viernes, 10 de febrero de 2012

La decadencia y el Jazz

Toni es bastante mayor que yo. Creo. Al menos lo aparenta. Sobre todo por su pelo, completamente blanco. También es un tío grande. Grande en el sentido textual. Mide casi dos metros, espaldas anchas y brazos recios. Una mole. En cambio sus pies, extrañamente, son muy pequeños, parecen de niña, y cuando camina, lo hace a pasitos cortos, casi como John Wayne. Pero no es su imponente tamaño o su forma de caminar lo más característico de Toni. Es su conocimiento del jazz. Le encanta el jazz. Tiene discos de todos los tipos y de todas las épocas. A veces parece que sólo viva para sus discos. O al menos, me atrevería a decir, que parece que se alimenta únicamente de ellos, como si Toni fuera una especie de buda, o sabio pasajero, de esos que reniegan despectivamente de la comida y cultivan su mente con parcialidad y abuso. A la manera de un personaje de Kingsley Amis, o Alan Sillitoe o cualquiera de los Angry Young Men. Bueno, quizás sea mejor decir que a la manera de un Gregory Corso desfasado y fuera de lugar. En fin, un decadente. La primera vez que fui a visitarle a su casa, una calurosa tarde de sábado, después de pasar asfixiantes horas encerrados en su polvorienta habitación escuchando viejas canciones de jazz tradicional, no pudo ofrecerme nada más que un vaso de agua del grifo cuando le supliqué por una cerveza bien fría. En su nevera no había comida ni bebida, dijo secamente, y pese a que yo no me lo creí del todo y, sarcásticamente, intenté obligarle a mostrarme una prueba, Toni zanjó la cuestión cerrando enérgicamente la puerta de la cocina y escurriendo la mirada, con un gesto claramente manifiesto de vergüenza. Desde aquella calurosa tarde, siempre que le he hecho una visita, he llevado un pack de cervezas y varias bolsas de patatas fritas.

A simple vista Toni no parece un apasionado de la música. Ni del arte en general, es verdad. Es un hombre descuidado. Ojeroso. Complejo y silencioso. Poco dado a la amabilidad y un tanto mezquino. Parsimonioso y esquivo, el tufillo agridulce que desprende su presencia es el característico de la incomunicación. Sin embargo, o debido a ello, supongo que existe una vinculación precisa entre la pasión que siente hacia el jazz y la indiferencia que, descaradamente, Toni también profesa hacia el ser humano. A menudo me pregunto si su misantropía es debida al jazz, o si por el contrario ha sido su pesimismo quien le ha llevado a encerrarse en la complejidad musical del bop o del free. En todo caso, su opinión sobre asuntos ecuménicos, pese a que no es condescendiente ni respetuosa y algo exagerada, es siempre acertada.

El miércoles pasado nos encontramos en un concierto. O más exactamente, lo encontré. Pasaba desapercibido como un gato en la noche, escondido en la oscuridad del sórdido patio de la Casa de la Cultura. Apuraba un cigarrillo y estaba apoyado tras uno de esos enormes cilindros de hormigón, cuya gris decadencia ha desaparecido gracias a la ensortijada hiedra que crece abundantemente por todo el patio, y que sostiene, junto a otras tres columnas de idénticas proporciones, unas obtusas, y a la postre desaprovechadas, escaleras. El Club de Jazz había conseguido traer al pueblo a Kirk McDonald, un afamado saxofonista canadiense con igual presencia que virtuosismo. Al tipo lo acompañaban músicos de la escena provincial. Unos tíos sosos. Nada del otro mundo. Y la mayoría faltos de entusiasmo interpretativo. En fin, es lo que había. El batería era el más joven, y tocaba con excesivo miedo o sometimiento. Supongo que se sentía como cualquier iniciado que se ve expuesto ante uno de sus admirados inspiradores. Pero era evidente que al chico le iba la marcha y parecía presumido e intrépido, como si le satisficiese las acciones intrincadas. A la derecha del baterista se encontraba el contrabajista, un tipo alto, de dedos ágiles y fuertes, cuyo sonido, aun cuando debiera haber estado en primera línea, se apreciaba arrinconado y deslucido por la pompa e inmodestia del pianista, quien competía con el saxofonista, sin tapujos ni rubores, por el protagonismo del cuarteto. A mi parecer, el señor McDonald era, sin ningún tipo de dudas, quien peor se sentía. Desde luego, supe enseguida que me cansaría pronto y que no se alargaría mucho mi estancia allí. Ni el ambiente ni mi ánimo estaban por la labor. Así que tomé aire y, de algún modo conforme y benévolo, eché una ojeada rápida a la cafetería, reconocí y saludé a bastante gente, y sin quitarme el abrigo me acomodé en un rincón. A partir del segundo tema, el público, salvo los socios del Club, algunos músicos oficiosos y determinadas e íntegras excepciones, estaba formado por vocingleras divorciadas y paseantes de la noche que se resguardaban del frío. En torno a las cincuenta personas, diría yo. Tal vez más. Pero un contexto muy frío en suma. Las divorciadas, cuyas afiladas voces matraquearon mis oídos durante unos minutos, me pusieron al día: P., el hermano de A., había entrado a formar parte de su club por culpa, no de una, sino de varias infidelidades de la ex esposa. Pues le ha sentado bien convertirse al club, dijo una voz ronca. Fundación, mari, Fundación, dijo otra voz. Y un coro metálico rió artificialmente. Escapé del gallinero en cuanto pude, con mucho disimulo. Me coloqué en la barra y pedí una cerveza. Después de un inicio frío, el cuarteto se deslizó por minutos de un redundante solo del pianista, poco ingenioso y bastante formal. La esencia inmutable del jazz, es decir, el swing y la improvisación, cambió a mejor cuando entró en escena el saxofonista, cuyas escalas, veloces y armoniosas, demostraban respeto y tributo a la polifonía, aunque su interpretación era más profesional que apasionada. A la media hora me largué después de despedirme de algún amigo. Fue entonces cuando localicé a Toni, escondido, como ya he dicho, tras la columna.

Hola, Toni. ¿No entras?, le pregunté.

Toni masculló algún extraño monosílabo, agarró el paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo, a pesar de que acababa de aplastar uno con su zapato de color burdeos.

¿Quieres?, dijo entregándome el paquete de tabaco. Asentí y me ofreció fuego también. El cuarteto impulsaba ahora una secuencia de compases muy acentuados donde la rítmica se mostraba, a mi juicio, un tanto débil. El sonido del grupo, desde donde nos encontrábamos, se distinguía acolchado, amortiguado por los cristales de la cafetería, pero a la vez, y en conjunto, la musicalidad era nítida y enérgica. Supuse entonces que Toni, tal vez, no había decidido por casualidad ese lugar. Decidido a iniciar una conversación con Toni me decanté por el convencionalismo.

Se advierten influencias de Coltrane y M…

No, no. Me cortó firmemente Toni. Coltrane tiene una estructura más modal. Esa continuidad en la socarronería del ataque pertenece a la osadía de Dolphy. Pero esto no es el Village Vanguard y nadie se lo va a recriminar. Toni dio una profunda calada al cigarrillo, tosió gravemente, y expulsando el humo del tabaco continuó su amonestación. Podría tocar lo que le saliera de los cojones y nadie iba a recriminárselo. Es más, aplaudirían como monos de circo.

La puerta de la cafetería se abrió de golpe y la directiva de la Fundación Pro-divorcio salió por ella. Vociferaban y encendían sus cigarrillos mientras se alejaban calle arriba. Toni y yo escuchamos a las mujeres planear una escapada a Alicante por carnavales. El disfraz era lo de menos, dijeron, aunque también me pareció oír que una, la misma voz ronca de antes, proponía ir de catwoman.

