miércoles, 20 de junio de 2007

Los Tiempos están cambiando


Cuando se es adolescente, la mente, a modo de CPU, almacena todo lo que ve, lee y escucha con la intención de, ante los demás, desautorizar o reafirmar aquello que simplemente le llama muchísimo la atención - más por amor propio que por convicción- y en vez de ayudar a separarnos de la falsa madurez y mantenernos en la cómoda infancia, nos relega a un estado de vulnerabilidad pasional. De sobra sabemos que el espíritu activa un mecanismo para -sólo a sí mismo- parecer maduro, fuerte y de ideas extremadamente firmes, pero la realidad es que te ves sobrepasando el ridículo de forma muy cómica la mayoría de las veces que te imaginas puramente auténtico. Eso me pasó a mí cuando ni siquiera tenía trece años. Corría el año 1985, calzaba booguies y me tiraba casi media hora frente al espejo lacando mi pequeño tupé. Nunca supe de verdad si parecía un punk-rocker o un barbilampiño disfrazado de Elvis preparando la fiesta de fin de curso. Me daba igual. Lo que pensara todo el mundo no me importaba y ahí fue donde creo que empezó a formarse mi temperamento indiferente. Bueno, también, por supuesto, a costa de endurecer mi sentido del ridículo, pero es que muchas veces la indiferencia es una forma de combatir la propia comicidad; y adolescencia y ridiculismo deberían ser, obligatoriamente, sinónimos. Recuerdo que de entre mis compañeros de clase a unos les daba por querer ser delegado y en un futuro abogados o médicos; a otros ya se les determinaban los complejos que han constituido gran parte de su mezquindad o acritud adultas; también existíamos, aunque sólo unos pocos, los que queríamos ser estrellas del rock y aquello nos hacía sentirnos, sobre todo ante las chicas, mejores que los delegados y los acomplejados. Sólo eran expectativas infantiles, vale, pero estaban llenas de ilusión y sueños; y además ha de añadirse a este cóctel fantasioso la llegada de nuevos amigos a los que también les habían inoculado la misma desfachatez. Todo eso hizo que nos convirtiéramos en un espejismo de, a partes iguales, imbéciles e invencibles. Típico de la adolescencia, vamos. Por entonces una de las canciones que me sabía al dedillo, mejor que los nombres de los ríos españoles era Las sombras del autocine de Sabino Méndez. Interpretada por “Loquillo y Trogloditas”. Gracias a esa canción descubrí a Buddy Holly, pero lo indico aquí porque se grabaron en mi impulsivo corazón frases como “…todas las luces son verdes hoy, y de aquí al infinito” o esta otra de “…quise correr y no pude, esta noche ya no hay tiempo”. Hablaban del anhelo de libertad y de la imposibilidad que muchas veces, más tarde lo supe, existe para alcanzarla. Pero nos sentíamos poderosos por haber elegido el camino del rock. Veíamos por la tele lo que acontecía en Madrid con la movida y se establecía en nuestro ideario de ensueño un futuro lleno de coches lujosos, noches de desenfreno, chicas que histéricas gritaban y deseaban acostarse con nosotros, cuerpos delgados, drogados y blanquecinos enfundados a la última moda, nuestra moda. ¿Cómo quedarse fuera de tan tentadora actitud si aquello era lo que deseabas con demoledor fervor? Imposible. Estábamos en ese estado que mencionaba antes de vulnerabilidad pasional y es irreal no creer lo que imaginas. Emprendimos gustosos, por tanto, el camino de la autodestrucción y que consistía fundamentalmente en imitar lo que otros hacían o habían hecho, porque aquello era así, de obligado cumplimiento, era el bocado forzoso que todo artista debía dar a la manzana prohibida si quería, paradójicamente, entrar en el paraíso. Ellos ya lo habían hecho antes. Elvis, Little Richard, Jerry Lee Lewis, todos los bluesmen, todos los jazzmen...Ellos fueron los primeros, los pioneros, nuestros apóstoles, nuestros revolucionarios. No había Pedros, ni Juanes, ni Pablos, sólo, tal vez, algún Judas de los que siempre habrá. Tampoco había Maos, ni Ches, ni siquiera Kennedys de los que también siempre habrá... No era que quisieras arreglar el mundo, no; lo que querías era arreglar tu propio mundo. Diseñar tu futuro a ritmo de esas canciones que desvelaban aquella otra vida que nadie había osado mencionarte y que se abría precisa ante ti como una flor misteriosa llena de colores juveniles y aromas embriagadores donde todo iba a ser posible. Sí, todo, incluso el desfallecimiento y la decepción que es adivinar que la adultez iba a romper en mil irrecuperables pedazos aquella perfecta armonía inicial. Comenzabas a fumar no porque te gustara el tabaco, qué va; lo hacías porque Ellos lo hacían. Bebías porque emborracharte es el primer peaje a pagar en esa autopista sin límite de velocidad que es la