miércoles, 21 de febrero de 2007

Vino para todos

Acabo de leer en la prensa digital que la Ley de Prevención del Alcohol ha pasado a mejor vida; humm, qué perfección, ya lo creo, nunca mejor expresada tal locución. Estaba por la labor de poner en el encabezamiento de este blog, acompañando a la permisión de fumar, “se permite beber vino”, pero la sensatez de la resaca parece que no ha sufrido cambio alguno y podremos emborracharnos sin notar a las espaldas el dedo acusador y señalador de los bienpensantes. Ay, es que no hay manera con estos nuevos pastores del post-cristianismo, quieren cuidar tanto de nosotros que en vez de proponer subidas de salario, reducción del horario en el trabajo, más jornadas festivas, facilidad para acceder a una vivienda (no, no me refiero a ampliar las puertas); como digo, en vez de hacer todo esto, les da por prohibir algo tan sustancial y humano como el vino. Nuestro infortunio es que a estos insurrectos se les ha concedido el poder para remodelar la civilización, a golpe de decreto, a la medida de sus sueños de armonía universal. «Lo que choca en ellos», dice Dalroy en la novela de la cual este blog ha escogido su nombre, «es que siempre quieren ser sencillos y jamás despejan una sola complicación. Si les toca escoger entre el bistec y los pepinillos, verás que suprimen el bistec y se quedan con los pepinillos. Si les toca elegir entre un prado y un auto, sacrifican el prado. [...] Ve a comer con un millonario que pertenezca a una liga prohibicionista y no verás nunca que haya suprimido los entremeses ni los cinco entrantes, ni siquiera el café. Pero habrá suprimido el oporto o el jerez, porque los pobres lo beben como los ricos. Sigue observando y verás que no suprime los cubiertos de plata, pero en cambio ha suprimido la carne porque a los pobres les gusta... ¡cuando pueden hincarle el diente! Luego verás que no ha abolido los jardines lujosos ni las mansiones suntuosas. ¿Por qué? Porque son cosas vedadas a los pobres. Pero presumirá de levantarse temprano, porque el sueño es un bien que está al alcance de todas las fortunas. Es prácticamente lo único que todo el mundo puede disfrutar. Pero nadie oyó decir que un filántropo renuncie a la gasolina, a su máquina de escribir o a sus criados. ¡Ni loco! Sólo se priva de las cosas simples y universales. Renunciará a la cerveza, a la carne o al sueño... porque esos placeres le recuerdan que no es más que un hombre.». Y Santiago Alba Rico en el prólogo de la misma novela, resume: La cuestión gastronómica dirime una cuestión social, una especie de lucha de clases epicúrea y, más allá, un insoslayable problema antropológico. En la guerra entre los ricos y los pobres, entre la falsa y la verdadera sencillez, son los pobres los que representan la cultura humana y la civilización. Ese es el secreto que oculta la cruzada de los ricos contra los placeres del hombre ordinario. ¿Por qué renuncian en realidad a la cerveza, a la carne, al sueño? El portavoz irlandés de Chesterton lo explica con una frase lapidaria: «no sacrifican más que lo que les une a los demás hombres». Lo que les uniría a los demás hombres, lo que une en general a los hombres son los «lugares comunes»; y de entre todos los «lugares comunes» el más universal, el más accesible, el más democrático es la taberna. Yo añadiría a la formidable sentencia del señor Alba, que el bien más común que tiene el hombre es el vino.
Así que no me queda otra cosa más que añadir. Acompaño con alegría esta decisión, no sin temer a que los mediocres zafios, una vez pasadas las elecciones autonómicas, retomen de nuevo la iniciativa. Y aunque no brindaré hoy con vino, me guardo un brindis a la salud de su existencia.