viernes, 6 de julio de 2007

SUNSET BULEVAR



José María Rey, ex-director del programa "El Bulevar"


Existen diferencias de aparente poca trascendencia entre la interpretación intelectual de País y la de Estado. A priori, y principalmente, todos argumentamos el término Estado - y ahí se suele acabar el desafío dialéctico- con la expresión de: administración o gestión de un conjunto de individuos determinados por intereses comunes –los intereses casi siempre son económicos, pero eso, lástima para la discusión, es otro cantar-. Y en relación al País (prefiero dejar apartado el término Nación), también a priori, decimos que viene determinado por ése mismo conjunto de individuos e intereses pero – y aquí comienza la eterna batalla dialéctica - sujetos a unas firmes condiciones antropológicas, que no obstante, son de discutible objetividad ética: el territorio, el uso lingüístico, la raza, la religión, la sangre, el apellido, las conquistas, las invasiones, etc. Ejemplificándolo a mi modo de ver y procurando no ser superficial, el Estado es una comunidad de vecinos; el País, los diferentes vecinos. No voy a entrar en el juego de dar opiniones o refutar las que conozco, pero sí diré que si los vecinos se llevan bien y dejan de lado sus rencillas, la comunidad funcionará perfectamente; si no, el edificio estará siempre ruinoso, parecerá que se va a caer antes o después, y entonces sálvese quien pueda –condición, también antropológica y así mismo, de discutible objetividad ética-. Se puede decir que no es cuestión de preferir o aceptar una u otra interpretación sino de asumir las carencias que ambas tienen por sí solas. Y que así como un edificio mostrará su esplendor y solidez cuando todos los vecinos acuerden mejoras y cambios en una misma dirección, un Estado presumiría de estabilidad si todos los Países que lo componen aunaran sus esfuerzos. Todo esto viene a cuento de qué, diréis. Pues a que los que presiden nuestra comunidad de vecinos han decidido prescindir, arbitrariamente, de algo que es propiedad de los vecinos y es más una cuestión de País que de Estado: la regulación de RNE y en especial de Radio 3. Puede ser que las razones que manejen (renovación, reforma, paso a los jóvenes) tengan un peso razonable y eficaz dentro de las intenciones gubernamentales (el Estado), pero olvidan que la radio, como medio de comunicación que es, precisa por igual de un emisor que de un receptor, y ese receptor es el País. Y siendo la radio pública como hasta el momento es, o sea, pagada por Todos los Vecinos, podrían muy bien haber tenido en cuenta nuestra disposición y opinión ante su, seguramente, eficiente maniobra; es decir, podrían haber dejado que los oyentes (el País), que sin ninguna duda somos parte implicada, dijésemos algo al respecto. Posiblemente muchos estábamos un poco hartos o cansados de escuchar la voz de, entre otros, Ordovás, Iñaki Peña o José María Rey (yo de éste NO) y los aires nuevos, como dicen, siempre sientan bien, pero es curioso, insólito y la leche que a partir de los cincuenta años uno no sea válido para poner y hablar de música - ¡con lo que saben!-. Bien mirao, ya quisiera yo que este tipo de regulaciones laborales llegaran a todos los estamentos del Estado. Empezaría por los políticos, por supuesto: a partir de los cincuenta que se les acabase el chollo, ¿no? Digo yo que si la labor de amenizar notablemente con música a un país es complicada a partir de ésta edad, mucho más deberá ser garantizar las expectativas sociales de ese mismo país, sobre todo si ellas recaen en su mayoría en la inquietud de los jóvenes. Y qué me decís de los jueces. No estaría mal que le dieran el pasaporte a más de uno; así, posiblemente, algún joven juez de los que entrarían, dictaría sentencias controvertidas para los moralistas y sacaría a debate ciertos temas que tanto asustan a nuestros dirigentes cuando toca tratarlos. ¿Y los médicos de la Seguridad Social? Algunos están más para echar la partidita al dominó que para relacionarse con los pacientes. Pero claro, ahí no hacen regulación de tal índole. Ahí ni se atreven a mencionarla. ¿Por qué? Pues porque los grupos que acabo de señalar están muy comprometidos con su gremio y existe entre ellos mucha camaradería profesional, tanta, que si les da por protestar actuaciones que vayan dirigidas hacia sus intereses, se convierten de inmediato en incómodos desestabilizadores del Estado. ¡Ja! en almorranas de los mandamases, es en eso en lo que se convierten. Y la presión popular es, junto a la rectal, la que peor llevan los capitostes del Estado. Pero el periodismo. ¡Ay el periodismo! Se ha hecho tan dependiente de los poderosos que sus profesionales apenas alzan la voz cuando el patrón ejerce su función y hace y deshace a su antojo. La mayor parte de la dignidad de Radio 3 no sólo está localizada en haber sabido situarse, gracias a su alto nivel músico-cultural, a la cabeza de la vanguardia radiofónica, no, también tiene su status gracias a no haber fijado como objetivo prioritario los beneficios económicos a final de año. Y es por eso por lo que pertenece al País y no al Estado. Son los vecinos los que han construido y mantienen el jardín donde pasean y divierten y no mejorará por mucho que el capricho jactancioso del presidente de la comunidad así lo pretenda. Sólo los vecinos lo lograrán. Sólo el País lo logrará. Así que aquí os invito a que, al menos por una vez, nos sintamos parte del País más que del Estado y como vecinos, recordemos a quienes han logrado que en España tengamos una de las mejores radio pública de Europa: Radio 3.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

ya no hacen el bulevar??

Alberto dijo...

Pascual, una crítica constructiva:

Muchos de los temas que comentas son interesantes, pero usas un lenguaje tan enrevesado que da pereza leerte antes de llegar a la mitad del artículo.

Con un lenguaje más directo quedarías menos pedante y se captaría mejor el mensaje, la idea que quieres transmitir.

No me refiero a que utilices el lenguaje callejero. Pero todo suena rimbombante -¿y he dicho pedante también?-.

Maria dijo...

hay veces que utilizar un lenguaje sencillo ayuda a entender ciertas cosas... otras veces es necesario que sea el propio lenguaje quien nos haga prestar atención a lo que se dice