No suelo verte en este tipo de conciertos, le dije a Toni mientras el público aplaudía con desgana a un insustancial solo del contrabajista.

He venido por McDonald, contestó señalando al saxofonista. Sólo lo conocía de oídas pero he husmeado por la red y me ha parecido interesante. También he venido porque era aquí. Cuando los conciertos son en bares no me acerco. Nunca. No me acercaría ni aunque trajeran a Marsalis.

¿No te gustaría ver a Winton Marsalis? Pregunté extrañado.

Me refería a Ellis, el hijo, dijo sonriendo dulcemente. Pero no, no iría a un bar. Me repugna la gente que acude a estos conciertos. No todos, ya sabes, declaró cabizbajamente. Pero la mayoría es imbécil. Aquí, por lo menos, permanezco alejado de todos ellos y escucho a los músicos tranquilamente, sin necesidad de aguantar pedanterías gestuales ni la aquiescencia de los gilipollas, falsos artistas y demás tramoyistas que abundan en torno a estos conciertos.

¿Es una idea generalizada o es en particular?, pregunté apurando el cigarrillo e intrigado. La falta de comunión entre el jazz y el público es una realidad inalterable en nuestro tiempo, cualquiera lo sabe. Pero me apetecía conocer el análisis que pudiera sugerir Toni a propósito de este planteamiento.

En general, en general, contestó tosiendo. El jazz, menos el hecho en el sur de Estados Unidos, ha alcanzado una cuota de estabilidad en la sociedad que es, ¿cómo lo diría?, letal para su reintegración en la cultura popular. Está tan alejado del pueblo como la ópera o la música de cámara. ¡Y eso que en un principio fue la antítesis al aburguesamiento! Toni sacó otro cigarrillo y se lo encendió parsimoniosamente. Entretanto, el cuarteto había iniciado una interpretación destacada, y con mucha fuerza, de un estándar que no supe reconocer. Desistí en preguntarle a Toni, quien a buen seguro conocía el tema. Estaba tan concentrado en su exposición que la pregunta hubiera sido una falta de respeto y una metedura de pata.

La mayoría de músicos de jazz actuales, prosiguió después de aspirar una profunda calada, se ha aproximado al jazz por la puerta trasera. Son músicos que tocan jazz como si estuvieran en una maldita orquesta sinfónica. Conocen de memoria las escalas jónicas, dóricas, frigias y toda esa mierda. Pero no trasmiten nada. No sienten nada. Es mejor escuchar un viejo disco que ver a todos estos músicos academicistas. En esas interpretaciones uno advierte el entusiasmo del artesano y la inmortalidad del artista. Si el jazz fue hasta los años 30 música popular, fue porque trasmitía sensaciones que el pueblo comprendía de forma sencilla. Era su música, era propia. Y es más, cuando a finales de los 40 los intelectuales se entregaron a ella, Ginsberg, Cassady y toda aquella estrambótica generación, en mi opinión lo hicieron creyendo que el jazz iba a ser el vínculo neutral mediante el cual edificar una sociedad culta y esteta. Los Estados Unidos se estaban dando cuenta. Habían encontrado el tesoro. Lo tenían delante de sus narices. Un lenguaje lleno de pasión, independencia y atrevimiento con el cual, cualquiera, sería capaz de apreciar y sentir el mensaje que, siglo tras siglo, la cultura popular llevaba intentando revelar y divulgar al mundo. Pero… Toni se quedó callado, repentinamente, con un gesto embarullado, casi cómico. Buscaba inspiración para continuar con su alocución, era perceptible. Una hinchada vena cruzaba verticalmente su frente. Las cejas, arqueadas imposiblemente, rastreaban el aire en busca de ideas y conceptos. Sus abiertos ojos, en movimiento camaleónico, trasmitían una fría sensación de vacuidad. Y sus tensos brazos, abiertos y flexionados, comenzaban a desmoronarse a un ritmo lento.

Fue cruzar el charco y todo se echó a perder, se fue a la puta mierda, manifestó Toni finalmente, resignado. Era de suponer, no obstante, continuó pasados unos segundos. Era su música popular, no nuestra música popular. Este desenlace ineludible, por otra parte, condujo al jazz al estertor, a simpatizar obligatoriamente con el purgatorio del público provechoso y aprovechable, público con dinero y educación, sí, pero asaz aburrido. A partir de entonces, y dejando al margen contenidos sociales implícitos, por supuesto, la mayoría del pueblo comenzó a no percibir abiertamente lo que el jazz intentaba trasmitir. O, diciéndolo de otro modo, el jazz había dejado de ser música popular para convertirse en música elitista. Otro desenlace ineludible. Visto ahora, desde la perspectiva del tiempo, el tesoro ha perdido todo su potencial valor y se ha convertido en una reliquia. Toni dio una interminable calada al cigarrillo y prosiguió después de expulsar con rabia el humo del tabaco. La mayoría de conciertos de jazz de ahora no son más que una estratagema de la ordinariez, el ámbito perfecto para figurar, el lugar donde los presuntuosos se pavonean haciendo ostensible aquello que no poseen.

Lo miré ansioso, esperando la respuesta.

Cultura, intelectualismo, ya sabes, todo eso, dijo finalmente. Hay de todo, claro. Pero acuden al concierto por empuje social, casi por moda, como si compraran un bolso caro o un aparato tecnológico muy sofisticado. Toni gruñó algo y miró de reojo al interior de la cafetería. Tomó aire, se encogió de hombros y sin titubeos continuó. Teniendo en cuenta la lucidez de este siglo, esta época de embrutecimiento aleccionado e impuesto, no debería extrañarnos esta situación, es normal, ha sido el resultado lógico. Pero, ¿sabes?, yo creo que el mundo del jazz percibe fielmente este desapego, exclamó Toni elevando la voz, hablando con la cabeza, con los brazos y con todo el cuerpo; parecía haber recobrado la inspiración. En el fondo, continuó diciendo con el dedo índice de la mano derecha enhiesto como si comprobara la fuerza del viento, el jazz cometió un error, descubrió sus cartas antes de acabar la partida.

¿Qué quieres decir?, pregunté atento y fascinado.

Que el mundo del jazz, con sus músicos, con sus críticos y con su gente, ha asumido esta dependencia. Es un viejo galán que reivindica su esplendor complaciendo exclusivamente a sus coetáneas. No ignoran que aquello ha degenerado en esto. Aquel fascinante universo, construido sin complejos, ha sido confinado a un ambiente viciado e indiferente donde virtuosos ociosos interpretan música ante un público sordo e insensible, ante una pretensión de falsos letrados, de nuevos ricos, y de acomplejados artistas de pueblo. El jazz lo sabe. Y lo acepta. Modestamente, a pesar de su gloria.

No, mari, que no. Las risas metálicas de la Fundación aparecieron de nuevo. Que yo no me disfrazo de caperucita.

Toni dio un paso hacia atrás y levantó la cabeza. Su curvado rostro quedó tapado por la sombra de la columna y sólo la iluminación de la cafetería, de predominante resplandor rojo, dejaba entrever el fulgor de sus oscuros ojos. A mí me pareció ver que lloraba, pero no hice ni dije nada. Acto seguido Toni lanzó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el zapato color burdeos. La puerta de la cafetería acababa de abrirse y el sonido del cuarteto, finiquitando una interpretación notable, se extendió por el patio a la misma velocidad que los palmoteos de los espectadores, quienes, entregados a su gozo, coronaron la tranquila y plástica escena con exclamaciones de júbilo. Giré la cabeza y la gente comenzó a abandonar la cafetería y a salir al patio. De uno en uno, en fila india, atravesaron la pequeña puerta de acceso a la cafetería. Hablaban en voz alta, adoctrinando sobre política local, perfeccionando normas futbolísticas o decidiendo disfraces para carnaval. Mientras tanto, socorrían la ausencia de nicotina compartiendo fuego y saludos.

