(Viene de Parece Mentira)
La cogí y me la guardé. Me quedé ensimismado y miré al espejo retrovisor, por instinto, tal vez pensando que Dani iba a estar allí, sentado y sin abrir la boca, como solía hacer cuando se emborrachaba. Mis pupilas se dilataron al instante, fulminantes, sentí que todos mis sentidos se estimulaban con energía y me pareció escuchar una voz que me avisaba de algo concreto, una voz ajena a todo lo que estaba viviendo, como surgida de otro mundo, al modo de esas voces que la vigilia entremezcla con los sueños y que tienen como objetivo alejarte del mundo de los dormidos. Cerré los ojos y presté atención, consciente y confiado. Estaba claro, sí, esa voz iba a despertarme. Luego todo volvería a ser como de costumbre, estaría en casa, seguramente en la de Dani, medio tumbado sobre su sofá. Dani estaría riéndose de mi borrachera, despertándome con sus bucólicas expresiones, insistentemente. Yo, después de un torrente de dudas tendría claro que todo había sido una pesadilla.
Sin embargo la ilusión se esfumó, aquellas palabras se alejaron y fueron desvaneciéndose precipitadamente en el espacio, seguramente engullidas por mi introspección. Su eco reverberó en mi conciencia y me relacionó con la muerte de César, tal como había dicho Alicia.
Abrí los ojos y en el oscuro espejo contemplé el rostro de Asunción, compungido y dócil. Se cubrió la cara con sus manos y se dispersó en el infinito reflejo. Me vino a la memoria la muerte de Oswaldo, me hubiera gustado descubrir el secreto de su sueño, me dije. Se me puso la piel de gallina al pensar que el alma de aquel hombre se había quedado encerrada para siempre en una irrealidad definitiva e impenetrable.
Suspiré, salí del coche y lo cerré.
El atardecer ya había transformado la insuficiente luz en confusión y el almacén se había convertido en una combinación de contornos y formas indefinidas. Me alumbré de nuevo con el móvil y salí de aquel lugar.
Un viento helado y errante arremolinaba la hojarasca en sorprendentes formas y zarandeaba con obstinación las copas de los árboles, silbaba de manera enfermiza y supersticiosa, tal vez advirtiéndome de la violenta noche que se expandía por el este. Por un momento me pareció que su aullido traía adherido un extraño sonido, como el de un desafinado acordeón. Me quedé durante unos segundos mirando el bosque, meditabundo y confundido, preguntándome si Dani estaría dentro de la casa.
Aseguré la puerta del garaje con un trozo de tela que encontré en el almacén, la cerré a medias y decidí seguir buscando algún lugar por el cual entrar a la casa. Metí la mano en el bolsillo del abrigo y anduve así, sujetando la pistola, cojo y encorvado por el frío, haciéndome preguntas en torno a mi amigo.
Atravesé rincones yermos, caminé por estrechas sendas, salté ribazos y descubrí superficies ajardinadas muy bien cuidadas, la casa era inmensa. Volteé un murete de aproximadamente un metro de alto y di con lo que supuse que sería la zona de veraneo.
Las tumbonas estaban agrupadas y candadas a la reja de la ventana de un cobertizo bastante pequeño, parecían resecas, seguramente por estar a la intemperie. Bajo un gigantesco castaño había una mesa de mármol dispuesta con varias sillas. Vi la piscina, enorme y cubierta por una lona llena de hojas secas.
Adosada a una pérgola de piedra con columnas talladas y bonitos maceteros a los pies localicé varias ventanas y una puerta por la que se accedía a la casa, todo asegurado con contraventanas de tipo mallorquín. El viento seguía bufando con insistencia y traía consigo ráfagas de humedad.
Me acerqué a la puerta. Estaba cerrada. Inspeccioné las ventanas y ninguna estaba abierta. Grité los nombres de Elvira y Dani pero sólo el eco de mi voz contestó de manera maliciosa. Me encaminé hacia el cobertizo en busca de algo que me sirviera para hacer palanca en la puerta y el cielo resplandeció de repente. Levanté la vista y las tiznadas nubes me recordaron dragones engulléndose unos a otros. El trueno sonó casi simultáneo y las contraventanas crujieron gravemente, igual que un rumor espectral. Me asusté por el ruido y me volví a mirar.
Junto a la puerta de la casa algo se movió. Una silueta corpulenta.
Se acercó precipitadamente hacia donde yo estaba, corriendo. Me figuré que sería algún animal, tal vez un oso, y sentí el corazón redoblar de forma trágica. Cuando me disponía a sacar la pistola para disparar, la extraña figura se abalanzó sobre mí asiéndome por el cuello y tirándome al suelo. La pistola saltó por los aires y fue a parar bajo las tumbonas. Era “el puños”, con sus manchitas azules en la cara a modo de pecas.
Me había inmovilizado y el muy cabrón apretaba sus manos en mi cuello, asfixiándome. Su pesado cuerpo imposibilitaba mis movimientos. Me faltaba el aire, sus dedos me oprimían en la traquea y notaba la garganta seca. Necesitaba toser como fuera. Intenté separarme de sus manos pero no lo conseguí. Las fuerzas me abandonaban y la imagen furiosa de aquel rostro salpicado me paralizaba, me dominaba con la autoridad de un demonio.
Hubo otro relámpago y otro trueno y empezó a llover suavemente. Las frescas gotas golpeaban en mi rostro y sentí un ligero alivio, sólo aparente. Solté varias patadas al aire, a modo de supervivencia, y por fortuna alguna dio entre sus piernas. Abrió las manos y me vi separado del hijodeputa por un momento, el oportuno, pensé, y rodé por el suelo escapando de su cerco. Me levanté entre toses y temblores, el aire me faltaba y mi corazón trepidaba por todo el cuerpo.
“El puños” se alzó y se encaró hacia mí, corcovado, como un viejo jabalí. Se apresuró a atraparme por las piernas. Yo me agaché y noté su cabeza golpear en mi costado. Oí un crack. Caímos hacia atrás chocando con la lona de la piscina, se rajó como una madera corcada y nos sumergimos en el sucio y frío líquido. Me agarró por las piernas, las costillas me dolían, tragué agua y ascendí a la superficie pateando como un niño trastornado o asustado. Mis patadas chocaban contra su cuerpo una y otra vez y al final logré separarme lo suficiente. Nadé con esfuerzo y conseguí salir del agua. Cojeé en busca de la pistola. La cogí y me aproximé a la piscina. Seguía faltándome el aire y entre toses apunté al iracundo hombre.
En el centro de la piscina “el puños” braceaba como un gato y pedía ayuda con un sonido parecido al de su propio chapoteo. El cerdo no sabía nadar. Sonreí para mis adentros, guardé la pistola, me quité el abrigo pues estaba chorreando y me pesaba, lo dejé al lado de la pérgola y volví junto la piscina. Tiritando me incliné para contemplar su agonía a la vez que le preguntaba por Dani y Elvira.
El tipo tartamudeó algo pero no alcancé a entenderle nada. Fue tragando agua entre claros gritos de socorro, braceó con esfuerzos inútiles y la lona se le fue enredando meticulosamente al cuerpo, a la manera de una red de pesca. Vomitó, tosió, se atragantó y se hundió en el oscuro fondo de la piscina.
Llovía con estrépito y aunque estaba empapado y muerto de frío esperé allí quieto hasta que el cuerpo se hizo visible a los pocos minutos, medio flotando medio sumergido, totalmente inerte. Grité como un desesperado el nombre de Elvira y el eco se propagó disfrazado de trueno.
Lleno de preguntas cojeé hasta la entrada de la casa. Me puse los guantes y me desnudé. Arranqué una cortina y me la eché por encima a modo de manta. Dejé mis ropas junto al abrigo y entré en la casa. No encendí ninguna luz y a oscuras fui de habitación en habitación, abriendo armarios en busca de ropa seca. De un enorme ropero pillé todo lo que necesitaba y me vestí concienzudamente, abrigándome con muchas prendas. Hallé una linterna y me ayudé de ella para investigar la mansión y de paso buscar medicamentos, las costillas empezaban a dolerme una barbaridad y me imaginé que tendría alguna rota.
