Últimamente, no hay conversación donde no se oiga alguna que otra vez aquello de “todos los hombres son iguales”, o en su caso, “todas las mujeres son iguales”. Debo añadir también que en el tópico masculino, éstos, a menudo y sobre todo en temas de despecho pasional, suelen cambiar el plural “iguales” por otro más feo que dejo a la imaginación del lector. Y claro, no me extraña que ante tanta palabrería que se suelta por el bien de la igualdad, de la paridad y de toda esa ¿nueva? moda, se acabe generalizando y nos metan - os metan- a todos en el mismo lote. Y ¿a qué viene todo esto? Pues a que he leído que un estudio (¿?) realizado por el Instituto de la Mujer desvela que el machismo, lejos de menguar en los últimos años, se ha incrementado y según dicen, bastante. Supongo que a tenor de la cantidad de noticias que diariamente nos inundan sobre la violencia doméstica/de género, y si aceptamos que las noticias son un reflejo social, parece que el estudio acierta plenamente. Sin embargo, a la hora de buscar responsabilidades, que no responsables, digo yo que algo tendrá que ver el papel que ciertas asociaciones desempeñan intentando lograr la ansiada igualdad. Echar la culpa a los hombres es fácil. Qué digo fácil, es facilísimo, pero nada difícil de refutar. Voy a ejemplificarlo de un modo vulgar (machista dirán algunos): la culpa de que un equipo de fútbol pierda, no sólo la tienen los delanteros que no meten goles, sino también los defensas y portero que, se les supone, algo deben hacer para que no se los cuelen; y si extendemos el símil, también tiene responsabilidad el entrenador, y no digamos el presidente del club.
Lo que ocurre con estos temas tan triviales es que quienes deciden realizar un estudio estadístico para determinar posibles incidencias a corregir, son los principales interesados en que el resultado sea el adecuado y por supuesto, el esperado por ellos. Y como dice J. S. Pí, eso es dibujar la diana después de lanzar el dardo. Yo tengo muy claro que si se hiciera un estudio en busca del feminismo exacerbado, casi misandrio o mejor dicho andrófobo, que pulula libremente en estos tiempos, estaríamos en condiciones de asegurar y sostener científicamente (¿?) que la igualdad es imposible. Yo ofrezco mi ayuda, y no se rían. ¿Por qué no proponemos los hombres cambiar palabras femeninas (me refiero al género no al sexo)? Ante juez y jueza, ¿por qué no saxofonista y saxofonisto? Ya que existe médico y médica, ¿qué tal futbolista y futbolisto? Con perito y perita (ésta es genial) ¿les gusta artista y artisto o cineasta y cineasto?
Siempre que se localizan las miserias ajenas se hace la vista gorda en las propias y eso, que sí es miserable, es más insoldable que nuestras diferencias sexuales. Así que, como siempre, os propongo manteneros al margen de las generalidades y bueno, claro, porqué no, utilizarlas siempre que sea para compartir unas risas con mujeres y con hombres. Para reírnos los unos de los unos, los otros de los otros y los unos de los otros. ¿O acaso alguno o alguna tuvo al nacer la oportunidad de escoger su sexo?
miércoles, 28 de febrero de 2007
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