¿Ves lo que decía?, gruñó Toni.

¿Qué pasa?, me interesé.

Calla, calla, murmuró casi inaudiblemente. El puto gnomo. Está ahí.

¡¿Quién?!

Ven, acércate, susurró Toni agarrándome del brazo y atrayéndome hacia él, al abrigo de la columna. ¿Lo ves?

No. ¿Dónde?, pregunté mientras me proponía a distinguir rostros de entre la gente que se agolpaba a la puerta de la cafetería, buscando el calor humano ante la fría noche.

Allí, cuchicheó. Donde el círculo de tías, ese de ahí. Toni se zambulló totalmente en la sombra e hizo un ademán con la cabeza, señalando un grupo de gente. Me imaginé que además de señalar con la cabeza, lo estaría haciendo también con las cejas, con las aletillas de la nariz y con el incipiente bigotillo blanco, pero sólo lo imaginé puesto que la oscuridad de la noche y la sombra de la columna ocultaban completamente su semblante. Me giré y descubrí que el grupo al que se refería Toni no era otro que la Fundación Pro-divorcio. Ahí estaban, elegantes e impertérritas. Fumando y conversando. En círculo, como un viejo coro de bailarinas. Acorralando a alguien, o a algo pequeño e invisible.

…un americano, hace un año o así, le compré un cedé, decía la voz ronca. Sí, vinimos, vinimos, contestó el coro metálico. Es más actual, moderno, insistía la de la voz ronca.

¿Excesivamente ecléctico? Preguntó una voz masculina, nasal y algo simulada, que surgía del centro del coro. Supuse entonces que esa voz pertenecía a ese a quien Toni llamaba gnomo, aunque, debido al arrinconamiento ejercido por las divorciadas, no pude verle la cara ni la fisonomía.

Sí, sí, eso, se llamaba algo nosequé, apuntó una voz suave e inconcebiblemente dulce. Por cierto, continuó con descaro, a ver cuándo haces una exposición.

Claro, claro, y nos avisas, cantó el coro simultáneamente a la vez que, como un equipo sincronizado, fueron arrojando al suelo los cigarrillos. Seguidamente, sin dejar de acorralar al gnomo, se dirigieron, todos juntos, de nuevo a la cafetería, donde el cuarteto se disponía a interpretar un bis.

Vaya, no he visto quién era, dije volviéndome hacia donde estaba Toni, quien había desaparecido, sigilosamente, absorbido por las sombras, como por arte de magia. Confuso, eché una ojeada a derecha e izquierda, pero no lo localicé. Era verdad, se había esfumado. Sin despedirse siquiera. Sin escuchar el bis y sin decirme tampoco quién era el gnomo. Típico en él. Toni, un decadente, ya lo he dicho. Sonreí y al final, pasados unos minutos y pensando en la disertación de Toni en torno al público de jazz en general, me marché a casa.

viernes, 25 de marzo de 2011

La carta del Señor Valcubierta

Hace pocos días me topé con un viejo amigo, el señor Valcubierta. Era media tarde y el sol, enmascarado con un halo misterioso, estaba ya tendiéndose sobre el oeste. Hastiado de todo el día, el astro llenaba el horizonte de infinitas y maravillosas sombras bermellones, rojas, azules y violetas. Y bajo aquel matiz mágico, Valcubierta caminaba alegremente, alejándose calle arriba, enfundado en un largo abrigo negro que resaltaba su extrema delgadez y cuya sombra, enigmática entre tanto contorno alegórico, semejaba un árbol seco y retorcido. Yo, que acababa de salir del bar y de estar con unos amigos, aceleré el paso para alcanzarle y charlar con él. Hacía mucho tiempo que no le veía y me apetecía saludarle y preguntarle cómo le iban las cosas.
¡Valcubierta!, le llamé desde unos diez metros de distancia.
Mi amigo se detuvo de golpe e, inmóvil como una lápida, permaneció un instante así, dándome la espalda. Luego, cuando mi mano estuvo ya a punto de tocarle el hombro, se volvió enérgicamente hacia mí. Su rostro estaba pálido como la arena erosionada y parecía un muerto. Además llevaba unas extrañas gafas oscuras, parecidas a las de un soldador, y en cuanto me vio lanzó una sonrisa eufórica y tétrica y me dio la mano. Por un momento pensé que aquél no era el mismo Valcubierta que yo conocía y en mi rostro se manifestó una terrible confusión.
¿Qué te ocurre?, le pregunté. ¿Estás enfermo?
¿Enfermo?, Jamás he estado mejor, llevo tiempo sin comer, sólo es eso, dijo lleno de satisfacción.
Pues tienes mal aspecto, parece que bajo tu piel no corra la sangre, le contradije sinceramente. Estás muy delgado. ¿Y esas gafas?
Amigo mío, no te vas a creer lo que me sucedió hace... Bueno. He estado fuera. Pero no puedo contártelo ahora. Tengo muchas cosas por hacer. Cosas de vital necesidad, contestó liberando de nuevo aquella macabra y brillante sonrisa. ¿Querrás venir mañana a media noche a mi casa? Prometo contarte todo. Ahora vivo en el Plaza de las almas, en el número 7.
Está bien, contesté desconcertado.
Valcubierta se despidió cortésmente, abrió su boca y me ofreció de nuevo la extraña y espeluznante sonrisa. Yo regresé a casa, preocupado por la salud de mi amigo y preguntándome qué era aquello que le había sucedido y que yo no iba a creerme.

Aquel día en cuanto terminé de cenar me acosté. Me encontraba muy cansado; había sido un día duro de trabajo y me sentía consumido. Ni siquiera leí un capítulo del libro que llevo en danza. No tenía fuerzas ni para pasar las páginas. Y, en cambio, por más que lo intenté, no pude conciliar el sueño como acostumbro. Extrañamente apenas pude dormir una hora. Me llené de insólitos sueños donde, en todos, Valcubierta era una especie de enorme sustancia sin alma que atravesaba paredes y tenía sorprendentes poderes y veía el futuro y todas esas cosas inconcebibles fuera de los sueños. Por culpa de todo esto pronto me levanté de la cama y fui a dedicarme a mis quehaceres. Estaba en una de esas épocas en las que el volumen de trabajo acaba recluyéndome por completo y, francamente, tenía mucho que hacer. Así pues pasé el resto de la noche encerrado en el despacho, a la luz de un triste flexo y trabajando aun cuando me hallaba lleno de insólitos pensamientos que perturbaban mi concentración. Al final, cuando llegó la mañana, desayuné con poco apetito y después de darme una reconfortante ducha, ya con la luz del día aliviando mi zozobra, continué con mis negocios. Y así pasé el día. Encerrado en casa, gestionando todos los asuntos y, a la vez, ansioso también porque llegara la noche. Valcubierta me tenía muy intrigado y su rostro blanquecino no se me iba de la cabeza. Por culpa de esto casi todos los negocios los cerré con demasiada precipitación y algunos, para mi disgusto, un poco a la ligera. Mi mente se desentendía de los contratos y de las cláusulas y centraba sus preocupaciones en Valcubierta. Francamente, estaba deseando con ferviente pasión que llegara la medianoche para poder ir a visitar a mi amigo y descubrir aquello que tenía que contarme. Era tal la curiosidad que se había apoderado de mí que cada diez minutos miraba el reloj en un claro signo de impaciencia. Si bien, poco antes de las once de la noche, cuando estaba preparándome y vistiéndome para ir a casa del señor Valcubierta, llamaron a la puerta. Apenas un golpe, fuerte y seco. Sobresaltado bajé de mi habitación, fui a la puerta y cuando abrí, allí no había nadie. Únicamente un sobre blanco lacrado con un exótico sello color carmesí, que alguien había dejado bien apoyado en el quicio de la puerta. Iba dirigido a mi nombre y el remitente era E. C. Valcubierta.