Recorrí todas las instancias y habitaciones, inspeccionándolas con empeño, pero allí no parecía haber nadie.
Encontré una caja de analgésicos en un cuarto de baño, me metí una cápsula al cuerpo y me guardé la caja. También había bolsas de plástico y agarré varias y volví a la piscina. La lluvia había amainado, apenas chispeaba. Fui hacia la pérgola y guardé en las bolsas mis ropas.
Entré de nuevo en la casa, atravesé un largo pasillo, alcancé el vestíbulo, di con la puerta de entrada, la abrí, salí afuera y guardé en el Vitara las bolsas.
Volví a la casa y de nuevo a la piscina. Eché una ojeada morbosa y el cuerpo del “puños”, enganchado a la lona y mecido por el agua, chocaba con calma contra la escalera de la piscina.
Me senté bajo el enorme castaño, lleno de dudas, cavilando impacientemente y con una suerte de impotencia golpeándome el ánimo. ¿Por qué el coche de Dani estaba allí? ¿Por qué había aparecido el “puños”? ¿Dónde estaría Dani? ¿Y Elvira? ¿Me estaría alguien tendiendo una trampa? ¿Tal vez Alicia?
Fui rechazando todas mis teorías acerca de lo ocurrido porque me parecían absurdas, poco consistentes, sin base ni lógica. Eché una mirada a la piscina y me extrañé de mi propia serenidad con respecto a la muerte del “puños”.
Los truenos sonaban lejos y resplandecía el cielo por el oeste. Apoyé la cabeza sobre la corteza del tronco del castaño y un escozor se acomodó en mi estómago. Sentía el cuerpo dolido y exhausto. Estaba hambriento. Me acordé de Asunción y una flojera se apoderó de mí, no me eché a llorar desconsoladamente por puro esfuerzo. Miré al cielo y sobre mí las nubes volaban veloces hacia el norte, su prisa parecía fascinar a mi trastornado espíritu. Me dejé llevar por el azaroso movimiento celeste y el cansancio fue venciéndome.
Cerré los ojos y sentí que mi cuerpo empezaba a relajarse y mi mente se entregaba al letargo. El viento aulló ferozmente a mis espaldas y abrí los ojos. De nuevo me pareció sentir aquel sonido extraño, el de un desafinado acordeón. Suspiré y me quedé embobado mirando las trágicas huellas que el “puños” y yo habíamos dejado en nuestra pelea, un artístico tapiz de barro que encubría una aparente casualidad.
El sueño me estaba dominando y velaba mi razón cuando se insinuó de nuevo aquel sonido que portaba el viento. Me alcé y agucé el oído. Las ráfagas venían racheadas, pero el canto se distinguía claramente. Parecía una melodía, acaso el intento de reproducirla. Como cuando un músico busca con ahínco y entusiasmo las notas exactas de algo que dentro de su cabeza se reproduce con exactitud.
Encendí la linterna y dirigí el trazo de luz hacia el inmenso bosque que se extendía ante mí, escalofriante como la propia noche.
Eché a andar alumbrándome con la linterna, sintiendo la macabra melodía del viento. Atravesé varios metros de matorral y accedí a una senda. Seguí andando por la senda, todo el tiempo en continuo ascenso, percibiendo el sombrío canto disonante, alejándome cada vez más de la casa. Mis ojos se acostumbraron a la triste luz de la noche y decidí apagar la linterna.
Anduve atraído por el canto, magnetizado y a mi ritmo, cadencioso y firme. Igual que aquella noche, me dije pensando en el vagabundo del callejón.
De vez en cuando la lluvia hacia presencia y el frío se intensificaba conforme ascendías, el silencio del monte se hacía impaciente junto al estertor del viento y los furtivos relámpagos iluminaban el bosque momentáneamente. Sólo se veían árboles. Árboles y más árboles, intuitivos y prehistóricos. Gigantes como el miedo. Sus troncos retorcidos y fuertes parecían respirar bajo el esplendor de la noche. El extraño sonido se hacía cada vez más fuerte.
Empecé a sentir calambrazos en las costillas. El efecto de las cápsulas se estaba pasando y me detuve. Llevaba más de dos horas andando y la senda había confluido en un llano secretamente enclavado dentro de aquel maravilloso bosque donde el paisaje seguía siendo el mismo.
Medio encorvado fui a sentarme junto a unas rocas. El dolor punzaba y noté el cuello contraído. Me dolían las costillas, la pierna, la cabeza y el estómago lo tenía vacío. Me adentré por entre unos arbustos y encontré unas matas de romero, las arranqué y mastiqué sus hojas y raíces para engañar al hambre.
Volví al llano y me senté sobre las mismas rocas. El extraño canto se había callado, no se oía. El cielo estaba totalmente cubierto y el viento no soplaba. Me llamó la atención el inquieto silencio, parecía haberse cobijado en aquel preciso lugar del bosque, como si algo o alguien no quisieran ser descubierto. Creí que se debía a mi presencia.
Me tomé otro analgésico y continué andando por una senda, pensando en aquel día de la cacería, acordándome de la presuntuosa forma de hablar de César.
La senda descendía hacia un riachuelo. Lo atravesé caminando por encima de unos largos troncos y accedí a un camino más ancho y de nuevo en ascensión.
Al rato me sentí agotado, me dolían las piernas y me disponía a descansar un poco cuando noté una suerte de vértigo que me traspuso por completo y que sin ninguna duda me haría desmayar. Todo cuanto había a mi lado giró con estrépito, casi de forma exagerada. Los árboles se inclinaron hasta doblegarse y ciertamente semejaban estar respirando.
Como pude me senté junto a un enorme roble y se me manifestó un agobiante calor que me recorrió todo el cuerpo, como un fuego concienzudo y descontrolado, sentí náuseas y empecé a escupir. El viento sopló con mucha fuerza, de repente, silbando con estridencia, igual que un grito agudo. Descendió por la ladera veloz como una manada de lobos y soltó toda su furia frente a mí, cerré los ojos y sentí las hojas de los árboles alborotarse a la manera de una risa maldita. Noté mi estómago resquebrajarse y vomité un líquido oscuro y denso, de sabor agrio. Del esfuerzo empecé a llorar y a emitir una especie de lamento que se confundía con el viento. Apoyé la cabeza sobre mis manos e infiltrada entre el rumor del bosque escuché una voz. La misma voz del garaje. Abrí los ojos y dirigí la mirada hacia el frondoso monte.
Los plegados troncos de los árboles se habían convertido en bocas murmurantes. Se abrían y cerraban al unísono, igual que el coro del subconsciente. Las piedras me miraban ásperamente, con curiosidad, ojos brillantes que parpadeaban insistentemente y me reconocían. La voz procedía de todas partes y reverberaba en mi cabeza a la manera de un sollozo maldito. El viento gruñía y las raíces de los árboles sobresalían y se hinchaban al ritmo de mis pulsaciones. La voz se concentró y se hizo fuerte en mi interior. Alguien me llamaba desde otro mundo, gritaba dentro de mí, me hablaba, y me obligaba a mirar hacia un determinado lugar.
Me levanté y hacia allí me dirigí.
Rodeado por mi delirio y bajo el matiz azul de la noche busqué sin saber qué buscaba. El viento era frío y húmedo.
Miré entre matorrales. Levanté rocas. Alcé la vista hacia las ramas de los árboles. La voz ensordecía mi razón y el miedo atenazaba mi conciencia. De repente el cielo resplandeció por el oeste y sentí que algo detrás de mí tomaba cuerpo y me asía por los brazos. Me quedé paralizado, inmóvil, percibí un virulento resoplido en mi cuello, como si algún alma diabólica se dispusiera a seducirme. Al instante un escalofrío me recorrió la espalda y creí ciertamente que algún espíritu errático me dedicaba sus besos.
