
El pasado sábado charlaba con Carlos Zapater sobre los Adalides de la cultura; y aunque más bien he de decir que yo únicamente escuchaba sus endemoniadas protestas, no le sobraba, para nada, ningún sentido a su cabreo. No voy a profundizar sobre la charla ni tampoco entrar a detallarla (ronda lo superfluo) porque el hecho polémico es tan insignificante para vosotros como plausible para la lógica. Pero sí me quedé, de entre todo su circunloquio, con lo que él llamó adalides de la cultura y que en realidad no son otra cosa que arribistas de los que el mundo y en especial este país está rebosante. Gentes que necesitan halagarse intrínsecamente para, primero erigirse en defensores u opositores de un debate intrascendente para los demás, y segundo para creerse que su opinión enriquece y por lo tanto siempre enriquecerá lo opinado por ellos. Estos especímenes, de sobra lo sabéis, abundan en el mundillo de la opinión cultural. Si el crítico que en vez de arriesgarse a realizar su propia interpretación de la Realidad y que ha optado por el análisis (algunas veces acertado) de las interpretaciones ajenas no es más que alguien con complejo de artista, los arribistas no son más que gente con complejo de todo. No ya porque ansíen ser protagonistas de la cultura, no, qué va. Tan sólo lo hacen porque ansían inflamar su petulante ego y porque cuando se escuchan a sí mismos, la vanidad se les hincha como el buche de un palomo en celo.
Siempre se ha hablado, y con mucha razón, del peligro de institucionalizar la cultura. Sabemos el riesgo que corre el cine por gestionarse en su mayoría por la Administración, más en estos momentos que la nueva Ley obliga a exhibir una peli española por cada tres foráneas. También conocemos el peligro de que neoburgueses del tipo Ramoncín ejerzan de tutores de la difusión musical. Afortunadamente el teatro ha resbalado de las manos de éstos (los verdaderos piratas) porque el dinero que genera es ínfimo e irrisorio para la avaricia plutócrata. La pintura no corre peligro porque jamás sabremos bien cuál es su dimensión dentro del arte. Pero si, como vemos y sabemos, es delicado que la cultura se institucionalice peor es que la opinión sea expropiada por intelectualoides de postal que se acompañan de mendrugos (gracias Blanca por recuperarme esta palabra) y que creen que su función es tan necesaria en la cultura como lo es el agua en la vida. Sobre todo porque amparados en su ilusoria idea acabarán por infectar de banalidad lo que antes creímos talentoso. Pero, ¿algo a temer de ellos? Nada. Igual que sabemos distinguir el agua limpia del agua estancada por el hedor que desprende ésta última, sabemos y podremos distinguir la opinión rancia de los arribistas de la opinión acertada de la gente corriente. Porque les guste o no, la cultura y en especial el arte, no es relativo, más bien todo lo contrario: Eterno. Es por eso por lo que no pertenece ni al tiempo ni a los de su tiempo sino a quien sepa ver la característica extranatural que por ser arte posee.
1 comentarios:
Muy bueno el artículo. De verdad, muy bueno.
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