Estimado amigo, empezaba la carta.
He recapacitado y creo que lo mejor es que no vengas a visitarme. No sé cómo reaccionarás cuando sepas mi historia. Y tengo la sospecha de que si estás frente a mí vas a asustarte. Además, me sería muy complicado ayudarte a entenderlo. Por otra parte sé que ayer te alarmaste por mi aspecto. Y lo agradezco. Estos pequeños gestos demuestran la profunda amistad que nos profesamos. Pero no te preocupes por nada, jamás me he sentido tan bien. Jamás. Qué bonita palabra. En fin querido amigo, para que veas hasta qué punto me encuentro bien, quiero que conozcas toda la historia. Te prometí que te contaría todo y así lo voy a hacer.
Pero antes, una advertencia. Sé que más de una vez, mientras lees esta carta, te detendrás sorprendido por lo que digo. Pero no hagas caso a tu lógica, querido amigo, y sí a la sinceridad de mis palabras. Y sí, no le des vueltas a esa observación que ahora mismo te merodea pesadamente y que te dice que no estoy en mi sano juicio. Todo te sorprenderá.
Tal como te dije ayer, he estado fuera. Concretamente en Asia. (Consiénteme, por el bien de todos, que omita el lugar exacto). Allí pasé varias semanas, involucrado en negocios. Apenas salía del hotel, siempre ajetreado con el teléfono. Y como podrás imaginar, apenas hice amistades. Sin embargo el día del eclipse conocí a alguien que, a la postre, ha cambiado mi vida para siempre.
¿Recuerdas el día del eclipse? Un eclipse solar. Sólo visible en determinadas partes del planeta. Un eclipse de ésos que pasan, dicen, cada nosecuantos miles de años. Yo sí lo recuerdo. Perfectamente. Todavía soy capaz de desenterrar mis recuerdos con exactitud y definir hasta el último de los detalles. Es curioso cómo algunos recuerdos nos ilustran eternamente y otros se desvanecen al instante, perdidos en el vacío de nuestra conciencia. En fin, querido amigo, el tiempo atosiga. El tuyo seguro, y algo menos el mío. Así que, sin más preámbulos, allá va mi historia.
Era un día maravilloso, a mí así me lo parecía, espléndido y claro como un destello, pero pronto la luz del sol fue alejándose de la superficie, como una ola retrocediendo silenciosa tras haber roto en la orilla. El mediodía, de esta manera, se veía forzado hacia un desconocido y nuevo mundo, arrastrando consigo cualquier sensación de claridad y color. Ciertamente parecía que, a simple vista, se estuviese haciendo de noche puesto que una especie de mancha oscura ensombrecía estricta e ininterrumpidamente todo el terreno. Al contacto de aquella enorme sombra movediza, toda existencia – natural o innatural- se iba convirtiendo de inmediato en un conjunto de siluetas oscuras y siniestras. También el paisaje se ocultaba bajo aquel matiz lóbrego y tenebroso a un ritmo calculado, exacto, como si algún artilugio horrible y preciso lo estuviese cubriendo con una malla púrpura. Mis ojos tardaron bastante en acostumbrarse a aquella luz extraña y especial. Lo hicieron poco a poco, esforzándose igual que si se resistieran a una iluminación filtrada de añil oscuro. Y, ay querido amigo, si no llega a ser por el viento, que agitaba suavemente las copas de los árboles del parque donde me encontraba sentado, hubiera jurado solemnemente que el mismo universo se había detenido un instante para contemplar el eclipse solar. Por supuesto, el hecho, ya lo relativizaras o no, era admirable. Al menos, y así lo pensé en aquel momento, objetivamente hablando, claro está.
Recuerdo que los días previos al eclipse, los especialistas en el tema, unos viejos de bata blanca, demasiado sabiondos en mi opinión, estuvieron aconsejando a la población no mirar fijamente el eclipse. Tal vez te acuerdes. A través de la televisión, prensa y radio, nos asustaban a diario de las posibles consecuencias. Los rayos del sol podían dañar de manera irreversible nuestros ojos y las secuelas podían ser nefastas; hasta se podía dar el caso de ceguera y daños cerebrales si la exposición era demasiado continua, decían de manera enfática y seria. Ja, ja, menudos tramoyistas del empirismo. Ejem, disculpa mi impertinencia, querido amigo. Al parecer, si utilizabas unas gafas especiales podías mirarlo sin ningún tipo de temor. Eso sí, sólo debías hacerlo con esas gafas especiales, no debías intentarlo con otras gafas. Únicamente aquellos cristales filtraban los rayos adecuadamente. Por lo que pude comprobar más tarde también eran bastante caras. Cosas de la oferta y la demanda, supongo. En cualquier caso, estimado amigo, la advertencia hizo efecto y el resultado fue, como creo que recordarás, que todo el mundo se alarmó locamente y corrió a comprar esas gafas especiales como si fueran alimentos de primera necesidad. En algunas tiendas cercanas a mi hotel las existencias se agotaron en apenas unas horas; y los propietarios se vieron obligados a hacer pedidos extras. Hasta el mercado negro hizo su agosto, como no podía ser de otro modo, naturalmente, no sólo los gobiernos relamen el plato del mercantilismo. En fin querido amigo. Yo, en lugar de preocuparme en ir a comprar unas gafas de ésas, me relajé y no lo hice. No hubo ninguna razón extraordinaria para no hacerlo. ¿Qué razón podía haber? Enfrascado en mis negocios era lógico que se me olvidara. Como casi siempre me sucede. Así de simple. Ya sabes que soy un experto en olvidar este tipo de cosas. Claro que quería observar el eclipse con la debida protección, qué diablos. Y claro que quería comprar ese tipo de gafas para que mis ojos no sufrieran quemaduras ni mi cerebro se volviera violeta. Por supuesto. Pero cuando me decidí, no encontré. En las farmacias y centros homologados – y te aseguro que visité todos- no quedaba ni una. Ni siquiera en el mercado negro, al que también, impropiamente, recurrí. Se habían acabado las existencias, me dijeron, y, aunque hubiese querido pagar el peso de todas las gafas especiales en oro y plata, no hubiese conseguido ni una patilla. Era demasiado tarde para agenciarse unas. Así pues, a primera hora de la mañana de aquel siniestro día salí a la calle a hacer algunas compras, y al ver a tanta gente con aquellas gafas especiales, me sentí absurdo, casi como un apestado. Todo el mundo, ya estuviera caminando, haciendo la compra, cocinando o encerrado en un estropeado ascensor, portaba las dichosas gafas aun cuando el fenómeno todavía no había comenzado. Y juro por la inmortalidad de los grandes misterios que incluso vi un perro vistiendo aquellos oscuros lentes. De veras. No sé si el perro sabía lo que iba a acontecer, pero es indudable que sus dueños querían curarse en salud, por si acaso al perro le diera por mirar hacia el sol. Supongo, no sé. Yo, como ya te he dicho, ese día no llevaba gafas especiales pero sí debía curarme en salud. Para ello, afortunadamente, sólo debía hacer una cosa: dedicar todos mis esfuerzos en evitar mirar el eclipse. Bueno, da igual, pensé. No me importaba perdérmelo. También soy un experto en descuidar este tipo de eventos, tan milenarios. Y qué remedio, querido amigo. En fin. Llegado el día, antes de las 11:30 –los puristas habían anunciado que la oscuridad empezaría a extenderse a aquella hora- me dirigí a un parque que había cerca de mi hotel, caminando con la cabeza gacha, sin mirar al cielo y soportando todo el peso de la invisible oscuridad sobre mi cabeza. Casi toda la población se había dirigido a las afueras de la ciudad porque en las noticias dijeron que allí, a campo abierto, era donde mejor se podía contemplar el eclipse. Y así fue, todas las calles empezaron a vaciarse completamente. De gente y de coches. Ya sabes que me gusta la agitación de la sociedad, pero en aquel momento me sentía muy bien estando solo, extraordinariamente bien. De modo que cuando llegué al parque busqué un banco orientado al norte y allí me senté. Desde aquel lugar las frondosas ramas de los árboles ofrecían buen amparo y mejor protección. De esta manera evitaba, en la medida de lo posible, la presencia cruel del eclipse, cuya arqueada sombra merodeaba sobre mí igual que un hambriento buitre.
Como ya te he dicho, yo había ido al parque con la intención de pasar el tiempo allí, tranquilamente esperando a que el acontecimiento concluyese. Recluido en mi Ipod, escuchaba plácidamente a Howlin´ Wolf, y, te repito, mi intención no era otra que aguardar a que regresara la luz del día y volver luego a mi hotel. Eché una mirada a derecha e izquierda y el parque, al igual que las calles, estaba desértico y desolado. No se veía ni un alma por ningún lado y pensé que quizás este sería un buen momento para atracar un banco. Aunque algo me decía que los bancos no habían mostrado mucho interés en el eclipse. Para ellos, ya sabes amigo mío, el interés es de otro tipo. En cualquier caso, el día continuaba con su peregrinación, y en apenas unos minutos el cielo ya había extendido una tonalidad azulina sobre el suelo del parque. La hojarasca que yacía esparcida por el suelo, de cuando en cuando, se movía al son del viento sin un rumbo concreto. Los remolinos que se creaban, igual ascendían en una especie de pirueta acrobática, igual se arrastraban por el suelo empujados por una suerte de arrebato invisible y furioso. Y desde donde yo me encontraba sentado, los edificios de alrededor, debido al reflejo en sus cristales, parecían estar en llamas. Pero nada hacía indicar que estuviesen ardiendo. Ni humo ni olor. Como si el propio eclipse anunciara un Apocalipsis sin consecuencias, algo irreal o caprichoso. Y es que en verdad el momento en sí muy bien podría haber sido considerado una extraña ilusión. Todo estaba prácticamente desértico, prácticamente a oscuras y sólo algunos cristales reflejando la viveza del fuego. Si no era para considerarlo una ilusión al menos sí para considerarlo muy extraño, ¿no crees? En cualquier caso, querido amigo, no pensé en ello en aquel momento. Yo estaba tranquilo, con las piernas cruzadas, la cabeza llena de contradicciones en torno a algunos negocios y atendiendo a las notas del Spoonful sin levantar en exceso la mirada. Pero en esas, de repente, un gato anaranjado cruzó ante mí corriendo, desesperado. Un gato peludo, seguramente raza Maine Coon. Un magnífico ejemplar. Parecía asustado y lo seguí con la mirada. Llevaba el rabo curvado y erizado, como el de las ardillas. Y de un salto, alcanzó el tronco de la única acacia del parque. El animal trepó hacia una de las ramas intermedias con la agilidad de una lagartija y se quedó allí.
Supongo que tú, querido amigo, como cualquiera, considerarías esto como una simple anécdota, un suceso sin importancia, algo que día a día e inevitablemente pasa en un territorio salvaje como Asia. Pero en mi caso no podía aceptarlo así. En mi caso existía una incuestionable razón por la cual tomar el suceso como excepcional. Y es que durante todas las noches de mi instancia en aquella ciudad, un sueño me estuvo perturbando incansablemente. Una pesadilla terrible donde un enorme y peludo gato anaranjado me perseguía y me mataba. ¿Cómo iba a pasar por alto entonces este detalle, querido amigo, si era ahora cuando mi pesadilla se me representaba tal cual me había atosigado cruelmente todas las noches?
El gato, como he descrito antes, se había quedado erizado en la rama, bufando y mostrando su enfado al suelo. Y en principio parecía que no hubiera nadie ni nada en el suelo. Tierra solamente. Pero el gato bufaba con la ira propia del animal desesperado y aterrado.