Agaché la cabeza con resignación y allí estaba.
Una mano blanquecina y moteada, podrida y rosigada, sobresaliendo entre el musgo y el barro. Una mano escultórica que parecía pedirme ayuda.
Se hizo un silencio soporífero, y me pareció que el tiempo se había detenido. Me arrodillé y empecé a escarbar con mis dedos, alrededor de aquella funesta mano. La tierra estaba húmeda y me fue fácil hurgar. Conseguí desenterrar el brazo y el hombro. Removí y descubrí el cuello. Insistí hasta que un rostro cadavérico lanzó su mortal mirada hacia mis ojos.
miércoles 15 de julio de 2009
viernes 3 de julio de 2009
BUG OUT en VILLENA, 16/07/2009
viernes 19 de junio de 2009
Parece Mentira
(Viene de La Coartada)
Me quedé mirando el teléfono y no contesté. Presuponía que era Dani quien llamaba, otra vez, intentando esconderse de la policía o necesitando mi ayuda. Las dudas me surgieron repentinas, múltiples y vertiginosas, me quedé bloqueado y experimenté una suerte de resentimiento infantil que me imposibilitó enfocar y determinar el asunto con claridad. Estaba disgustado con mi amigo por no haber respondido a ninguna de mis llamadas. El saber si había cometido el asesinato me importaba poco.
Eché el cuerpo hacia atrás, tomé aire, estiré las piernas y cerré los ojos. Noté el cansancio extenderse por mi cuerpo, dominándolo. La cabeza aguijaba sangre, centelleando en mi mente como un delirio. La música sonaba monótona y ayudaba a garabatear en mi fantasía la imagen de un sobredimensionado Dani disparando a César, con aquella pistola que yo mismo había sostenido en la mano, con Elvira delante contemplando asustada el cuerpo de su padre abatido en la acera, borbotando sangre humeante y agitándose como un sollozo.
Me despertó el timbre de la puerta y me levanté del sofá de un salto. El sol había llenado de matices rojos el salón y tardé unos segundos en ordenar todos mis recuerdos. Miré el reloj del móvil y eran las 18:32. Me costó reaccionar. Mierda, el entierro de Oswaldo. Sorprendido miré el día. Joder, era lo que aparentaba. Había estado durmiendo casi veinticuatro horas. Pobre Asunción. Volvieron a llamar a la puerta, con insistencia. Grité voy y fui a abrir.
Allí estaban, dos chicos bien afeitados y bien uniformados, aparentando buena educación, instándome a que les acompañara. Alicia les había facilitado mi dirección. Sólo tenía, dijeron, que contestar a algunas preguntas. Nada más.
Les dije que pasaran, si no les importaba esperar. Quería asearme, arreglarme un poco, espabilarme pues notaba mi cuerpo agarrotado y dormido.
Después de lavarme la cara y cepillarme los dientes fui a mi cuarto y me cambié de ropa. Volví al salón y uno de los agentes contemplaba la calle a través de la ventana, el otro, husmeaba con cara de gilipollas en mi ordenador. ¿Esto lo has escrito tú?, me preguntó intentando esconder su expresión burlona y señalando la pantalla del portátil. Sí, lo hago para no volverme loco, para no comerme la cabeza cuando estoy solo, dije adrede, con aire templado y magnánimo. Los policías se buscaron con los ojos, percibí que intentaban comunicarse con la mirada y se acercaron a la puerta para examinar toda la casa haciéndose los distraídos. Se despertó en mí cierta desconfianza.
¿Nos vamos?, propuso uno.
A punto estuve de decirles que no. Que conocía mis derechos y que si querían llevarme a comisaría que me arrestaran, que yo de allí no me movía. A punto estuve, sí, pero no lo hice.
Pillé la documentación, el móvil y algo dinero. En el pasillo les conté lo del entierro de mi vecino y les pedí que me permitieran excusarme ante Asunción. Fui al piso de mi vecina y llamé un par de veces pero nadie abrió. Me sentí fatal, despreciable, y contuve alguna lágrima mientras bajábamos en el ascensor.
Una vez en la calle sufrí las miradas y cuchicheos de todo el mundo aunque no me importó en absoluto. Monté en el coche de la poli y nos marchamos a comisaría.
Durante el trayecto estuvimos entregados a nuestras introspecciones y me quedé impresionado cuando entramos en la jefatura. Una vorágine de gente y de polis se movía a un ritmo aceleradísimo, como si de ellos dependiera el girar del mundo.
Los dos agentes me hicieron pasar a un despacho horrible que apestaba a humedad y humanidad a partes iguales, el radiador estaba apagado y hacía bastante frío. Miré al techo y la luz de las luminarias emblanqueciendo el lugar multiplicaba la sensación de aislamiento, hubiese ofrecido un puñado de mis mejores recuerdos a cambio de ver la calle a través de una ventana, aunque hubiera estado enrejada.
Sentado en un escritorio repleto de papeles un poli de unos cincuenta años golpeaba con el dedo índice de su mano izquierda el tabulador del teclado de un ordenador. Con la cabeza me indicó que me sentara. Los otros dos agentes se despidieron y cerraron la puerta. Se me encogió el estómago, noté un calor que me recorrió el cuerpo de abajo arriba y el corazón se aceleró con ansiedad. Tragué saliva y me senté frente al poli, en silencio.
El tipo golpeaba su ordenador y sonaba un tuka-tuka aburrido y cadencioso que endurecía el transcurso del tiempo, a la manera de un viejo reloj. Yo disimulaba echando miradas furtivas a los objetos que se habían adaptado con extraña naturalidad al feo despacho. De entre todos me llamó la atención un pequeño cartel donde aparecían decenas de fotos de ancianos y de jóvenes, hombres y mujeres, no vi negros ni orientales, eran personas que estaban desaparecidas.
Algo nervioso e impaciente, intenté relajarme mirando las fotos, teorizando superficialmente con la fatalidad de cada uno. Me figuré que la mayoría habría muerto y Oswaldo apareció de nuevo en mi cabeza, hablándome, con sus minúsculos ojos y su obsesiva lógica.
De repente me vi en una foto. ¡Sí, era yo! Mi cara, mi sonrisa, mi pelo, incluso creí reconocer el paisaje que se vislumbraba al fondo. El corazón se me aceleró y una suerte de inquietud me comprimió. ¿Yo desaparecido? Agucé la vista para leer lo que había escrito bajo la foto y descubrí que ese otro yo se llamaba Horacio Gaino y que llevaba perdido por el mundo desde junio del año 1986. Definitivamente no era yo. Cerré los ojos e intenté hacerme una idea de cómo sería ese rostro con veinte años más. Sólo se me ocurrió pensar en una persona, mi padre.
Me acordé, naturalmente, de Manuel, y mi mente evocó la imagen borrosa y palpitante del vagabundo del callejón, yaciendo moribundo y tembloroso en el suelo.
Me entró un ligero sentimiento de culpa. ¿Habrían dado ya con el cuerpo? ¿Habría muerto? Cuestioné mi actitud y me preguntaba si debía contarle todo a la policía y reconocer el hecho como un simple accidente, o por el contrario hacer como si jamás hubiera pasado.
Me sonó el móvil, de pronto. Me sobresalté impetuosamente, abandonando mi ensimismamiento, y el poli percibió el susto. Si quieres, dijo amablemente, ve fuera a hablar. Asentí y cogí el teléfono con la duda de descolgar. Estaba realmente acojonado, no eran aquellos insistentes números de los últimos días, pero yo tenía la misma sensación. Tiene que ser Dani, imaginé. Me armé de valor y contesté.
¿Quién?
