscura. Miré al cielo y en él, las estrellas brillaban con el parpadeo de la purpurina. No había luna. De inmediato me vino a la memoria la historia del escritor.
Aunque me costaba admitirlo, me rondaba la idea de que existía similitud entre lo que pasaba en su novela y lo que me había pasado a mí. Al igual que el músico de su historia, también yo había tenido alucinaciones. También una noche de luna nueva.
Le daba vueltas a la situación y encontraba coherencia entre el cobertizo del bosque y el local de ensayo. No sólo por los hierbajos, sino por el aislamiento que acababa de sufrir. Encontraba, también, coherencia en la aparición. Yo no había visto a nadie, es cierto, sin embargo sí había estado hablando con alguien, y eso también era cierto.
La diferencia con el músico de la novela radicaba en que, quienquiera que fuese el que se le aparecía en el cobertizo, le recordaba cosas que, por lo visto, el músico ya había vivido pero que, por lo que sea, las tenía totalmente olvidadas; y en mi aparición, tan vívida supongo como la que sufre el músico, el escritor no me había recordado nada. Al menos nada que me hubiera pasado. No, nada de eso me había pasado. Ni siquiera un sueño similar.
Un momento. Me quedé quieto sin querer dar verosimilitud a las cavilaciones que rumiaban y rumiaban por mi cabeza y que devoraban, igual que lo haría un millón de gusanos, cualquier respuesta lógica. ¿Es posible que acabara de sufrir un salto temporal? ¿Habría visitado mi futuro? ¿Es posible que no me hayan contado mi pasado, sino mi futuro? ¿O tal vez no mi futuro, sino el futuro de otro? ¿Alguien que conozco?
A ver, piensa, me decía. Solemos sacar conclusiones de nuestras propias experiencias. Así preparamos y también soportamos nuestro destino, ¿no? Bueno, no solo con nuestras experiencias, también con las ajenas. Igualmente las experiencias nos preparan para asumir y digerir los posibles accidentes. Incluso los más fatales.
¿Qué son las experiencias? me pregunté mientras iba camino de casa. Todo aquello que hemos visto, hemos conocido y hemos sufrido; es decir, todo aquello que ha pasado, respondí mentalmente. Y ¿qué ocurre si lo que ha pasado no sabemos con certeza si ha pasado? ¿Es una experiencia?
Mientras reflexionaba sobre todo esto, caminaba tranquilamente hacia casa. Como si no me hubiera sucedido nada. Las calles estaban desiertas. No se oía ni el mínimo rumor. La noche había dejado helados todos los edificios y éstos parecían expulsar un vaho fantasmal. Una cuadrilla de perros cruzó ante mí. Los seguí con mi vista y me acordé de la Eto. Tal vez esté demasiado mayor para ese tipo de aventuras.
Cuando llegué a mi destino me pareció que había alcanzado el portal de mi casa más pronto de lo normal. Al estar caminando entre divagaciones, el paseo se me ha hecho corto, pensé. Abrí la puerta, pulsé al ascensor. Subí. Entré a casa y mis padres, preocupados como no podía ser de otro modo, me preguntaron qué me había pasado. Les dije que había ido al local y que allí había coincidido con Alberto. Estábamos tocando y claro, por eso no he oído las llamadas, fingí. Se lo creyeron porque eso me suele suceder con normalidad.
Me lavé la cara, los dientes, meé, me puse el pijama y me metí en la cama. No tenía ni pizca de hambre.
Llamé a Carmen y hablamos un ratito de nuestras cosas. Apenas sacamos el tema. Era innecesario retomarlo. Había pasado y ya está. Nos dijimos buenas noches y cada uno intentó descansar.
Por supuesto, sabía que iba a costarme dormir. Decidí encender el tocadiscos y puse el disco de los Byrds. Cuando llegó la canción My Back Pages volví a hacerme aquella pregunta de antes: ¿qué ocurre si lo que ha pasado no sabemos con certeza si ha pasado? ¿Es una experiencia?
El disco sonaba y los recuerdos de la extraña aventura se reproducían ante mí a trazos, como si de diapositivas se tratara. La duda de si me había pasado aquello anulaba las posibilidades de entender lo ocurrido, así que llegado a este punto concluí que mi experiencia existió pero era inexplicable. Si había visitado el futuro, ya fuera el mío o el de otro, sólo podría saberlo cuando llegara ese momento, no antes. Y cuando llegara ese momento, si llegaba, no tendría de qué preocuparme puesto que sabría con absoluta seguridad lo que iba a suceder. ¿Acaso no me lo habían contado ya? Y si se diera esa situación, una cosa tendría muy clara: yo no pertenecería al mundo de los humanos, ni al mundo de las hormigas, tampoco al mundo de los sueños. Pertenecería al mundo de las historias. Y significaría que he estado durante todo este tiempo existiendo, tal vez dormido, sólo en la mente de alguien.