Yo estaba tan sobrecogido y estupefacto que apagué el Ipod, me levanté del banco, y con las manos en los bolsillos -y, por supuesto, sin levantar la mirada al cielo-, me encaminé hacia el árbol, percibiendo la presencia del gato, que cuanto más me acercaba a él, más fuerte eran sus maullidos. Intenté, mientras avanzaba, relajarme pensando en cosas bonitas. En cualquier cosa, diablos. Pero me fue imposible. La pesadilla se me reproducía de manera vívida y más terrible que en su propio contexto. De todos modos yo continué acercándome, atraído por la excitación del peligro, como si me arrimara al borde de una azotea del último piso de un rascacielos. Y cuando apenas hube llegado a unos metros del tronco, me detuve. Alcé un poco la vista y vi que los ojos del gato brillaban como pequeñas llamas. Un rojo intenso, infernal, semejante a fuegos fatuos. Observé también que el gato mantenía la mirada fija en algún lugar próximo adonde yo estaba quieto. Tal vez un poco más hacia mi izquierda. No más de tres metros, presentí. Pero ahí, tampoco había nada. Al menos yo no veía nada. El pavimento ajedrezado del parque. Sólo eso. Tal vez demasiado sucio. Es posible. Pero nada más. No creí que aquel gato temiera la suciedad de las ciudades.
Eché entonces una ojeada alrededor, girando la cabeza despacio. Y aunque estaba casi todo fosco por la irradiación del eclipse, casi con absoluta seguridad en un radio de veinte metros tampoco había algo de lo que un felino pudiera espantarse. Decidí entonces ponerme en el campo de visión del gato. Donde supuestamente debía de estar ese algo que asustaba tanto al animal. Me encontraba algo nervioso, lo reconozco, y un poco despavorido, es verdad. Pero aun así, me giré, di un par de pasos y un segundo después me quedé estático en el lugar donde yo suponía que el gato miraba. Sin moverme, como la propia acacia, mantuve las manos en mis bolsillos y, por supuesto, no levanté en ningún momento la vista hacia el cielo, y mucho menos hacia los ojos de aquel demonio felino. Durante un instante, atraído por un extraño efecto óptico, me ensimismé mirando el tronco de la acacia, estriado como un barranco seco. Y en ese preciso momento, incrustados en las profundidades de esa hondonada del tronco, el extraño efecto óptico tomó forma y cuerpo, y entonces vislumbré dos centelleos rojos en forma de estrella de cinco puntas y una sombra deforme y alargada que se movía con nerviosismo. Créeme, querido amigo, lo digo en serio. Se me aceleró el corazón y experimenté un escalofriante temblor. El sueño, o la pesadilla, no se parecían en nada a la cosa que yo estaba contemplando incrustada en la acacia. En mi sueño, el gato corría detrás de mí, no una sombra. Pero, como comprenderás, las coincidencias eran más que evidentes. Además, la trascendencia del asunto era lo realmente terrorífico. ¿De quién era aquella sombra? Así pues, como ya te he dicho amigo mío, experimenté un terror irreconocible. Me paralizó por completo y, casi en éxtasis, sentí que algo dentro de mí se había estimulado con potencia e ímpetu. Como si fuese un animal de instintos muy desarrollados, percibí cómo el gato había dejado de mirar a lo que estuviese mirando y empezaba a dirigir sus incendiarias pupilas sobre mí. Lo advertí enseguida, mi buen amigo, y me estremecí completamente, más que si me hubiesen deslizado el frío filo de una guadaña sobre mi cuello. Una sensación espantosa y demasiado real que me hizo tomar como cierto el más feroz de los enigmas. Sí. Me figuré que aquel gato era el fiel acólito de la muerte, cuya imagen sombría estaba oculta tras las rugosidades de la acacia. Aunque te parezca extraño, así lo creí. Lo pensé. Había llegado mi día, el sueño me había estado avisando de esto. Era natural imaginar que venían a por mí. También era una locura, lo sabía, pero aquella sombra deforme seguía moviéndose nerviosamente. Y aquellas estrellas rosáceas centelleaban refulgentes, como gotas de sangre. ¿Cómo no iba a pensar en ello? Aquel seglar con uñas que maullaba violentamente desde la rama de la acacia me había seducido burlonamente y me había arrastrado hacia él para situarme junto al árbol. Tuve que imaginar que la causa había sido porque muy cerca de allí existía una de esas misteriosas puertas por las que secretamente, según los iniciados esotéricos, se comunica nuestro mundo con el reino de los muertos. ¿Para qué sino me habían conducido hasta allí el eclipse, el infortunio, mi sueño y el gato? Sí, ya sé, amigo mío. Parecía irracional, naturalmente. Pero mi instinto decía que no debía tomarlo como tal. Ya sabes que nunca he sido supersticioso ni he tomado en serio las ciencias ocultas. Pero esta característica mía no me convertía automáticamente en un escéptico que despreciara todo. Diablos, no. Además, ¿no crees que algo de cierto deben tener los sucesos inverosímiles cuando a lo largo de la historia se han descrito continuamente y con suma precaución? Para mí estaba claro. El miedo me había dominado y todo giraba en torno a un plan diabólico: el gato, de un salto, se enzarzaría en mi cabeza y me destrozaría la cara a arañazos. La vieja e inseparable muerte, tras avisarme somnolientamente, modificaba sus costumbres y mandaba, justo un día de eclipse, a un fanático secuaz para atraparme a arañazos. Todo esto fue lo que pensé, resignado. Y un escalofrío me recorrió el cuerpo de arriba a abajo y de abajo a arriba. Encogí el cuerpo, agaché la mirada para contrarrestar el temblor, y sorprendentemente, en el suelo, donde antes no había visto nada, ahora tenía ante mí una apertura por la cual sobresalía una cabeza. Allí estaba la puerta que me iba a trasladar a otro mundo. La vi, mi viejo amigo. Ahí estaba. Y también la cabeza, pequeña, sonriente, con ojos grandes y azules que me miraban con inocencia. Parecía de plástico, o de goma, pero sus movimientos eran naturales, muy humanos. Rápidamente sacó un brazo, me agarró de los pies y me arrastró hacia el fondo de aquel agujero sin poder siquiera chillar. Durante un instante no sé qué pasó. Pero segundos después me vi cercado por un círculo de fuego y rodeado de extrañas criaturas pálidas que me miraban con un excepcional rictus, semejante a la desesperación. Me dio la impresión que estaban gritando aunque yo no fui capaz de oír nada. Aquel cerco de fuego me distanciaba de los gritos de los espectros y de todo cuanto había tras ellos. No puedes ni imaginar cómo bullía, llena de insólitas preguntas, mi cabeza. Y eso que enseguida intenté buscar una explicación y dar crédito a lo que acababa de ocurrir. Pero cualquier interpretación del suceso, francamente, parecía inabordable. Dime, amigo mío, ¿cómo explicar este misterio? Había pasado de estar tranquilamente sentado en el parque a, minutos después, verme en la misma periferia del infierno, acorralado por vigorosas llamas y rodeado de almas penitentes. ¿Era esto el final, mi final? ¿Una muerte lejos de mi tierra y mi gente? Así lo creí, completamente vencido por el maleficio. ¿Qué hubieras supuesto tú al experimentar un suceso irracional como este? ¿Habrías conseguido distinguir la racionalidad del propio suceso? Ay, querido amigo. No todas las preguntas tienen respuesta. Ni mucho menos, ya lo sabes, claro. Pero en fin. Asustado, como no podía ser de otro modo, me dejé caer en el suelo. Me hallaba en un estado de absoluto sometimiento y esperé a que el propio diablo apareciese de un momento a otro para arrancarme el alma. Cerré los ojos y oí una respiración, grave y dolorosa. Cuando los abrí de nuevo descubrí que algo se acercaba hacia donde yo me encontraba recluido. Y aunque al principio me entró verdadero pavor, pronto distinguí, entre la siniestra opacidad, las estrellas de cinco puntas sangrientas de la misma sombra alargada y deforme que había visto oculta en la angostura del tronco de la acacia. A la vez que aquel extraño ser se aproximaba al círculo de fuego, los espectros huían apresuradamente, despareciendo completamente, como si fueran llamaradas inclinadas por el viento. Yo me hallaba en un estado de absoluto terror. También asombrado, qué diablos. Vaya que sí. Pero de repente, la sombra me miró con aquellos furtivos ojos de sangre, y yo, entonces, sentí que una extraña felicidad dominaba todos mis pensamientos. Mi corazón aceleraba de alegría y la boca, inexplicablemente, empezó a salivarme. Segundos después sonó un gritó estrepitoso y una suerte de sabor amargo se deslizó por mi garganta y percibí cómo se apoderaba de mi cuerpo una sorprendente sensación de frío y vacío. Al instante descubrí que aquella anónima y deforme sombra había desaparecido. Ni siquiera brillaban en la oscuridad aquellos maléficos ojos sangrientos con forma de estrella de cinco puntas, ni tampoco aquellas criaturas pálidas se movían alrededor del cerco de fuego. Todo era contradictorio. Y a la postre, sin tiempo a analizar lo que me había pasado, noté cómo, a través de cada uno de los poros de mi piel, una neblina densa y pesada fluía evadiéndose y alejándose de mí, como el pausado humo blanco de una pipa. Y querido amigo, entonces, literalmente me desmallé.
Cuando desperté, me vi sentado en el mismo banco del parque de antes. Howlin´Wolf seguía aullando en mi Ipod y mi desconcierto era total. El eclipse todavía estaba en pleno apogeo; y el día, oscuro como una cueva. Tras un breve momento de incertidumbre, me levanté y, aun cuando me encontraba extrañamente agotado, eché a correr en dirección a mi hotel, aterrado y con un insólito presentimiento aturdiéndome. Llegué a mi habitación y, en cuanto cerré la puerta, fui derecho a la cama. Era mediodía y apenas llevaba despierto tres horas, pero estaba muerto de cansancio, como si hubiese estado obligado a andar sin detenerme durante toda una semana. En cuanto me acurruqué me quedé dormido. Y dormí acorralado por un sueño asombroso y demasiado real. En un enorme salón de una enorme mansión, que al parecer era de mi propiedad, había muchísima gente y todos participábamos de un banquete donde bebíamos sangre y hablábamos de nigromancia. Yo era el anfitrión y todos pedían mi opinión, casi con pleitesía. Diablos, era todo tan fantasmagórico, querido amigo. Cuando desperté del sueño la habitación estaba sumida en una terrible y fría oscuridad, el sol había desaparecido y era bien entrada la noche. Me puse en pie con una inusitada fortaleza y fui al servicio. Encendí la luz y me vi frente al espejo. Ay, querido amigo. Ahora viene lo asombroso del asunto. Mi boca estaba empapada de sangre seca, como un animal que hubiese comido salvajemente unas vísceras crudas. Mis pupilas habían adquirido la forma de estrella de cinco puntas y brillaban intensamente. ¿Qué me había sucedido? No lo sabía. Ni lo podía imaginar. Pero después de un buen rato sin saber qué hacer sentí un apetito preciso y concreto; pero innombrable, mi buen amigo. De modo que me vi obligado a salir al exterior y deambulé entonces por la ciudad, escondiéndome de los trasnochadores, guiándome por mi estimulado instinto y en busca de no sabía bien qué. Encontré, tiradas por el suelo, unas gafas como las que se necesitaban para contemplar el eclipse. Así que las cogí y oculté mis pupilas infernales tras aquellos oscuros lentes. Mi cabeza apenas razonaba. Pero mi apetito me impulsaba y en consecuencia no me detuve. Al rato mi instinto dio con la fuente de su atracción: la muñeca. Sí, querido amigo. Aquella extraña muñequilla que me había arrastrado hasta el insondable infierno. La misma. Sólo que ahora no era de goma. Ahora era una joven prostituta, delicada como una flor y correosa como el agua del río. Me costó, pero bebí hasta la última gota de su sangre y comí hasta el último ventrículo de su corazón.
Sí, querido amigo. Así ocurrió. Tal como has leído. Después de esa noche permanecí en aquella ciudad casi un año. Desatendí por completo mis negocios, dejé el hotel, alquilé una vieja casa y me dediqué a dormir por el día y a vagar por la noche en busca de alimento. Cuando el número de víctimas fue lo suficientemente alto como para alarmar a las autoridades, creí conveniente desaparecer del país. Y regresé aquí, a mi tierra. Aunque permaneceré poco tiempo, mi viejo amigo. Mi instinto me llama y, si no desaparezco de aquí, pronto me veré obligado a buscar alimento. ¿Entiendes ahora, mi querido amigo, por qué era mejor que no vinieras a visitarme?
Hazme el favor, si todavía cobijas aprecio por mi alma, olvídame y guárdame el secreto.
Adiós.
Su eterno amigo, E. C. Valcubierta