Me envolvió un inmenso alivio cuando reconocí la voz de Jesús y su camaradería al hablar. ¿Ey, hermano, por dónde andabas metido?
Me contó que su colega Pedro le había pedido que me localizara, los del concesionario habían estado llamándome al móvil una y otra vez. Ya están los papeles arreglados, hermano, y tienes que ir a recoger el buga si no quieres que te cobren alquiler por tenerlo allí.
Atendí a lo que me decía con deleite, casi emocionado. Había olvidado por completo lo del coche. Respiré y prometí ir al día siguiente a recoger el Vitara. Avisa a tu colega Pedro, le pedí. También le dije que me alegraba de oírle y le agradecí que me hubiera llamado. Colgué y me guardé su número.
Entré al despacho del poli y la congoja y el agobio de antes habían desaparecido, me sentía genial, ya no me acordaba de Oswaldo, ni de Manuel, ni del vagabundo del callejón y mucho menos albergaba sentimiento de culpa alguna.
Me senté con tranquilidad, crucé las piernas, y a los pocos segundos el poli empezó a hablar del asesinato de César y de las sospechas que tenían contra mi amigo. Lo mismo que había oído en las noticias.
Yo fingí asombro y estupor en torno a la veracidad de los hechos que me detallaba, contesté a las preguntas acerca de mi relación con Dani sin astucias ni tapujos, sereno, consciente de las consecuencias de mis respuestas y deduciendo las posibles réplicas: Sí, éramos amigos del instituto. Sí, conocía a Alicia, su exmujer. Sí, había estado en su casa. Sí, sabía que le habían retirado el carné de conducir. Sí, había conducido su coche. Sí, fui su chofer pero llevaba casi dos meses sin verlo y no atendía a mis llamadas.
A su vez, fehacientemente, callé los sucesos que creí más inculpatorios o sospechosos, Dani era mi colega y yo no iba a ser quien le empujara al degolladero. A tal caso, argüía ignorancia: No, no sabía nada de una pistola. No, no me contó nada de su jefe. No, no me dijo a qué se dedicaba su jefe. No, no solíamos hablar de su trabajo.
Me notaba inspirado, intuitivo, capaz de argumentar cualquier simulación con su justo entusiasmo, capaz de exagerar ante toda una multitud si fuera menester. Pero no hizo falta, las preguntas fueron pocas y concretas, y yo me hallé convincente. Sólo flaqueé cuando me preguntó dónde había estado la noche anterior al asesinato. Durmiendo, dije.
Acabamos antes de lo que había supuesto y salí de la comisaría acompañado por el poli y disertando acerca de lo complicado y difícil que se había vuelto este mundo. Ya en la puerta me sugirió que si veía a Dani debía intentar convencerle de que lo mejor era entregarse. Me apuntó un número de teléfono por si recordaba algo y también mencionó nosecuantas cosas de la obligación ciudadana. Yo, asintiendo como un distraído que no está en la conversación, me regocijaba pensando en mi estrategia, y arrastrado por un funesto arrebato de vanidad casi estuve a punto de detallar, a modo de anécdota, la pelea con el vagabundo del callejón, diciendo que había sido testigo de la misma.
Me metí en el metro y me dispuse a regresar a casa. Faltaban tres minutos para que llegara el próximo tren y deambulé por el andén pensando en Asunción, la estación estaba a tope y las voces y carcajadas de la gente se volvían ensordecedoras bajo la bóveda subterránea. Recibí una llamada de Alicia, pero no me apetecía hablar con ella y pasé de contestar. Llegó el tren, abrió sus puertas, apenas bajó gente y todos subimos a empujones. Estaba lleno y me arrinconé junto a unos adolescentes.
Hice un par de trasbordos y al apearme en la estación más próxima a mi casa me percaté de que estaba en la misma estación donde había tenido aquella alucinación o experiencia con el espíritu de Manuel.
Era la primera vez que volvía a aquel sitio y lo recordaba perfectamente. Aún daba la sensación de estar en obras, aunque no tanto. Vi el banco junto a la boca del túnel donde estuvimos sentados y la misma puerta con el cartel de prohibido el paso. Me acerqué a ella e intenté abrirla en vano. Llamé y de la otra parte del andén una mujer bajita y ataviada con un uniforme de limpieza me preguntó con una voz potente si buscaba a alguien. Sobresaltado me acerqué a las vías para contestarle y cuando iba a decirle que estaba buscando a un tipo llamado Manuel un tren hizo aparición y me dejó con la palabra ahogada entre el chirriar de las ruedas. Decidí esperar a que el tren se marchara para seguir con mis explicaciones, sentía curiosidad por saber si alguien había encontrado un cuerpo descompuesto dentro del cuarto.
Esperé sentado en el banco, contemplando el frenesí de la gente bajando y subiendo de los vagones, como si quisieran escapar unos de otros, y todavía no me había sumido en mis pensamientos cuando, pillado por sorpresa, vi cómo la mujer irrumpía de forma resuelta y con paso rápido en el andén donde yo me encontraba. Apareció antes incluso de que el tren se hubiera marchado. Se acercó a mí y me inquirió de nuevo la pregunta de si estaba buscando a alguien, su rostro brilló y su mirada se llenó de suspicacia.
Pensé que si le decía que estaba buscando a un tal Manuel no me creería, la mujer tenía aspecto de espabilada. Me levanté, la saludé, la miré con amabilidad y le solté, con voz pausada, que había perdido mi paraguas, que era de color rojo y que un guarda me había dicho que preguntara a alguien en el cuarto de limpieza porque eran ellos, me adorné con las manos realizando un movimiento tranquilo y educado, quienes encontraban la mayoría de objetos.
La mujer se lo tragó. Me dijo que ella no había encontrado nada pero que tal vez algún compañero sí. Nos dirigimos hacia el cuarto, sacó un puñado de llaves y abrió la puerta. Estaba oscuro, como aquella noche, y el olor a productos de limpieza avivó paradójicamente mi recuerdo. La mujer pulsó el interruptor de la luz y después de un breve instante de parpadeo fluorescente la estancia se iluminó. Enseguida miré al fondo y vi la puerta del cuartito donde yo había encontrado el cadáver de Manuel. Me entró frío y me sudaban las manos. La mujer empezó a abrir todos los armarios y cajones, buscaba con interés e insistencia, hablaba de la limpieza en el metro y a la vez movía la cabeza en señal de negación, todo con una aparente perfecta coordinación. Yo de usted preguntaría en el ayuntamiento, me sugirió de manera sensata, allí sabrán decirle si en objetos perdidos hay algún paraguas rojo.
Mi desinterés hacia sus palabras era total y la mujer se percató de que mis ojos examinaban la puerta del fondo. Se dirigió hacia allí y me explicó que aquello era un aseo pequeñito de uso exclusivo para el personal de limpieza, me extraña que esté ahí, comentó. El corazón se me puso a tope, lo notaba temblequear en la garganta y por un momento me pareció escuchar el gimoteo penoso de Caronte.
La mujer continuó con su parloteo, diciendo algo acerca de lo poco que utilizaba la gente las papeleras, son unos guarros, ¿sabe?, protestó. Agarró el pomo con parsimonia y después de girarlo decididamente, la puerta no se abrió. Ambos nos quedamos en silencio, sorprendidos. Ella, tal vez algo empecinada, lo intentó de nuevo, empujando la puerta enérgicamente con el hombro y haciendo girar el pomo varias veces seguidas. Pero no hubo manera, no cedió. Se habrá bloqueado, aseguró.
Salimos del cuarto, agradecí su atención y me dirigí hacia las escaleras desilusionado y con una extraña sensación, el dolor de la cadera había vuelto. Salí a la superficie y cojeé hasta casa. Cogí el ascensor y me detuve en el piso de Asunción. Tomé aire y llamé. Nadie abrió, nadie contestó. Estará con Laura, imaginé.
