Los humanos, de lo que consideramos propio, hemos generado una defensa, en apariencia sutil y callada, más feroz que la defensa de lo verdaderamente propio. Lo que consideramos propio no es tangible por sí mismo, está en el interior de cada uno; libertad, derecho, amor, felicidad y ese largo etcétera que, indefinido físicamente, revela algo más fundamental que la individual existencia.
Puesto que la mencionada consideración no podemos verla ni tocarla, ni mucho menos comprarla en unos grandes almacenes, pretendemos alcanzarla, apropiándonos de ella, con el simple hecho de intuir su significado; y es al intuir su significado cuando le otorgamos indirectamente un rango superior a su inane condición: una especie de supraidea aparece entre los humanos para ordenar nuestro sentido en la vida, y dejando al margen el fondo y la forma de la supraidea, Todos percibimos Su esencia porque es humana, únicamente humana, y en consecuencia, propia.
Ocurre que en la defensa de lo que consideramos propio, de las supraideas, existe un ideal antagónico que de modo espontáneo aparece para convertirse en la única forma de afirmar lo intangible: es entonces cuando arremetemos feroces contra lo que consideramos enemigo de la supraidea. Así, nos creemos esclavos cuando advertimos que la Libertad no nos pertenece, sentimos Odio cuando nuestro Amor salta por los aires, “decretamos” una Obligación en el momento que alguien se “excede” en sus Derechos, y consolamos a nuestra Felicidad con la Tristeza o Miseria de los demás. Todos los días vemos que, gracias al ideal antagónico, somos capaces de mostrar indignación o vehemencia a la hora de defender términos como Paz, Democracia, Igualdad (lo que acabamos de definir como supraideas)… pero no usamos el mismo ímpetu cuando llega el momento de defender algo tan propio, o más, como puede ser el sostenimiento de los bosques, la caza indiscriminada de animales o el mantenimiento de los monumentos artísticos (estos términos son tangibles, infraideas, no necesitamos intuir su significado porque, realmente, los conocemos de sobra, y por esa ridícula circunstancia, no merecen, salvo para unos pocos “locos”, nuestra defensa colérica).
En ese largo tren de disposiciones y contraposiciones humanas, las sociedades, en su organización política, para asegurar la estabilidad de la comunidad, necesitan desestabilizar a este antagonismo de la supraidea. Para tal fin escogen, paradójicamente, un ideal antagónico; han adoptado de forma equivocada –tal vez por llana debilidad- la arbitraria justicia del Castigo, malinterpretando a modo de oprobio divino, de deshonra a la especie, cualquier situación “injusta” para la “mayoría”. Ya Dios, cuando era temido, expulsó del paraíso a los humanos castigándoles con un rencor excesivo a juicio de cualquiera, (teniendo en cuenta que sólo cometimos una desobediencia); además sabemos que Dios ha perdido para la Razón toda su ferocidad. Pero ¿para qué sirve el castigo? ¿Para recordarnos que no debemos hacer algo prohibido? Absurdo, ya sabíamos o sabemos que lo prohibido, vaya perogrullada, no debe hacerse. ¿Para “pagar” a la sociedad posibles fechorías? Absurdo, si se comete fechoría alguna es porque la sociedad y su moralidad importan un pimiento. ¿Para demostrar que la Ley de los humanos es fuerte, poderosa y equitativa? Absurdo, la Ley siempre se arrima al fuerte y al poderoso y por esa razón nunca será equitativa. Entonces si existe ¿para qué sirve? Sencillamente para suavizar o calmar el rencor humano ya que éste necesita ver el castigo ajeno para satisfacer su anhelo de Justicia; y porque además, en nuestra debilidad, no somos capaces de apropiarnos, de considerar como propia, la gran supraidea que se defiende del Castigo por sí sola. Aquella que nos convertiría en más Humanos y, como dijo Oskar Schindler, en realmente poderosos. Esa supraidea es el Perdón. Pero como el perdón precisa del sentimiento de culpa y la Culpa hace tiempo que dejó de ser humana, esta gran supraidea sólo es concebible en el individuo que reconoce su culpa. El perdón, pues, pertenece a los honestos en particular y no a la especie humana en general; y por consiguiente, el Castigo pertenece a la especie humana y no a los honestos. De esta manera, el Castigo formará parte de la sociedad por siempre jamás. Pero ¿cómo conseguir que la defensa de las supraideas humanas no conduzca a la institucionalización global del mayor de los castigos? Aquí entra en juego un factor importante en el humanismo que merece ser clasificado por encima de las supraideas, y se trata de la Conciencia. Ella es la raíz desde donde debe sustentarse la defensa de las supraideas. Desde la Conciencia, la Libertad no necesitaría defensa pues no habría Esclavitud. No aparecería Odio en la ausencia de Amor porque nos mitigaría el dolor y daría esperanza a nuestros deseos. No necesitaríamos Obligaciones ni Derechos porque la Conciencia es ambas cosas. Y no buscaríamos las Miserias ajenas para reafirmar nuestra Felicidad porque la Conciencia tranquiliza nuestra impaciencia. ¿Es posible que el Castigo desapareciese con una concienciación humana? A mi entender no. Pero sí tengo claro que el Perdón aparecería mucho más.
jueves, 8 de marzo de 2007
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