Dios sabe qué extraña tontería se apoderó de mí tras leer la carta del señor Valcubierta. Me figuré que sería el tono en que mi viejo amigo se había expresado. Porque sus palabras se representaban en mi mente igual que un lamento. Y aunque en un principio estuve a punto de romper la carta y olvidarme completamente de Valcubierta, al final, empujado por un impulso de curiosidad, cogí mi abrigo y pese a que ya era más de la medianoche, llegué a la Plaza del Almas en menos de diez minutos.
Llamé al timbre y nadie contestó. Bordeé la casa y en la parte trasera encontré una puerta que abrí con facilidad. Deambulé por la casa de Valcubierta en busca de mi amigo, llamándole una y otra vez a pesar de que allí era evidente que no había nadie. Cuando me disponía a abandonar aquella misteriosa casa escuché unos fuertes maullidos que procedían del piso de arriba. Rápidamente subí al segundo piso y enseguida localicé la puerta por la cual, a través del quicio, se percibían los estridentes maullidos. Tomé aire, abrí la puerta y allí estaba Valcubierta, desollando un gato mientras otros muchos, ya despellejados, yacían sobre una mesa.
El corazón trepidó dejándome sin aliento. Y estaba punto de echar a correr como un loco asustado cuando mi viejo amigo se volvió hacia mí y me miró. Entonces lo creí, todo era verdad. Sus pupilas brillaban como un rubí de incontable valor y tenían la forma de estrella de cinco puntas. Valcubierta alzó el gato desollado y, sin dejar de mirarme, clavó su boca en el estómago del animal. Segundos después, mientras la sangre del animal chorreaba por la cara de mi viejo amigo, Valcubierta, con una excepcional fuerza en sus ojos, me pidió que me marchara. Él abandonaría la ciudad esa misma madrugada. Intenté entonces hablar pero fui incapaz de expulsar ni siquiera un gemido. Bajé lentamente por la escalera, todavía sobrecogido por lo que acababa de acontecer. Abrí la puerta trasera por la que había accedido antes y volví a mi casa sin poder quitarme de la cabeza las pupilas de Valcubierta.
Ya no volví a ver nunca más a mi viejo amigo. Tampoco me he preocupado mucho por él, es verdad. Si bien, a veces, busco en el periódico extraños sucesos en extraños países. Sucesos que induzcan a imaginarme a Valcubierta deambulando por la noche en busca de alimento. Si todavía vive, claro está.