Cuando llegué a mi piso, puse música y me di una ducha. Luego me hice un bocadillo. Terminé, me saqué varias latas de cerveza y me senté en el sofá, me abrí una y me encendí un cigarro.
Por más que deseaba no pensar, todas mis preocupaciones me merodeaban como animales hambrientos. Dani, Oswaldo, Manuel, el vagabundo del callejón. Me asustaba el vínculo que de manera trágica tenían con la muerte, y sobre todo me aterraba la relación que todos guardaban conmigo.
Con unas cuantas cervezas en el cuerpo mi cabeza comenzó a no funcionar bien, interiorizaba demasiado los pensamientos y empecé a notarme demasiado inconsistente, incapaz de relativizar las ideas. Sentía que nada de lo ocurrido había sido fruto de la casualidad e incluso llegué a imaginar que existían castigos organizados por extrañas fuerzas antinaturales que procedían del interior de uno mismo.
Me levanté del sofá, fui al aseo, me mojé la cabeza y mirándome en el espejo decidí salir. Me vestí, pillé pelas, cogí el abrigo y me fui a la calle, sin dirección alguna.
Anduve de un sitio para otro, arrastrando la pierna, con la única intención de no pensar en las extrañas coincidencias.
De vez en cuando entraba a descansar en algún bar y me tomaba café o cerveza, según me pareciera, me fumaba también un cigarrillo y de nuevo regresaba a la calle, a caminar.
La ciudad fue vaciándose poco a poco, con una lentitud casi musical, y me vi solo por las aceras, medio borracho, forzando los pasos, sin ganas de regresar a casa y sin saber dónde estaba ni por dónde pasaba.
Al rato empecé a encontrarme mal, demasiado mareado, el estómago me ardía. La cabeza me daba vueltas y tenía el pecho oprimido. Me vi obligado a parar y tuve que acuclillarme a vomitar entre unos vehículos aparcados.
Me incorporé y apoyado a uno de los coches escupí el último regusto bilioso del vómito. Tomé aire, me entró una fuerte tiritona y me abroché el abrigo. Metí las manos en los bolsillos y en uno de ellos descubrí unas llaves. Eran las de Dani, las de su casa y las de su coche, ni me acordaba. El “puños” aún estará buscándome, pensé. Sonreí para mis adentros y un soplo de optimismo me sacó del ensimismamiento.
Me aproximé a la calzada a la espera de un taxi y en apenas unos minutos estaba camino de casa en un cálido coche y manteniendo una sencilla conversación con el taxista.
Me metí en la cama después de asearme y poner el despertador. Estaba realmente cansado y tardé poco en dormirme.
A la mañana siguiente estuve en pie antes de que me sonara la alarma y fui en metro al concesionario. Me disculpé ante Pedro contándole lo de Oswaldo, nos tenías desconcertados, me dijo con educación. Me acompañó hasta el coche y nos despedimos chocando las manos.
Debido al dolor de la cadera conduje con bastante prudencia y muy despacio, pero con el ánimo a tope. Fui directo al bar de Jesús. Me tomé un bocadillo y le conté entre risas todo el rollo de la poli y de Dani. Se quedó impresionado, más por mi tranquilidad, me indicó, que por el asesinato en sí.
Volví al piso y me detuve a llamar en casa de Asunción. Nada, por más que insistí no había nadie. Empecé a obsesionarme con la idea de que tal vez se hubiese trasladado a Argentina con su familia, a pasar un tiempo de duelo allí.
Salí del ascensor, saqué mis llaves y cuando me disponía a abrir la puerta de mi piso me pareció apreciar pasos y voces que procedían de dentro de la casa. Sobrecogido agucé el oído y en efecto, había gente dentro. ¿“El puños”?, fue el primero en quien pensé. Me armé de valor, tomé aire y abrí con ímpetu, preparado para pelear si era necesario.
Con el corazón todavía acelerado sorprendí a Alicia hablando con una pareja de chicos. Me quedé plantado frente a ellos, con cara de imbécil. Alicia me soltó, como si nada, que les estaba ensañando el piso porque estaban interesados en alquilarlo. Te llamé ayer para avisarte, me habló con su tono habitual, pero no me contestaste.
Le pedí que por favor me acompañara a la habitación y allí estuvimos un rato hablando. Ella atendía a mis palabras y apenas hablaba, su cara adoptó una expresión de “ya sabes, la vida es así” y yo iba irritándome cada vez más y más. Le pregunté por ese repentino cambio de parecer, me lo podías haber dicho con tiempo, le indiqué, pero ella no escuchaba, ella iba a lo suyo. Me daba dos semanas para dejar el piso. No volverás a trabajar para Dani, enfatizó medio sonriendo y yendo de un lado a otro de la habitación, tendrás que volver a tu pueblo antes o después, además necesito dinero y puedo sacar por el piso mucho más que los doscientos euros que tú me pagas de alquiler.
Intenté persuadirla para que al menos me dejara el piso hasta que encontrara trabajo, pagándole si hiciera falta más dinero, pero la muy zorra insinuó que yo no servía para trabajar, que no me veía capacitado para nada, y además me soltó que no quería que la relacionaran conmigo, que pasaba de marrones con la poli. Tu nombre se ha filtrado a la prensa, exclamó. Me encendí, y le grité que había sido su exmarido el que había matado a alguien, no yo. Y llevas relacionada con la poli desde hace mucho tiempo, guapa, añadí con actitud agresiva. Le cambió el semblante y pareció asustada. Se quedó quieta y en silencio, unos segundos eternos. Después agachó la cabeza y sin mirarme a los ojos repitió lo de las dos semanas. Salió de la habitación y la escuché mascullar con los dos chicos. Al momento se oyó la puerta y cuando salí de la habitación allí ya no había nadie.
Me saqué una cerveza y me acerqué a la ventana. Aún seguía indignado. ¿Mi nombre por la prensa? ¿Relacionado con el asesinato? Me encendí un cigarrillo y me bebí la cerveza en dos tragos. Mi cabeza fabulaba de manera intempestiva. Cogí el abrigo y me bajé a la calle. Entré en una tienda y me compré unos guantes. Fui a por el coche y me dirigí a casa de Dani. No me importaban las consecuencias.
Llegué, aparqué donde pude, me puse los guantes y me encaminé a su piso. Saqué las llaves y subí a su casa. Todo estaba desordenado, patas arriba, supuse que habría sido la poli. Me metí en la habitación y abrí el cajón de la mesita. La pistola no estaba. Salí del piso y me fui a la cochera donde Dani guardaba su coche. El Audi tampoco estaba. Volví a mi coche y me dirigí a casa de Elvira. Llamé a su piso y contestó una chica. Me hice pasar por un poli y pregunté por ella. La chica me contó que Elvira se había ido a una finca que tenía su familia en la sierra. Me monté al coche, tomé la salida de Madrid y conduje por la A-6. Me acordaba del itinerario y en menos de una hora llegué y me detuve frente al pórtico de piedra de la Finca Los Castaños.
Bajé del coche, me acerqué a la barrera y con esfuerzo la conseguí abrir. Pasé con el coche, paré a unos metros y bajé y fui a curiosear los alrededores. Cerré de nuevo la barrera. Conduje hasta la casa y después de aparcar me acerqué a la puerta.
Hacía mucho frío, el atardecer estaba vistiendo el cielo de vaporosos tonos malvas y el fantasmal silbo del viento me atemorizaba. Las ramas de los árboles se movían como alentadas por un instinto impúdico, y por todas partes se oía una suerte de aplauso apagado y misterioso.
Llamé al timbre. Nadie abrió. Volví a insistir y tampoco hubo suerte. Decidí bordear la casa en busca de alguna otra puerta. Encontré lo que parecía ser un garaje y forcé la cerradura, a golpes de piedra. La conseguí abrir. El sitio estaba a oscuras y apenas los livianos rayos del atardecer iluminaban tímidamente. Me alumbré con el móvil y comprobé que era el lugar donde guardaban la maquinaria agrícola. Una estancia muy grande aunque bastante sucia. Inspeccioné todo el lugar y descubrí el Audi TT de Dani entre unos tractores. Era el mismo, incluso parecía tener el motor caliente, como si acabaran de aparcarlo.
