miércoles, 29 de agosto de 2007

Veranidas y venideas: La confesión de un hipócrita


La verdad es que es difícil ponerse a escribir después de las vacaciones. Bueno, difícil difícil no es, dejémoslo en que cuesta más de lo normal; que ya de por sí, no es poco. Cada año –y más cuanto mayor es uno- sentimos que el verano, además de ser una época letárgica, es un momento (si me permitís unir todo el tiempo en un instante) senescente. Anualmente, con el estío, morimos o se nos muere algo. Pero poco a poco y no del todo, claro. Nos ocurre como a las plantas: después del arrogante y bello fulgor primaveral que es la flor, nos volvemos condescendientes y nos dejamos seducir, confiados, por la falsa novedad que es el fruto. ¡Ay, fuera siempre primavera! Qué le vamos a hacer, sólo podemos continuar, así que sigamos pues. Lo que se me ha muerto a mí con el último calor es la complicidad que sentía hacia el pensamiento de cierta gente. O mejor dicho, hacia la intención –enfatizo intención- de ciertas críticas que leía, y que antes consideraba fabulosas – sin ninguna intención lo de “fabulosas”, eh-, simplemente porque, con mucho descaro y poca retórica, sacudían sin piedad a diestro y siniestro, acentuando la hipocresía humana con enormes tildes irónicas. Me encantaba descubrir que existía por ahí alguien que, con el mismo fondo, daba forma a esos ácidos y crueles comentarios que, al abrigo del vino, más de una vez habíamos expresado entre amigos. Creer que tus inconformidades y descontentos coinciden intelectualmente con escritores, filósofos o pensadores que, día sí y día también, llenan los periódicos, o libros, de parrafadas bienintencionadas, reafirma tus idearios. Pensaba yo, y erraba, porque creer, de sobra sabemos, es lo mismo que dudar. De repente, instantáneamente, igual que aparecen las ideas, me di cuenta de lo equivocado que había estado todo el tiempo. Sí, sí, pero muy equivocado. Este verano ha muerto, y no sé si resucitará, mi simpatía hacia esos postulados y, he de decirlo, un poco, también, mi simpatía hacia esos postuladores. Primero porque estar de acuerdo no es lo mismo que coincidir. Aunque lo pueda parecer. Y estar de acuerdo en algo con alguien es lo más normal del mundo ya sea en gusto – bueno o malo-, ya sea en ideas – buenas o malas-. Segundo porque, si al menos esa coincidencia fuera dada en el campo del arte, esto es, que, por ejemplo, algún músico relevante (paso de poner “famoso”) compusiera una melodía que había sido imaginada anteriormente por mí, coincidiendo la tonalidad, la armonía, el compás y el tiempo, pues sí, coincidir en eso sí que sería la leche y entonces sí se reafirmaría cualquier idea por inestable que me pudiera parecer. Aunque sinceramente creo que lo callaría, no sea que me tomaran por loco o quién sabe si por plagiador. En fin, a lo que voy, que he caído en la cuenta que coincidir con el pensamiento es algo muy complicado o casi imposible, porque el pensamiento jamás es espontáneo, y si no hay espontaneidad nunca habrá coincidencia, sólo similitud y construida a base de mucha reflexión. Y además, ya que esas supuestas coincidencias solían producirse cuando se remarcaban las acciones hipócritas de los demás, tengo que decir que todos, en lo que sí coincidimos es que, en más de una vez, somos algo hipócritas. Porque la hipocresía -en poca cantidad, claro- es como la orina, que nuestro control sobre ella se relaja si a nuestro alrededor escuchamos o vemos un chorrito salpicando. Y ya que comparo a la hipocresía con las gotitas de meada que todos soltamos involuntariamente, formulo lo siguiente: los que alguna vez han hablado de la hipocresía ajena, ¿acaso no lo han hecho actuando de forma ventajista? Si la están señalando es porque sin duda la conocen. ¿O no? ¿No será que revienta verse igual a los demás y saber que se es como el resto de la gente? Gente que, por ninguna razón noble, se le ha considerado inferior ética e intelectualmente. Y, claro, eso de verse igual que ellos, igual que los parias, igual que quienes no gozan de las ventajas de la intelectualidad, es insoportable; ¿verdad? No soportan verse iguales que esos a quienes desprecian, y por esa razón detestan la hipocresía ajena y hablan tanto de la hipocresía ajena: porque los autoproclamados intelectuales son los verdaderos Hipócritas. Hipócritas que ornamentan sus cavilaciones sociológicas con cinismo bien disimulado. Y por eso mismo, a día de hoy, prefiero el pensamiento de un sincero hipócrita al de un cínico ventajista. Y es que como dice mi tía Mila, el mundo está escaso de entendidos y cargado de enterados y éstos últimos son los primeros en diferenciar y señalar en voz alta -o con buena letra- los defectos de los demás. Y ahora si me disculpáis, voy al servicio que llevo la vejiga a tope y no quiero mearme encima.