jueves, 14 de octubre de 2010

SOÑANDO N.Y.

Ey chicos.
Hoy he soñado con vosotros.
Joder, hubiese querido morirme allí.
Palmarla en el jodido sueño. De verdad.
Estábamos en Nueva York.
Sí, ya sé. No he ido a NY, pero mi mente ha diseñado la ciudad a su antojo, a su gusto, y por lo más puro, tíos, os juro que la ha creado perfecta.
Estábamos en los años 40.
Se ve que como el otro día estuve con Carmen hablando de Kerouac y de El Barco Ebrio… no sé, tal vez los ingredientes cayeron a la olla y VOILÁ. Algo ha tenido que influir.
El caso es que era de noche. Estábamos en el Minton´s. En Harlem. Ya sabéis, el local donde todos los jazzmen tocaban. Dizzy, Bird, Coleman, Monk, esos jodidos pirados.
El local estaba atestado. Lleno de negros, elegantes y empolainados, abrazados a blanquitas con sonrisas de cerámica.
Carlos, tú hablabas con el barman, un negro alto de cara alargada que limpiaba los vasos mientras atendía a tus explicaciones con curiosidad. Algo acerca de que NY ya no era la misma. Estabas nostálgico y jugabas con el posavasos de tu copa. El negro asentía e intentaba esperanzarte. Tío, realmente parecías afectado, como si todas las injusticias del mundo revolotearan a tu alrededor.

Había un pequeño escenario de apenas un par de metros, dos por dos, no más, donde un grupo de negros estaba tocando súper alto. Tocaban bop. Pero era un bop indescifrable, nuevo. Los músicos le daban a sus escalas, todos a la vez, nada de solos donde cada uno muestra su virtuosismo. Así era la música y el público estaba loco, gritando, hechizados, y Jordi, tú, bailabas genial, como un excéntrico. La gente se había apartado formando un corrillo para que tú dieras rienda suelta a tu improvisada danza. Joder, cabrón, movías los brazos igual que un pájaro, aleteándolos como Pete Townshend, como si una jodida hélice se hubiera roto y a toda hostia fuera acelerándose en el centro de la pista. Te chillaban y aplaudían. Demonios, qué gusto daba verte bailar.

Al principio, en mi sueño, sólo estabais vosotros dos.
Pero de detrás de unas cortinas por donde los músicos del grupo entraban y salían de sus camerinos apareciste tú, Pi. Fumando y charlando con un negro enorme con pinta de hijoputa, y tío, empezabas a ponerle al negro esa cara tan tuya de nometoquesloscojones, ya sabes, como cuando pretendes dejar las cosas extremadamente claras. Le dijiste algo, algo seco, y le señalaste con el dedo. Macho, le pusiste el cigarro casi a la altura de los ojos.
El negro se metió la mano en el bolsillo de su chaleco y sacó un montón de billetes. Te los dio y te acercaste a uno de los músicos, al que parecía el líder del grupo, uno gordito de cara redonda. Le susurraste algo, le enseñaste la pasta y el músico sonrió. ¡Cabrón, eras el puto manager del grupo! El que se aseguraba de que cobraran el dinero.
Te dirigiste a la barra donde estaba Carlos. Me llamasteis. Yo iba buscando a Mikel y me dijisteis que no me preocupara, que lo habíais visto con una tipa. Nos pedimos una copa y el camarero alto de cara alargada no nos cobró. El grupo hizo un descanso y Jordi se nos unió.