Me puse muy nervioso. Busqué en el bolsillo de mi abrigo y saqué las llaves de Dani. Abrí el coche y entré, me senté y tuve un presentimiento. Abrí la guantera y allí estaba. La pistola.
Me quedé mirando el teléfono y no contesté. Presuponía que era Dani quien llamaba, otra vez, intentando esconderse de la policía o necesitando mi ayuda. Las dudas me surgieron repentinas, múltiples y vertiginosas, me quedé bloqueado y experimenté una suerte de resentimiento infantil que me imposibilitó enfocar y determinar el asunto con claridad. Estaba disgustado con mi amigo por no haber respondido a ninguna de mis llamadas. El saber si había cometido el asesinato me importaba poco.
Eché el cuerpo hacia atrás, tomé aire, estiré las piernas y cerré los ojos. Noté el cansancio extenderse por mi cuerpo, dominándolo. La cabeza aguijaba sangre, centelleando en mi mente como un delirio. La música sonaba monótona y ayudaba a garabatear en mi fantasía la imagen de un sobredimensionado Dani disparando a César, con aquella pistola que yo mismo había sostenido en la mano, con Elvira delante contemplando asustada el cuerpo de su padre abatido en la acera, borbotando sangre humeante y agitándose como un sollozo.
Me despertó el timbre de la puerta y me levanté del sofá de un salto. El sol había llenado de matices rojos el salón y tardé unos segundos en ordenar todos mis recuerdos. Miré el reloj del móvil y eran las 18:32. Me costó reaccionar. Mierda, el entierro de Oswaldo. Sorprendido miré el día. Joder, era lo que aparentaba. Había estado durmiendo casi veinticuatro horas. Pobre Asunción. Volvieron a llamar a la puerta, con insistencia. Grité voy y fui a abrir.
Allí estaban, dos chicos bien afeitados y bien uniformados, aparentando buena educación, instándome a que les acompañara. Alicia les había facilitado mi dirección. Sólo tenía, dijeron, que contestar a algunas preguntas. Nada más.
Les dije que pasaran, si no les importaba esperar. Quería asearme, arreglarme un poco, espabilarme pues notaba mi cuerpo agarrotado y dormido.
Después de lavarme la cara y cepillarme los dientes fui a mi cuarto y me cambié de ropa. Volví al salón y uno de los agentes contemplaba la calle a través de la ventana, el otro, husmeaba con cara de gilipollas en mi ordenador. ¿Esto lo has escrito tú?, me preguntó intentando esconder su expresión burlona y señalando la pantalla del portátil. Sí, lo hago para no volverme loco, para no comerme la cabeza cuando estoy solo, dije adrede, con aire templado y magnánimo. Los policías se buscaron con los ojos, percibí que intentaban comunicarse con la mirada y se acercaron a la puerta para examinar toda la casa haciéndose los distraídos. Se despertó en mí cierta desconfianza.
¿Nos vamos?, propuso uno.
A punto estuve de decirles que no. Que conocía mis derechos y que si querían llevarme a comisaría que me arrestaran, que yo de allí no me movía. A punto estuve, sí, pero no lo hice.
Pillé la documentación, el móvil y algo dinero. En el pasillo les conté lo del entierro de mi vecino y les pedí que me permitieran excusarme ante Asunción. Fui al piso de mi vecina y llamé un par de veces pero nadie abrió. Me sentí fatal, despreciable, y contuve alguna lágrima mientras bajábamos en el ascensor.
Una vez en la calle sufrí las miradas y cuchicheos de todo el mundo aunque no me importó en absoluto. Monté en el coche de la poli y nos marchamos a comisaría.
Durante el trayecto estuvimos entregados a nuestras introspecciones y me quedé impresionado cuando entramos en la jefatura. Una vorágine de gente y de polis se movía a un ritmo aceleradísimo, como si de ellos dependiera el girar del mundo.
Los dos agentes me hicieron pasar a un despacho horrible que apestaba a humedad y humanidad a partes iguales, el radiador estaba apagado y hacía bastante frío. Miré al techo y la luz de las luminarias emblanqueciendo el lugar multiplicaba la sensación de aislamiento, hubiese ofrecido un puñado de mis mejores recuerdos a cambio de ver la calle a través de una ventana, aunque hubiera estado enrejada.
Sentado en un escritorio repleto de papeles un poli de unos cincuenta años golpeaba con el dedo índice de su mano izquierda el tabulador del teclado de un ordenador. Con la cabeza me indicó que me sentara. Los otros dos agentes se despidieron y cerraron la puerta. Se me encogió el estómago, noté un calor que me recorrió el cuerpo de abajo arriba y el corazón se aceleró con ansiedad. Tragué saliva y me senté frente al poli, en silencio.
El tipo golpeaba su ordenador y sonaba un tuka-tuka aburrido y cadencioso que endurecía el transcurso del tiempo, a la manera de un viejo reloj. Yo disimulaba echando miradas furtivas a los objetos que se habían adaptado con extraña naturalidad al feo despacho. De entre todos me llamó la atención un pequeño cartel donde aparecían decenas de fotos de ancianos y de jóvenes, hombres y mujeres, no vi negros ni orientales, eran personas que estaban desaparecidas.
Algo nervioso e impaciente, intenté relajarme mirando las fotos, teorizando superficialmente con la fatalidad de cada uno. Me figuré que la mayoría habría muerto y Oswaldo apareció de nuevo en mi cabeza, hablándome, con sus minúsculos ojos y su obsesiva lógica.
De repente me vi en una foto. ¡Sí, era yo! Mi cara, mi sonrisa, mi pelo, incluso creí reconocer el paisaje que se vislumbraba al fondo. El corazón se me aceleró y una suerte de inquietud me comprimió. ¿Yo desaparecido? Agucé la vista para leer lo que había escrito bajo la foto y descubrí que ese otro yo se llamaba Horacio Gaino y que llevaba perdido por el mundo desde junio del año 1986. Definitivamente no era yo. Cerré los ojos e intenté hacerme una idea de cómo sería ese rostro con veinte años más. Sólo se me ocurrió pensar en una persona, mi padre.
Me acordé, naturalmente, de Manuel, y mi mente evocó la imagen borrosa y palpitante del vagabundo del callejón, yaciendo moribundo y tembloroso en el suelo.
Me entró un ligero sentimiento de culpa. ¿Habrían dado ya con el cuerpo? ¿Habría muerto? Cuestioné mi actitud y me preguntaba si debía contarle todo a la policía y reconocer el hecho como un simple accidente, o por el contrario hacer como si jamás hubiera pasado.
Me sonó el móvil, de pronto. Me sobresalté impetuosamente, abandonando mi ensimismamiento, y el poli percibió el susto. Si quieres, dijo amablemente, ve fuera a hablar. Asentí y cogí el teléfono con la duda de descolgar. Estaba realmente acojonado, no eran aquellos insistentes números de los últimos días, pero yo tenía la misma sensación. Tiene que ser Dani, imaginé. Me armé de valor y contesté.
¿Quién?
Me envolvió un inmenso alivio cuando reconocí la voz de Jesús y su camaradería al hablar. ¿Ey, hermano, por dónde andabas metido?
Me contó que su colega Pedro le había pedido que me localizara, los del concesionario habían estado llamándome al móvil una y otra vez. Ya están los papeles arreglados, hermano, y tienes que ir a recoger el buga si no quieres que te cobren alquiler por tenerlo allí.
