miércoles, 28 de marzo de 2007

MAÑANA


Con el paso de los años, dicen que el pensamiento se relaja y que, junto a ese camarada moribundo que es la vejez, toda ideología se modera. Yo admito, con titubeos, que lo de la relajación del pensamiento y lo de la moderación de la ideología puede ser posible, pero añado, categóricamente, que existe algo que no se relaja con el tiempo ni mucho menos se modera, sino que, a mi juicio se acentúa y además, aparenta hacerse más agrio que el vino malo: hablo, por supuesto, del temperamento. Sin embargo, creo que coincidiremos en que debe ser divertidísimo, para un anciano, a ojos de la juventud, parecer de cuando en cuando un viejo cascarrabias. Tiene que ser como travesear como un niño sin ser recriminado sabiendo, por la sabiduría que te da el cansancio, que el joven es tonto por naturaleza; debe ser como si te convirtieras en invisible y le patearas el culo a todos los gilipollas del mundo; o como ganar la última partida yendo de farol… Es posible también que toda esa espontánea mala leche sea solamente un fingimiento, o una astucia parecida a la del perro dócil que a la vez que ladra, mantiene la distancia y ofrece un acuerdo implícito de mutuo respeto. Sea como fuere, prometo – y deseo- reflexionar realmente sobre esto cuando llegue mi turno.
No es tanto la fortuna como la capacidad para oler problemas y huir de ellos lo que ha hecho que los longevos vivan en más y mejor armonía con sus coetáneos que el resto de la especie. Por supuesto siempre hay excepciones y si no las hubiera sería terriblemente extraño y preocupante.
Yo no conviví con mis abuelos. Mi abuelo paterno murió unos meses antes de que yo entrara a escena. Lo que sé de él es mucho, pero como no puedo echar de menos aquello que no he conocido, diré que me hubiera gustado disfrutar de su música. Oírle tocar el violín o el requinto es algo que me habría llenado muchísimo: sólo mi imaginación me regala parecida sensación. Estoy convencido de que parte de su alma se quedó junto a su nombre en mí. A mi abuelo materno sí lo conocí, pero tengo el recuerdo de un hombre enfermo y postrado a una silla de ruedas que me regalaba sonrisas los días que lo visitaba: casi todos los días. Es paradójica esta vida; mi abuelo se pasó la juventud sobre ruedas de motos y bicicletas y la vejez la pasó sobre unas ruedas no tan veloces. Parece como si el cansancio vetusto le hubiera hecho un guiño diabólico. Murió cuando yo apenas tenía 8 o 9 años. Me hubiera gustado verle sobre su Royal Enfield viajando a Francia junto a la que sería madre de mi madre: quiso enseñarle París. Hablo de principios de siglo pasado cuando el gramófono del tiempo a duras penas empezaba a acelerar sus revoluciones. Pocas carreteras. Pocos automóviles. Mismas ilusiones. Mismo deseo de incierta felicidad.
Afortunadamente tuve un tercer abuelo. El tío de mi madre. José Joaquín Catalán Martínez. El hombre que más claro me ha hablado en esta vida y a quien le debo el vicio de la lectura. Los recuerdos que tengo de él son infinitos. Su magisterio hacia mí ni las lecturas de Chateaubriand pudieron superarlo y sus historias eran más entretenidas que cualquiera de Dickens. Pero lo que más recuerdo fue el adiós que su mujer, mi tía-abuela, le dio una vez muerto. El cuerpo yacía en una habitación de la casa. Eran tiempos, no muy lejanos, donde el cuerpo se velaba en casa. Todavía la modernidad fea de los tanatorios no estaba extendida en toda España. Como digo, el cuerpo yacía preparado para el punto final y mi tía-abuela pidió estar a solas con él. Yo no obedecí del todo y me quedé escuchando escondido en el pasillo. Sus palabras entre lágrimas eran estas: “Cariño, ¿te acordarás de lo felices que hemos sido?”. Asomé la cabeza para verla. Quería verla. Y la vi besando el rostro de mi tío a la vez que le decía “te quiero”.
Os cuento esto porque la lluvia me trae recuerdos. Recuerdos que de forma extraña son de futuro. Del futuro, que siempre será pasado anhelado. Un romanticismo que se ancla al alma en el fondo más envidiado del humano: la Felicidad.

1 comentarios:

M ª Begoña dijo...

Mejoras con los años y se vislumbra un buen escritor, has recreado con una claridad esa habitación y todos tus recuerdos de niño, que imagine que estaba leyendo un libro tuyo.
Un beso y sigue asi María.