Al momento apareciste, Mikel. Llevabas los ojos desorbitados. Te abrochabas el cinturón del pantalón y la camisa todavía la llevabas desabotonada. Canturreabas algo a voz en grito. La tipa en cuestión tendría casi cincuenta años. Una mujercita muy guapa, una vedette, parecida a las actrices de las pelis de los años 30, de esas que tanto le gustan a Pi. Pelo ondulado y amarillo como la arena. Iba drogada y había olvidado engancharse las medias a los ligueros, ja, qué bueno, nos recordó a una colegiala con los calcetines bajados y los tres nos partimos el culo antes de que os reunierais con nosotros en la barra.
Os pedisteis una copa, pero apenas podíais manteneros en pie, os chocabais, u os apoyabais mutuamente, no sé. Ella sacó de su bolsito un frasco lleno de pastillas. Se zampó una, y tú, Mikel, y tú, Jordi, otra.
Pi, tú también pillaste una, pero te la guardaste. “para cuando termine el grupo”, soltaste casi con disgusto.
Tú y yo pasamos, Carlos. Me dijiste que era bencedrina.

La tipa de repente empieza a descojonarse. Nadie sabía qué sucedía, pero tú, Mikel, también acompañabas su risa. Cielos, no recuerdo haber oído una risa tan viciosa en toda mi vida. Sí, tíos, parecía que estuvieran bailando claqué sobre un techo de hojalata. Así que, en consecuencia, a todos se nos contagió la escandalosa risotada.

El grupo apareció de nuevo en el escenario y los músicos comenzaron a soplar como demonios. La música retumbaba por todo el local y el ambiente parecía estar cargado de electricidad, daba la sensación de que si tocabas algo te daría rampa. Frrrrrrrr.
Al momento apareció un tío. Su cara era borrosa, solo para mí claro, porque vosotros lo conocíais. Era el que controlaba la droga del local. Un jodido camello de barra, ya sabéis, el típico marronero.
El caso es que el tío empieza a insultar a la tipa, “puta, zorra, vieja”, por lo visto la vedette le debía pelas. Y tú, Mikel, de la risa tuviste un ataque de tos y le vomitaste en los zapatos, te limpiaste con la manga de tu camisa y empezaste a cantar de nuevo. Ja, ja, qué grande eres hijodeputa.
Ya puedes imaginarte cómo se puso el capullo, te cogió por la pechera y sacó un cuchillo y te lo puso en el cuello, obligándote a chuparle sus jodidos zapatos.
El tema estaba complicado, ¿Entendéis, no? El cabrón no se andaba con chiquitas. Iba a haber problemas, seguro. Y todos estábamos más o menos acojonados, menos tú, Mikel, que llevabas un pedo de miedo e ibas incontrolable.

¿Sabes Carlos?, tú y Jordi intentasteis tranquilizar al macarra, no queríais movidas y os esforzabais en apaciguar los ánimos, en cambio, Pi y yo estábamos furiosos. Éramos los capullos que suspirábamos por jaleo.
La tipa le dice al camello “eres un pichacorta impotente”.
Os podéis imaginar, ya estaba el lío montado.
El macarra le mete a la vedette un hostión de cojones y la tipa cae redondita al suelo. Es entonces cuando tú, Carlos, te pones muy serio y le sueltas al camello una monserga de cuidado, le hablas de la decadencia humana y de lo condenado que está este mundo, ja, qué bueno, cabrón, el tío pone una cara de no saber si está frente a un jodido loco o viendo a un profesor de Harvard.
En ese momento de duda yo le digo al capullo que se largue y nos deje en paz. Se lo digo con mala hostia, casi chillándole. Y el tío me dice que quién coño era yo.
“Tu Ángel”, le digo y le meto un puñetazo.
Lo curioso es que es la primera vez que puedo pegar un puñetazo en un sueño. Ya sabéis, jamás había podido pegar a nadie en un sueño, siempre se me hacía imposible. Mi puño nunca llegaba a alcanzar la cara de ninguno de los gilipollas a los que hubiera deseado atizar en los sueños. Pero anoche sí, en el jodido NY de los 40 sí.
En fin, el caso es que le metí un buen puñetazo y el hijoputa cayó hacia atrás sin soltar el cuchillo. Se levanta y saltas tú, Pi, te antepones entre nosotros y le sueltas al camello: ¿”Cuánto te debe esta zorra?”
“1.000 pavos” dice el gilipollas. Con la boca llena de sangre.
Pi, sacas un fajo de billetes y separas unos cuantos. Pero cuando vas a darle la pasta, el camello, el muy cabrón, saca una pipa y te pide todo el dinero.
¡El muy hijoputa estaba apuntándote a la jodida cabeza! Tío, creo que tuviste que sentir el frío del cañón en tu propio sueño.
Te pusiste más blanco de lo que eres y todo el puto local enmudeció salvo tú, Mikel, que seguías cantando.
La situación se había complicado pero la realidad estaba más o menos clara, Pi. O le dabas la pasta o el jodido camello estamparía tus sesos en el espejo de detrás de la barra. Levantaste las manos, dijiste “tranqui, colega” sacaste el fajo de billetes y los pusiste sobre la barra.
El cabrón, con la boca chorreando de sangre, alargó su brazo y cogió la pasta y despacio se alejó de donde estamos, todavía apuntándote. Agarró a la vedette del brazo. “para que me recuerdes” le dice el hijoputa y le mete un tiro en la mano.
Es en ese momento cuando empiezan a oírse disparos. Procedían del escenario y todos volvemos la cabeza hacia allí.
Ja, el líder del grupo, el gordito de la cara redonda ha sacado otra pipa y se ha liado a tiros con el camello. Qué bueno, el líder no va a dejar que se lleven la pasta del grupo, ja.
Después de los disparos la gente grita y se tira al suelo. Yo volteo la barra y me escondo con el camarero alto de cara alargada, los dos detrás de la barra, agachados, mirándonos atónitos uno a otro mientras las botellas estallan y los cristales caen sobre nosotros.
Levanto la vista y veo el enorme espejo y, reflejado en él, de todo lo que está ocurriendo, sólo distingo los fogonazos de las pistolas, cada vez más refulgentes, como si mil cámaras de fotos estuvieran captando el momento. Ah, y el ruido, también escucho el ruido de los disparos, Bang, Bang, Bang, Bang…Todo el tiempo hay bangs, no cesan, repetidos casi métricamente.
Entonces noto que algo me separa de allí, algo demasiado enérgico que me succiona, me absorbe, me engulle, me aleja de la escena, como si me estuviera muriendo, ¿entendéis, no?, pienso que alguna bala perdida ha tenido que alcanzarme y mi alma se está esfumando de este jodido mundo. Echo una mirada a mi lado y el camarero alto de cara alargada ha desaparecido. Todo ha desaparecido. Ya no estáis. No hay nadie. Sólo oigo los disparos, Bang, Bang, Bang,… y los fogonazos en el espejo.
Abro los ojos y contemplo la ventana de mi habitación, abierta de par en par, el sol mañanero la atraviesa con un brillo esclarecedor. ¿Qué coño es esto? Todavía oigo los disparos. Ahora suenan como un tac. Sí, es un tac. Tac, tac, tac… demonios, alguien está picando la pared en la obra de detrás de mi casa. Joder. Puta realidad. ¿Entendéis ahora por qué me hubiera gustado haber muerto en el sueño? Mierda.