Atendí a lo que me decía con deleite, casi emocionado. Había olvidado por completo lo del coche. Respiré y prometí ir al día siguiente a recoger el Vitara. Avisa a tu colega Pedro, le pedí. También le dije que me alegraba de oírle y le agradecí que me hubiera llamado. Colgué y me guardé su número.
Entré al despacho del poli y la congoja y el agobio de antes habían desaparecido, me sentía genial, ya no me acordaba de Oswaldo, ni de Manuel, ni del vagabundo del callejón y mucho menos albergaba sentimiento de culpa alguna.
Me senté con tranquilidad, crucé las piernas, y a los pocos segundos el poli empezó a hablar del asesinato de César y de las sospechas que tenían contra mi amigo. Lo mismo que había oído en las noticias.
Yo fingí asombro y estupor en torno a la veracidad de los hechos que me detallaba, contesté a las preguntas acerca de mi relación con Dani sin astucias ni tapujos, sereno, consciente de las consecuencias de mis respuestas y deduciendo las posibles réplicas: Sí, éramos amigos del instituto. Sí, conocía a Alicia, su exmujer. Sí, había estado en su casa. Sí, sabía que le habían retirado el carné de conducir. Sí, había conducido su coche. Sí, fui su chofer pero llevaba casi dos meses sin verlo y no atendía a mis llamadas.
A su vez, fehacientemente, callé los sucesos que creí más inculpatorios o sospechosos, Dani era mi colega y yo no iba a ser quien le empujara al degolladero. A tal caso, argüía ignorancia: No, no sabía nada de una pistola. No, no me contó nada de su jefe. No, no me dijo a qué se dedicaba su jefe. No, no solíamos hablar de su trabajo.
Me notaba inspirado, intuitivo, capaz de argumentar cualquier simulación con su justo entusiasmo, capaz de exagerar ante toda una multitud si fuera menester. Pero no hizo falta, las preguntas fueron pocas y concretas, y yo me hallé convincente. Sólo flaqueé cuando me preguntó dónde había estado la noche anterior al asesinato. Durmiendo, dije.
Acabamos antes de lo que había supuesto y salí de la comisaría acompañado por el poli y disertando acerca de lo complicado y difícil que se había vuelto este mundo. Ya en la puerta me sugirió que si veía a Dani debía intentar convencerle de que lo mejor era entregarse. Me apuntó un número de teléfono por si recordaba algo y también mencionó nosecuantas cosas de la obligación ciudadana. Yo, asintiendo como un distraído que no está en la conversación, me regocijaba pensando en mi estrategia, y arrastrado por un funesto arrebato de vanidad casi estuve a punto de detallar, a modo de anécdota, la pelea con el vagabundo del callejón, diciendo que había sido testigo de la misma.
Me metí en el metro y me dispuse a regresar a casa. Faltaban tres minutos para que llegara el próximo tren y deambulé por el andén pensando en Asunción, la estación estaba a tope y las voces y carcajadas de la gente se volvían ensordecedoras bajo la bóveda subterránea. Recibí una llamada de Alicia, pero no me apetecía hablar con ella y pasé de contestar. Llegó el tren, abrió sus puertas, apenas bajó gente y todos subimos a empujones. Estaba lleno y me arrinconé junto a unos adolescentes.
Hice un par de trasbordos y al apearme en la estación más próxima a mi casa me percaté de que estaba en la misma estación donde había tenido aquella alucinación o experiencia con el espíritu de Manuel.
Era la primera vez que volvía a aquel sitio y lo recordaba perfectamente. Aún daba la sensación de estar en obras, aunque no tanto. Vi el banco junto a la boca del túnel donde estuvimos sentados y la misma puerta con el cartel de prohibido el paso. Me acerqué a ella e intenté abrirla en vano. Llamé y de la otra parte del andén una mujer bajita y ataviada con un uniforme de limpieza me preguntó con una voz potente si buscaba a alguien. Sobresaltado me acerqué a las vías para contestarle y cuando iba a decirle que estaba buscando a un tipo llamado Manuel un tren hizo aparición y me dejó con la palabra ahogada entre el chirriar de las ruedas. Decidí esperar a que el tren se marchara para seguir con mis explicaciones, sentía curiosidad por saber si alguien había encontrado un cuerpo descompuesto dentro del cuarto.
Esperé sentado en el banco, contemplando el frenesí de la gente bajando y subiendo de los vagones, como si quisieran escapar unos de otros, y todavía no me había sumido en mis pensamientos cuando, pillado por sorpresa, vi cómo la mujer irrumpía de forma resuelta y con paso rápido en el andén donde yo me encontraba. Apareció antes incluso de que el tren se hubiera marchado. Se acercó a mí y me inquirió de nuevo la pregunta de si estaba buscando a alguien, su rostro brilló y su mirada se llenó de suspicacia.
Pensé que si le decía que estaba buscando a un tal Manuel no me creería, la mujer tenía aspecto de espabilada. Me levanté, la saludé, la miré con amabilidad y le solté, con voz pausada, que había perdido mi paraguas, que era de color rojo y que un guarda me había dicho que preguntara a alguien en el cuarto de limpieza porque eran ellos, me adorné con las manos realizando un movimiento tranquilo y educado, quienes encontraban la mayoría de objetos.
La mujer se lo tragó. Me dijo que ella no había encontrado nada pero que tal vez algún compañero sí. Nos dirigimos hacia el cuarto, sacó un puñado de llaves y abrió la puerta. Estaba oscuro, como aquella noche, y el olor a productos de limpieza avivó paradójicamente mi recuerdo. La mujer pulsó el interruptor de la luz y después de un breve instante de parpadeo fluorescente la estancia se iluminó. Enseguida miré al fondo y vi la puerta del cuartito donde yo había encontrado el cadáver de Manuel. Me entró frío y me sudaban las manos. La mujer empezó a abrir todos los armarios y cajones, buscaba con interés e insistencia, hablaba de la limpieza en el metro y a la vez movía la cabeza en señal de negación, todo con una aparente perfecta coordinación. Yo de usted preguntaría en el ayuntamiento, me sugirió de manera sensata, allí sabrán decirle si en objetos perdidos hay algún paraguas rojo.
Mi desinterés hacia sus palabras era total y la mujer se percató de que mis ojos examinaban la puerta del fondo. Se dirigió hacia allí y me explicó que aquello era un aseo pequeñito de uso exclusivo para el personal de limpieza, me extraña que esté ahí, comentó. El corazón se me puso a tope, lo notaba temblequear en la garganta y por un momento me pareció escuchar el gimoteo penoso de Caronte.
La mujer continuó con su parloteo, diciendo algo acerca de lo poco que utilizaba la gente las papeleras, son unos guarros, ¿sabe?, protestó. Agarró el pomo con parsimonia y después de girarlo decididamente, la puerta no se abrió. Ambos nos quedamos en silencio, sorprendidos. Ella, tal vez algo empecinada, lo intentó de nuevo, empujando la puerta enérgicamente con el hombro y haciendo girar el pomo varias veces seguidas. Pero no hubo manera, no cedió. Se habrá bloqueado, aseguró.
Salimos del cuarto, agradecí su atención y me dirigí hacia las escaleras desilusionado y con una extraña sensación, el dolor de la cadera había vuelto. Salí a la superficie y cojeé hasta casa. Cogí el ascensor y me detuve en el piso de Asunción. Tomé aire y llamé. Nadie abrió, nadie contestó. Estará con Laura, imaginé.
Cuando llegué a mi piso, puse música y me di una ducha. Luego me hice un bocadillo. Terminé, me saqué varias latas de cerveza y me senté en el sofá, me abrí una y me encendí un cigarro.
Por más que deseaba no pensar, todas mis preocupaciones me merodeaban como animales hambrientos. Dani, Oswaldo, Manuel, el vagabundo del callejón. Me asustaba el vínculo que de manera trágica tenían con la muerte, y sobre todo me aterraba la relación que todos guardaban conmigo.