autodestrucción. Las drogas (ilícitas) llegaron algo más tarde, llegaron cuando la mente había consolidado y fortalecido insulsamente la idea de resistencia y victoria junto a la de presunción y orgullo. ¡Qué placer tan profundo era saber que lo habías hecho! El efecto, en cambio, era lo anodino. Lo que importaba es que habías saltado al vacío y en la caída, aparentemente - que es lo primordial en esa edad- no te habías roto nada. Así se repetía cada fin de semana. Mezclábamos todo eso con la búsqueda adicional del ingrediente perfecto que sería el dulce cuerpo (o tal vez algo más) de la chica deseada. Así recibimos la década de los 90 y así continuamos hasta casi su finalización. Porque si el final de los 80 nos había marcado con la influencia anárquica y contestataria del punk –en España, como no podía ser de otra forma y para nuestra fortuna, con unos años de retraso- la entrada en escena –ahora sí a la vez que en el resto del mundo- del grunge, que en menor medida era continuista del punk, nos sacó de las barricadas desobedientes para situarnos involuntariamente en las trincheras de la contemplación pasiva y relajada de una vida llena de vicios, la nuestra. Fue en ese camino autodestructivo de contemplación cuando comprendí, por primera vez, que la poesía es la que iba a mostrarme la verdad de todo, de la misma forma que mitigaría crudamente su significado mediante el sufrimiento de la soledad. La soledad es terrible a cualquier edad, pero en la adolescencia es cruel, y sufrirla, una puta mierda. Pero de toda situación incómoda –y la soledad posiblemente es la mayor- uno debe sacar conclusiones positivas, al menos para intentar que ciertas situaciones no vuelvan a sucederle. Y cuando se tiene veinte años los errores pueden ayudarte igual que destrozarte, pero no hay que olvidar que queda todo por hacer, y ¿el margen de respuesta no es mucho mayor que si el error es cometido a los cincuenta? No voy a enumerar aquello que se sostenía débilmente en mi vida por aquellos años de los noventa –cada cual recordará las suyas-. Pero, como podéis imaginar, estaba pendiente del amor, atado al desencanto, a la desesperanza, al desasosiego y la zozobra. Mas en cambio, sí supe ver o comprender o tal vez simplemente recordar, aquellas situaciones que antes me habían desbordado la emoción y que, no obstante, estaban acompañadas de una buena dosis de sensatez. La música, las letras y la propia vida -mi vida y todo su alrededor como un universo único, claro-. ¡Vaya tres fuentes del entendimiento! Por un lado estaba la música -y su fuerza social- que me hizo vislumbrar que aunque imagines con ejemplos manifiestos algo que crees que podría llegar a pasar –ya sabéis, eso que dicen que es la política-, la calle y su expresión artística, rebelde y primitiva te sacude siempre con algo tan inesperado y espontáneo que sólo te queda hacer una cosa: disfrutar o huir. En un lugar conjunto a la música estaba, y sigue estando, la palabra y su mejor contenedor, los libros. ¿Cómo iba a ser de otra manera si fueron las metáforas de libertad que antes mencioné las que me descifraron el enigma de la vida? ¿Acaso no ahondan los poetas una y otra vez en el mismo objetivo? Si os dais cuenta es inevitable halagar las letras sin enunciar interrogantes, ¿a qué será debido? ¿A la búsqueda insaciable de respuestas? Y por último, como principal fuente, está la propia vida. El caos perfecto donde uno se enfada y se divierte a partes iguales. Y donde todavía está, y siempre estará, todo por hacer. Donde incluso la autodestrucción tiene su sentido porque es imperecedera y pertenece, mira por dónde, al vividor; también donde el adolescente siempre se encontrará desamparado y ansioso de ubicar sus intenciones con la única finalidad de sentirse parte de la gran manada que le rodea. Y el adulto lo que debe saber y entender es que siempre, como dijo Bob Dylan, Los tiempos están cambiando.

5 comentarios:

baron rojo dijo...

yo era jevi

Anónimo dijo...

ser jevi es como ser yonki

se es pasiempre

González dijo...

Qué cantidad de recuerdos que me has hecho evocar. Canciones mágicas, atuendos imposibles.. ésas hombreras. Una época en la que los cambios se sucedían tan rápido que ibas siempre corriendo para no perderte ni uno.

Me gustó tu reflexión.
Pero a mi la edad del pavo me duró hasta los 20 años, en fin.

Besos.

Elena

Anónimo dijo...

Elena, tú siempre has sido un poco pava, no hay mas que leer lo que escribes. Tu edad del pavo se está estirando demasiado, guapa.

baron rojo dijo...

el anonimo este era un acomplejao y no se ha hecho abogao, y ahora canto yo:

La biblia cuenta una historia
que un dios terrible dictó...

Hijos de Caín!!!

te sabes esa Elena?