
Dicen que si el humano se ve solo, qué sé yo, tal vez perdido en el bosque, entregado al retiro, quizás convertido en solitario como el esteta que desea corregir la belleza propia más que la propia belleza, o prisionero de cualquier persona o sentimiento, dicen, como digo, que si se encuentra solo, lo terrenal, lo superfluo, lo material, desaparece de nosotros independientemente de que la naturaleza de uno sea bondadosa o malvada, piadosa o vengativa; y que es en ese estado, que casi podríamos llamar de vuelta a la inocencia, cuando la superstición se presenta convertida en advertencia sensorial, y que ni siquiera la erudición te libera del temor a la incertidumbre. Curioso. Aparecería para advertirnos de aquello que, aunque antes hubiéramos conocido, ahora estaríamos siendo testigos de ello in situ. Si lo piensas, es lógico. El peligro existe y éste trae consigo temor, que no veas si existe. Es normal que si las indicaciones previas al temor se repiten, uno concluya que dichas indicaciones son el propio peligro. ¡Y qué son las supersticiones si no indicaciones subjetivas del peligro!
Los niños no son supersticiosos. No lo son porque su temor y sabiduría aún son superficiales, entendiendo la superficialidad aquí como estado de pueril indiferencia. Están preparados para atravesar, si hiciera falta, un pasillo en llamas con sólo sentir la mano segura de sus padres y no se atisbaría en ellos vacilación alguna. Son el público idóneo para contar la más terrorífica de las historias a única condición de que no se la terminemos nunca o se la repitamos una y otra vez – ejemplar paradoja-. Pasarían por debajo de una escalera sin temor a que ésta se cayera. ¡Por qué habría de caerse si la ven apoyada a la pared! Antes deberían temer que se cayera la propia pared que parece no estar apoyada a nada. No entenderían que les dijésemos que no derramen la sal porque da mala suerte cuando nos ven tirar día sí y día también comida a la basura. Y qué me decís de los gatos negros. ¡Pero si por el momento no conocen los nombres de los colores! Lo que sí inquietará y/o divertirá al niño será ver cómo el adulto va a buscar desesperadamente algo de madera para tocarla, o cómo agarra una dedada de sal para lanzarla hacia atrás, o cómo acaricia tres veces seguidas los botones de su camisa para contrarrestar el mal agüero.
Está claro que los adultos, pues, somos los supersticiosos. Ya sea por ignorancia, costumbre o soledad, decidimos buscar en beneficio propio la intervención mágica de la naturaleza o la mediación divina. Y lo que también está claro es que los humanos, al igual que las hormigas, nos orientamos, con la cabeza gacha, siguiendo el sendero marcado por anteriores humanos y que cuando levantamos la cabeza y la mirada, también como las hormigas al despegar sus antenas del suelo, es cuando somos libres (aunque sólo un momento) de las exigencias del hormiguero y también es cuando, si tuviéramos valentía y nada que nos atara, podríamos marcar nuevos senderos.
7 comentarios:
Hay ocasiones en las que mi mente en coalición con las "tradiciones" intenta dictarme qué debo hacer en determinadas situaciones y en concreto aquellas relacionas con supersticiones: "No, no pases por ahi que te traerá mala suerte". En estos casos (como en muchos otros) lucho contra esas ideas que mi mente intenta imponerme (si la dejas fluir, tu mente que no para te puede volver loco), y me digo: "Que va! si la mala suerte predeterminada no existe! son solo paranoias de mi cerebro parlanchin..." No actuo regida por las supersticiones sino por lo que en cada momento creo conveniente hacer, una mezcla de intuición y sentido comun al actuar pero no supersticiones. Personalmene, no creo en ellas.
Yo, antes de entrar a esta página, me estiro de las orejas tres veces
...por si acaso.
Pascual, bonico, al final no se si la escalera apoya en la pared, si la pared apoya en la escalera, o si son “ las paranoias de mi cerebro parlanchin “ que no me dejan ver la magnitud de tu escrito.
Tranquila gallina, no cacarees tan alto que no hay magnitud ni esas cosas por ver; tampoco va a entrar la loba al gallinero (aunque te gustaría ¿eh?), pero en cualquier caso, no olvides colgarte una pata de pollo o una cresta de gallo para ahuyentar el mal fario. Y cuidado con las paredes, últimamente hablan por los codos sin ningún tipo de paranoia y te ven sola, sola te ven.
Querido-Pascual:
Sobre-las-supersticiones-le-confesaré-que-yo-no-creía-en-ellas-hasta-que-no-reenvié-uno-de-estos-correos-masivos-de-cadenas-tocapelotas-y-me-desapareció-la-barra-espaciadora-(quiero-pensar-que-por-casualidad).
A-los-gatos-negros-negros-no-les-tengo-miedo,solo-una-poquita-de-alergia..
Saludos-majico!!
Creo que el universo entero tiende al equilibrio, al mínimo esfuerzo. Desde el minúsculo punto de vista humano llegamos a pensar que las cosas que ocurren y nos afectan de forma incómoda, nos son enviadas por una fuerza oculta, desconocida, cuando en realidad nosotros mismos nos hemos colocado en el lugar oportuno para que nos afecten...y volviendo al equilibrio, siempre he pensado que la mala suerte no es más que el contrapunto a la buena suerte, a la que normalmente no damos tanto reconocimiento.gracias.
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