Con unas cuantas cervezas en el cuerpo mi cabeza comenzó a no funcionar bien, interiorizaba demasiado los pensamientos y empecé a notarme demasiado inconsistente, incapaz de relativizar las ideas. Sentía que nada de lo ocurrido había sido fruto de la casualidad e incluso llegué a imaginar que existían castigos organizados por extrañas fuerzas antinaturales que procedían del interior de uno mismo.
Me levanté del sofá, fui al aseo, me mojé la cabeza y mirándome en el espejo decidí salir. Me vestí, pillé pelas, cogí el abrigo y me fui a la calle, sin dirección alguna.
Anduve de un sitio para otro, arrastrando la pierna, con la única intención de no pensar en las extrañas coincidencias.
De vez en cuando entraba a descansar en algún bar y me tomaba café o cerveza, según me pareciera, me fumaba también un cigarrillo y de nuevo regresaba a la calle, a caminar.
La ciudad fue vaciándose poco a poco, con una lentitud casi musical, y me vi solo por las aceras, medio borracho, forzando los pasos, sin ganas de regresar a casa y sin saber dónde estaba ni por dónde pasaba.
Al rato empecé a encontrarme mal, demasiado mareado, el estómago me ardía. La cabeza me daba vueltas y tenía el pecho oprimido. Me vi obligado a parar y tuve que acuclillarme a vomitar entre unos vehículos aparcados.
Me incorporé y apoyado a uno de los coches escupí el último regusto bilioso del vómito. Tomé aire, me entró una fuerte tiritona y me abroché el abrigo. Metí las manos en los bolsillos y en uno de ellos descubrí unas llaves. Eran las de Dani, las de su casa y las de su coche, ni me acordaba. El “puños” aún estará buscándome, pensé. Sonreí para mis adentros y un soplo de optimismo me sacó del ensimismamiento.
Me aproximé a la calzada a la espera de un taxi y en apenas unos minutos estaba camino de casa en un cálido coche y manteniendo una sencilla conversación con el taxista.
Me metí en la cama después de asearme y poner el despertador. Estaba realmente cansado y tardé poco en dormirme.
A la mañana siguiente estuve en pie antes de que me sonara la alarma y fui en metro al concesionario. Me disculpé ante Pedro contándole lo de Oswaldo, nos tenías desconcertados, me dijo con educación. Me acompañó hasta el coche y nos despedimos chocando las manos.
Debido al dolor de la cadera conduje con bastante prudencia y muy despacio, pero con el ánimo a tope. Fui directo al bar de Jesús. Me tomé un bocadillo y le conté entre risas todo el rollo de la poli y de Dani. Se quedó impresionado, más por mi tranquilidad, me indicó, que por el asesinato en sí.
Volví al piso y me detuve a llamar en casa de Asunción. Nada, por más que insistí no había nadie. Empecé a obsesionarme con la idea de que tal vez se hubiese trasladado a Argentina con su familia, a pasar un tiempo de duelo allí.
Salí del ascensor, saqué mis llaves y cuando me disponía a abrir la puerta de mi piso me pareció apreciar pasos y voces que procedían de dentro de la casa. Sobrecogido agucé el oído y en efecto, había gente dentro. ¿“El puños”?, fue el primero en quien pensé. Me armé de valor, tomé aire y abrí con ímpetu, preparado para pelear si era necesario.
Con el corazón todavía acelerado sorprendí a Alicia hablando con una pareja de chicos. Me quedé plantado frente a ellos, con cara de imbécil. Alicia me soltó, como si nada, que les estaba ensañando el piso porque estaban interesados en alquilarlo. Te llamé ayer para avisarte, me habló con su tono habitual, pero no me contestaste.
Le pedí que por favor me acompañara a la habitación y allí estuvimos un rato hablando. Ella atendía a mis palabras y apenas hablaba, su cara adoptó una expresión de “ya sabes, la vida es así” y yo iba irritándome cada vez más y más. Le pregunté por ese repentino cambio de parecer, me lo podías haber dicho con tiempo, le indiqué, pero ella no escuchaba, ella iba a lo suyo. Me daba dos semanas para dejar el piso. No volverás a trabajar para Dani, enfatizó medio sonriendo y yendo de un lado a otro de la habitación, tendrás que volver a tu pueblo antes o después, además necesito dinero y puedo sacar por el piso mucho más que los doscientos euros que tú me pagas de alquiler.
Intenté persuadirla para que al menos me dejara el piso hasta que encontrara trabajo, pagándole si hiciera falta más dinero, pero la muy zorra insinuó que yo no servía para trabajar, que no me veía capacitado para nada, y además me soltó que no quería que la relacionaran conmigo, que pasaba de marrones con la poli. Tu nombre se ha filtrado a la prensa, exclamó. Me encendí, y le grité que había sido su exmarido el que había matado a alguien, no yo. Y llevas relacionada con la poli desde hace mucho tiempo, guapa, añadí con actitud agresiva. Le cambió el semblante y pareció asustada. Se quedó quieta y en silencio, unos segundos eternos. Después agachó la cabeza y sin mirarme a los ojos repitió lo de las dos semanas. Salió de la habitación y la escuché mascullar con los dos chicos. Al momento se oyó la puerta y cuando salí de la habitación allí ya no había nadie.
Me saqué una cerveza y me acerqué a la ventana. Aún seguía indignado. ¿Mi nombre por la prensa? ¿Relacionado con el asesinato? Me encendí un cigarrillo y me bebí la cerveza en dos tragos. Mi cabeza fabulaba de manera intempestiva. Cogí el abrigo y me bajé a la calle. Entré en una tienda y me compré unos guantes. Fui a por el coche y me dirigí a casa de Dani. No me importaban las consecuencias.
Llegué, aparqué donde pude, me puse los guantes y me encaminé a su piso. Saqué las llaves y subí a su casa. Todo estaba desordenado, patas arriba, supuse que habría sido la poli. Me metí en la habitación y abrí el cajón de la mesita. La pistola no estaba. Salí del piso y me fui a la cochera donde Dani guardaba su coche. El Audi tampoco estaba. Volví a mi coche y me dirigí a casa de Elvira. Llamé a su piso y contestó una chica. Me hice pasar por un poli y pregunté por ella. La chica me contó que Elvira se había ido a una finca que tenía su familia en la sierra. Me monté al coche, tomé la salida de Madrid y conduje por la A-6. Me acordaba del itinerario y en menos de una hora llegué y me detuve frente al pórtico de piedra de la Finca Los Castaños.
Bajé del coche, me acerqué a la barrera y con esfuerzo la conseguí abrir. Pasé con el coche, paré a unos metros y bajé y fui a curiosear los alrededores. Cerré de nuevo la barrera. Conduje hasta la casa y después de aparcar me acerqué a la puerta.
Hacía mucho frío, el atardecer estaba vistiendo el cielo de vaporosos tonos malvas y el fantasmal silbo del viento me atemorizaba. Las ramas de los árboles se movían como alentadas por un instinto impúdico, y por todas partes se oía una suerte de aplauso apagado y misterioso.
Llamé al timbre. Nadie abrió. Volví a insistir y tampoco hubo suerte. Decidí bordear la casa en busca de alguna otra puerta. Encontré lo que parecía ser un garaje y forcé la cerradura, a golpes de piedra. La conseguí abrir. El sitio estaba a oscuras y apenas los livianos rayos del atardecer iluminaban tímidamente. Me alumbré con el móvil y comprobé que era el lugar donde guardaban la maquinaria agrícola. Una estancia muy grande aunque bastante sucia. Inspeccioné todo el lugar y descubrí el Audi TT de Dani entre unos tractores. Era el mismo, incluso parecía tener el motor caliente, como si acabaran de aparcarlo.
Me puse muy nervioso. Busqué en el bolsillo de mi abrigo y saqué las llaves de Dani. Abrí el coche y entré, me senté y tuve un presentimiento. Abrí la guantera y allí estaba. La pistola.
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